Idiota.- Del griego idiotés, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás.(F. Savater)

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Me voy…

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Ya iba siendo hora, pardiez. Me voy una semanita de vacaciones a perderme por centroeuropa. La base de operaciones estará aquí:


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Ya les contaré cuando vuelva.

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Berlin

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¡Por fin! ¡Por fin he estado en la capital del Reich! El jueves había quedado en el aeropuerto con dos amigos, Karras y Fócrates. A Karras ya le conocen, alguna vez ha aparecido por aquí. Fócrates es un fulano de mirada pícara, argumentaciones lapidarias (de ahí el nombre) y que encima habla alemán, así que en este viaje ha sido un punto muy importante. Total, que cogemos el avión que salió con una hora de retraso (y los correspondientes treinta o cuarenta cagüendiós de Karras) y nos plantamos allí, en Berlín. En el aeropuerto de Schönefeld para ser más exactos, que es a donde vuela Easyjet, y como no teníamos muy claro lo de los medios de transporte pillamos un taxi para ir al apartamento.

Semaforo BerlinLa primera impresión de la ciudad cuando llegas desde Schönefeld es muy curiosa. Entras por la zona de Berlín Este, y me recordó muchísimo al extrarradio de Cracovia: casas de dos o tres plantas un tanto descuidadas y sin concesiones estéticas, tuberías de gas al aire libre siguiendo las calles, los característicos semáfdel este de Berlín y poco movimiento de gente (aunque claro, eran casi las once de la noche y a esas horas el teutón medio duerme). Pasamos al lado de un trozo del muro que han mantenido y poco a poco llegamos al centro. Y allí, ya en Alexanderplatz, la ciudad cambia. Edificios altos y modernos, dominados por la Fernsehturm, la torre de la televisión, bares, restaurantes, gente de un lado a otro. Bieeeen, bien.

FernsehturmLlegamos a Zehdenicker Straße, donde está el apartamento y al poco llega Boris, el palomo que lo regenta. Dame las llaves, toma el dinero, no hagáis ruido, etcétera. Nada de reseñar. Como teníamos hambre nos fuimos a ver si encontrábamos algún sitio donde se pudiera comer algo. Bajamos paseando hasta Hackesche Höfe y de camino encontramos un bar español. Karras y Fócrates, que son más españoles que el toro de Osborne empiezan a pegar gritos (Ole, ole, cagüendiós, España, la puta clave) y me arrastran dentro. Cojones tiene, primer bar en Berlín, un español. Por lo menos me puedo pedir una Hefeweizen, porque estos estaban mirando a ver si había vino de Toro. Un camarero nos dice que justo cruzando la acera hay un garito donde hacen bocadillos y tal, así que vamos y comemos algo. Bajamos hasta Hackesche Höfe y nos vemos rodeados de mujeres de muy buen ver, la verdad, pero de las de a tanto la estocada. Todas llevan una especie de corsé que les hace unas cinturas de vértigo. No obstante huímos de allí y nos metemos en un bar cercano. Unas copas y a casa, que estamos cansados.

El viernes nos despertamos a eso de las nueve (¿los alemanes no tienen persianas?) y vamos a desayunar. Un desayuno como el dios de los teutones manda: queso, fiambres varios, mantequilla, milchkaffee, panecillos de varios tipos, zumo de naranja, mermelada, fruta… vamos, que después de una hora desayunando uno no tendría problemas en invadir los Sudetes. Pasamos por Alexanderplatz y subimos a la Fernsehturm. Subimos en ascensor hasta los 207 metros de altura a un planta mirador desde donde se divisa perfectamente casi toda la ciudad. En el piso inmediatamente superior hay un bar, y el suelo gira de forma que sentado en una mesa puedes disfrutar de una cerveza escuchando a Fócrates impartir alguna de sus lecciones sobre las mujeres mientras ves Berlín desde las alturas.

Unter den Linden

Seguimos hacia la zona antigua y llegamos al río Spree. Decidimos dar una vuelta en barco por el río, recorriendo la parte histórica de la ciudad. Nos costó siete euros por persona, pero merece la pena. Al acabar tenemos un poco de hambre y vamos hacia el Nikolai Viertel, un barrio a escasos cinco minutos a pie lleno de terrazas donde comer y beber algo típico. Después de unas salchichas y unas cervezas vamos a ver la catedral, y vegetamos un poco en el cesped del parque que hay frente a ella. Seguimos por Unter den Linden. Unter den Linden (literalmente “bajo los tilos”) es una amplia avenida con árboles (tilos, obviamente) y es la calle por la que las tropas nazis solían hacer los desfiles en Berlín. Está llena de edificios señoriales por los que merece la pena perderse y entrar a los patios interiores, y cada tanto hay bares donde parar a tomar una cerveza, por supuesto. Al final de la calle y como inicio del Tiergarten está , imponente, la Puerta de Brandenburgo. Es una de esas cosas que has visto millones de veces pero que no ubicas hasta que estás allí delante, situándola en la ciudad.

Puerta de Brandenburgo

Pasando bajo la Puerta y girando a la derecha se llega al Reichstag. Impone verlo con todas sus connotaciones históricas, con sus cuatro banderas alemanas, una en cada torre, y con la nueva cúpula de cristal, justo sobre la sala de plenos y a la que los políticos tienen prohibido subir como símbolo de que los alemanes están siempre por encima de sus representantes en el Reichstag, y que estos simplemente trabajan para el pueblo alemán, dem Deutschen Volke, como está escrito en la entrada:

dem Deutschen Volke

Nos tomamos unas cervecitas por Unter den Linden y nos acercamos a la Hauptbanhof, la estación central de trenes, recién construida (tendrá al máximo un par de años) y que es espectacular en sí misma, cristal y metal de formas modernas en una ciudad por la que lleva siglos pasando la historia de Europa para bien o para mal. A las 9:08 (puntualidad alemana) llega el tren de Bonn, y en él… el Steiper, que se ha acercado a vernos el fin de semana. Sus primeras palabras son:

-Ooooohhhh! Unas seggvesas, ¿no?

En su línea. Después de tomarnos unas cervezas cogemos un taxi y nos acercamos a Schöneberg, un barrio un poco al sur del Tiergarten donde vive Bruno, un amigo de Steiper. En su casa tomamos otras cervezas, luego bajamos a cenar algo (un kebab, unos trozos de pizza) mientras cantamos la canción chorra del viaje (cántese como en los campos de fútbol; sólo los que sepan alemán podrán verle la gracia):

Allee, Allee Allee Allee, eine Straße, viele Bäume, Allee, Allee, Allee

Y cayeron muchas cervezas...Cogemos un U-Bahn hasta Prenzlauer Berg y nos vamos de juerga. En el primer bar hay fiesta de los años 80, suena música de la Neue Deutsche Welle y los botellines de Apfelwein hacen que, hábilmente, decida no recordar nada más de la noche, je je je.

El sábado nos levantamos algo tarde y vamos hacia Nollendorfplatz, en Shöneberg. Allí esperamos a Steiper y a Bruno, que nos llevan por Maaßenstraße hasta una plaza en la que hay un mercadillo callejero, pero donde aparte de calcetines, camisetas y demás puedes comprar comida de distintos tipos y nacionalidades. Primero un arroz con carne y garbanzos en el puesto de un fulano cuya procedencia fui incapaz de adivinar, luego unos zumos naturales exóticos en un puesto turco (qué buena estaba la turca que atendía, madre, y qué pedazo de cuchillo tenía el padre que miraba desde atrás con ojos recelosos), luego salmón en un puesto donde tenían el pescado fresco y te lo cocinaban a la plancha allí mismo, una especie de torta de calabacín… y todo por cuatro duros. Nos despedimos de Bruno, que tenía cosas que hacer, y tiramos millas hacia el norte. Pasamos por una calle de cuyo nombre no puedo acordarme donde hay un montón de embajadas y tal y entramos en el Tiergarten. El Tiergarten es un jardín/bosque que está en el centro de la ciudad, y me río yo de El Retiro comparándolo con esto. Todo perfectamente limpio, cuidado… paseando llegamos hasta la embajada española (¡ole! ¡ole! cagüendiós, España, joder…) y justo enfrente localizamos un Biergarten, que es algo así como una terraza bajo los árboles donde te puedes llevar la comida de casa si quieres (aunque venden allí) y donde venden… cerveza.

Cerveza va, cerveza viene, discutimos sobre si se puso la embajada española allí porque estaba el Biergarten o si pusieron el Biergarten por que estaba la embajada española y se nos va pasando la tarde. Llegamos a la Gedächtniskirche, la iglesia del recuerdo. Es una iglesia que casi fue destruida durante la segunda guerra mundial y que los berlineses han decidido dejarla como está para recordar su pasado. En la misma plaza hay edificios modernistas y el contraste hace que se te aparezca, en pocos segundos, la historia de Europa.

Seguimos hasta la Potsdamer Platz. Una plaza antes dividida por el muro (y abandonada por los dos berlines) pero que tras la reunificación se ha convertido en uno de los centros neurálgicos de la ciudad. Rascacielos como el de la DB o el DaimlerChrysler, el hotel Marriot y el Ritz-Carlton, el Sony Center… entramos en este último (que no es un edificio, sino un conjunto de ellos cubiertos por una cúpula inmensa que de noche cambia de color) y nos metemos a cenar en una cervecería, Lindenbräu, muy recomendable. Nos pedimos un metro de cerveza (una bandeja de un metro de larga con vasos de los distintos tipos de cerveza que hacen) y un Schmankerlplatte, una bandeja para cuatro con codillo, salchichas, Leberkässe, Sauerkraut, patatas… total, que comimos (y bebimos) estupendamente y no llegó a 30€ por persona (que considerando el sitio y la cantidad de comida y bebida no está nada mal, pardiez).

Luego volvimos a subir hacia la zona de Prenzlauer Berg, nos fumamos unas sishas y nos fuimos de fiesta, pero eso ya es otra historia que tampoco se debe airear. Las ciervas bien, gracias.

Semáforos Ost/West

Berlín es ya una de mis ciudades, como Londres o Venecia. Es uno de esos sitios a los que estoy seguro de que voy a volver, y seguramente no tardando mucho. Se nota que los capitales, la pasta, los talegos por donde corren es por las ciudades de las cuencas del Rhin, Frankfut o Munich. Se nota que Berlín está en el corazón de la Alemania oriental pese a las nuevas construcciones y a los intentos por reimpulsar la economía de la ciudad. Es una ciudad que se sobrepone a la división pero sin olvidar, quizás simbolizada por la foto de arriba: el muro pasaba por la mitad de la calle, y el semáforo más cercano sigue siendo como los del Este mientras al otro lado de la acera son occidentales. Berlín está creciendo, está cambiando, se está reinventando a sí misma para busca un lugar propio dentro de Alemania y dentro de Europa. A Berlín no se puede ir a hacer turismo al uso, a ver cosas. Hay que ir a vivir la ciudad, a meterte dentro de sus entrañas y dejarte llevar por la vorágine de cambios y disfrutar de la incerteza de estar en el punto donde entran en contacto las dos ideologías que durante casi cincuenta años se repartieron el mundo. Hay que ir a Berín.

Actualización: Se me olvidaba, las fotos son cortesía de Fócrates, que se curró un reportaje tremendo.

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Stuttgart

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El fin de semana pasado volví a las andadas y el jueves a eso de las seis de la tarde estaba en Barajas enfrente de los mostradores de facturación de mi compañia low-cost de cabecera, Germanwings. Como sólo tiene dos destinos desde Madrid y no hace tanto que pasé por Colonia, había que probar lo de Stuttgart. No entraré en los detalles del vuelo para no aburrir. Lo único destacable es que esta vez misteriosamente no había niño cabrón, así que todo fue perfecto.

Aterrizamos en Stuttgart y recogimos las maletas, que llegaron sin problemas (y eso, saliendo de Barajas, si que es novedad). Cogimos un taxi, que por cierto era un Mercedes tremendo, se nota que la empresa es de allí, y nos fuimos al hotel Merit, en Tübingerstraße, en el Mitte, el barrio central de Stuttgart. El recepcionista era argentino, así que no tuvimos problemas para comunicarnos (ya estaba yo preocupado pensando que tendría que mantener una conversación larga en alemán). Como era tarde dejamos las maletas, salimos a cenar algo de comída típica alemana (un kebab) y volvimos a dormir.

Schlossplatz

El viernes nos levantamos pronto y fuimos a dar una vuelta por Stuttgart. El eje de la ciudad es la Königstraße, una calle peatonal con muchísimas tiendas que siempre está llena de gente. A mitad de la calle está la Schlossplatz, una plaza bastante grande con unos jardines tan bien cuidados como todos los alemanes donde las teutonas se tumban a tomar el sol (supongo que los teutones también, pero no me fijé). Al frente está el castillo, la mayor atracción arquitectónica de la ciudad y a la derecha el castillo viejo. Siguiendo por la Königstraße se llega a la estación de trenes, un edificio impresionante con la arquitectura clásica del periodo de entreguerras y una torre coronada con el emblema de Mercedes desde que se puede ver toda la ciudad. Subir a la torre es gratuíto, lo que está bien cuando quieres gastarte lo mínimo indispensable. Desde allí cogimos un tren de la DB y nos fumos a Ludwigsburg.

Schloss in Ludwigsburg

Ludwigsburg es una pequeña ciudad que está a once minutos en tren al norte de Stuttgart (y en Alemania once minutos son once minutos, los trenes tienen generalmente una puntualidad impensable en latitudes más meridionales). Es una ciudad muy acogedora, con una arquitectura muy típica de la zona. Su atracción principal es el Residenzschloss, un palacio de estilo barroco (el de la foto) constuido a principios del siglo XVIII. Creo que allí se rodó la película de Sissi, así que pueden hacerse cargo. Impresionantes son los jardines divididos en dos zonas, una con los clásicos jardines palaciegos con perfectas formas geométricas y la otra organizada como un jardín botánico y parque de diversión para los habitantes del palacio, con un estanque precioso y rincones estupendos para disfrutar de ellos en la compañía adecuada, ya me entienden. Tres horas, tres, tardamos en recorrerlos.

Después de comer unas Bratwurst volvimos a Stuttgart. Dimos una vuelta por el centro y cuando nos entraron ganas de cenar nos sentamos en Zum Paulaner, una taberna bávara situada al final de la Calwerstraße, una calle paralela a la Königstraße llena de restaurantes. Allí probamos el Gaisburger Marsch, el plato típico suabo, y nos dimos con pasión a la Hefeweizen. A las dos horas yo hablaba perfectamente alemán (”con un ligero acento español”, decía el cachondo del camarero). Al poco volvimos al hotel dando tumbos, que al día siguiente había que madrugar.

El sábado nos levantamos a eso de las ocho y media y bajamos a desayunar. Una de las camareras del restaurante del hotel era italiana, así que no tuve que hacer malabarismos con mi paupérrimo alemán para explicarle que quería un café. La verdad es que los desayunos en el Merit están muy bien, al más puro estilo alemán con quesos, fiambres, verduras -estos palomos le echan Gurken (pepino) hasta al Cola Cao-, zumos, cereales y demás. Cuando el estómago nos había perdonado las Hefe de la noche anterior volvimos a la estación y cogimos un tren a Heilbronn.

Heilbronn Rathaus

La ciudad está al norte de Stuttgart, a unos tres cuartos de hora en tren. Lo más interesante está en el centro, con el ayuntamiento y su precioso reloj y la Kilianskirche justo en frente. La ciudad es muuuy tranquila, y sólo había jaleo en la Marktplatz (porque había mercado) y el la zona comercial de Kiliansplatz y Fleiner Straße. Bordeando el Neckar fuimos dando un paseo hasta Sontheim, un barrio al sur de Heilbronn y que por razones que no vienen al caso era visita obligada. A Sontheim se llega por un paseo paralelo al río perfectamente preparado para pasear, ya sea andando o en bicicleta, y todo está púlcramente organizado, como siempre en estos lares. Tras unas horas en Sontheim volvimos a Heilbronn y tras comer unas currywurst (y trasegarnos unas pils) asaltamos un supermercado del que salimos con un buen alijo de cerveza, salchichas y chocolate para recordar Baden-Württemberg a la vuelta a España. Tren y vuelta a Stuttgart.

Por la noche nos encontramos mucha gente con camisetas blancas y rojas: jugaba el Stuttgart contra alguien un partido de fútbol para no se qué competición. Toda la ciudad estaba pendiente del partido, así que debía ser algo importante. Cenamos algo por ahí y volvimos a Zum Paulaner. El camarero nos saludó sonriente preguntando directamente Drei Hefe? Y es que ya nos tenía calados. Allí estuvimos viendo el partido (el Stuttgart perdió) como si fuésemos aficionados de toda la vida, cerveza va, cerveza viene. Hasta las mil, claro.

Despertamos el domingo y nos fuimos del hotel. Dejamos las maletas en la consigna (Schliessfach, ¿he dicho ya que me flipa esa palabra?) y aprovechamos para dar un último paseo por Stuttgart y beber unas últimas pils (por la mañana hay que ser bávaro para echarse una Hefeweizen al gaznate). Cogimos el S-Bahn al aeropuerto (mucha mejor opción que el taxi, es casi igual de rápido y mucho más barato, 3€ por persona) y sin darnos cuenta estábamos ya de vuelta a España. Con esa extraña sensación que se me queda dentro cada vez que dejo Alemania. Pero esta vez es menos: el jueves vuelvo para allá, esta vez a Berlin. ¡Me muero de ganaaaaas!

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Cracovia

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Escudo de Cracovia

Desde hace algunos años a finales de verano unos cuantos amigos y un servidor solemos organizar un viaje para conocer mundo y pasar unos cuantos días de asueto dedicados al turismo, el ocio, la gastronomía, la juerga y la calibración de la cierva foránea. Como no somos muy dados a la playa ni a los destinos clásicos de la gente solemos elegir destinos europeos, preferentemente del este debido a los precios, el clima (el fresquito mola) y la forma física de las mozas. Pese a que hace mucho tiempo hicimos un prólogo yendo a Viena en coche desde España, la Europalante anual, tal y como ahora es conocida, comenzó con Kojak, Pijolín y yo mismo viajando a Polonia. La cosa surgió más o menos así:

Zamora, enero de 2004. Bar con muchas cervezas:

Kojak: - Pues tengo una amigo que vive en Polonia y dice que mola.

Doc: - ¿Ah si? ¿Por qué no vamos?

Kojak: - No hay huevos.

Doc: - Mañana reservo los billetes.

Supongo que de no haber estado influenciados por los vapores de la Mahou hubieramos ido a Benidorm. Pero claro, el alcohol no sólo sirve para que los feos se reproduzcan, sino también para que los de provincias conozcamos mundo. Pijolín se apuntó al día siguiente y para allá que nos fuimos, con un par, en septiembre. Reservamos billetes desde Madrid hasta Barcelona y luego con Wizzair volamos desde Gerona a Katowice, en el sur de Polonia. La idea era ir a Cracovia, que por lo que habíamos leído era la zona más turística del país y luego improvisar.

La primera en la frente. En el avión de Wizzair había una azafata. Igual había alguna más, pero nadie se fijó. No he visto cosa igual en la vida, una venus rubia de rasgos gráciles que hacía que todo el pasaje masculino y parte del femenino salivásemos como perros de Pavlov. Cuando se puso a hacer las demostraciones del chaleco salvavidas y tal la gente no quitaba ojo, se levantaban para ver mejor empujando al vecino si era menester. Hasta le hacían fotos, no les digo más. Algo increíble que nos hizo el viaje cortísimo.

Aterrizamos en Katowice, ciudad industrial y según dicen bastante fea. Alquilamos una especie de furgoneta privada que nos llevó hasta Cracovia, a unos 60 kilómetros. Empezamos a ver los primeros edificios del extrarradio de la ciudad: edificios de la época soviética, de diez o quince pisos feos como la madre que los parió, sin pintar, todos iguales como colmenas en calles oscuras casi sin iluminar. La furgoneta para y nos deja por allí. Tres españolitos con una cara de pardillos de preocupar, arrastrando las maletas, sin hotel reservado y ni siquiera un maldito mapa para orientarnos, con dos cojones. Yo ya me estaba viendo violado, descuartizado o vendido como esclavo. Total, que empezamos a andar cruzando un parque oscuro y silencioso muertos de miedo, pensando que quizás Benidorm no hubiera sido tan mala opción. Pero después del parque se nos hizo la luz, literalmente. Entramos en la zona centro de la ciudad, más iluminada y con tiendas, bares y restaurantes abiertos. Buscamos un hotel cualquiera y nos echamos a dormir.

De día la ciudad parecía otra. La parte antigua de la ciudad se llama Stare Miasto, y dando vueltas por las sus calles (Florianska, si alguna vez van a Cracovia paseen por la calle Florianska y verán que ciervas) llegamos a la plaza del mercado (Rynek Glowny), verdadero centro de la ciudad. Está llena de bares con terraza donde tomarte una cervecita fresca y tiene siempre mucha vida, tanto de día como de noche. En el medio de la plaza está el antiguo mercado, ahora lleno de tiendecitas de souvenirs para los turistas y siempre vale la pena pasarse por allí porque hay cosas bastante curiosas. Las casas de la plaza están pintadas de distintos colores (como todas las del Stare Miasto) y dan una imagen muy jovial a la ciudad. En la plaza está la iglesia de Santa María, desde una de cuyas torres cada hora suena un toque de trompeta.

Rynek

En la misma plaza está el Wierzynek, el restaurante más antiguo de Polonia y al que iba Stalin cada vez que pasaba por la ciudad. El servicio y la comida son exquisitos y el precio irrisorio para un occidental (por lo menos era así hace unos años). Un poco más adelante llegamos al Wawel, la ciudadela formada por todo un complejo de edificios de los que destacan el castillo del Wawel y la Catedral donde están enterrados los reyes de Polonia y donde solía dar misa un obispo llamado Karol, que posteriormente fue llamado a cargos más altos dentro de la jerarquía católica. Cerca de allí se encuentra también el Kazimierz, el barrio judío de la ciudad. La arquitectura es muy interesante, así como lo es ver iglesias y sinagogas separadas sólo por escasos metros. Además hay muchos bares de estilo bohemio donde pararte a tomar una cervecita cuando los “estoy cansaaao, estoy cansaaao” de Kojak empiezan ser demasiado frecuentes.

Por la noche Cracovia es la leche. Toda la zona que rodea la plaza del mercado está llena de bares en los que tomarte unas copas y socializar con las aborígenes. Nótese que en Polonia pasa algo muy raro. Las ciervas están estupendas, muuuy estupendas, hasta el punto de salir cabreado de los bares debido a la cantidad de testosterona segregada, pero los polacos no son precisamente unos adonis. El gen cabrón, lo llamábamos. Es muy duro estar en un local, buscar desesperadamente a la fea y no encontrarla. Algo exagerado. Además por aquellas épocas Cracovia no estaba muy explotada turísticamente, así que era fácil socializar con la gente del lugar, en general muy amable y simpática. Ser español además da un par de puntitos de carisma más en esos países, o sea que estábamos en la gloria. Solíamos empezar la tarde/noche en el 9, en la calle Szweska, un bar con mesas para tomar unos tragos tranquilos antes de bajar a la parte de abajo que es más discotequera. Allí casualmente vimos a tres chicas de belleza mmm… difusa. Las primeras del viaje. No nos creíamos que fueran polacas, así que nos acercamos sigilosamente para ver si pillábamos el acento y averiguábamos de donde eran. Españolas. En fin.

En el 9 solíamos empezar bebiendo tatanka, un cóctel hecho con Zubrowka y zumo de manzana que costaba, al cambio, un euro. O sea. Póngame tres para regalo. Luego merece la pena bajar al Frantic, que está en la misma calle, número 5. Si existe algo parecido al paraíso, tiene que ser así. Ningún turista, buen ambiente, buenos cócteles, polacas espectaculares (todas… es que tooodaaas) y polacos majetes que se portaron siempre muy bien con nosotros (menos uno… pero esa es otra historia).

Doc: - Pero… ¿has visto a esaaaaa?

Pijolín: - Afú, afú.

Kojak: - ¡Diooooos vamonos de aquí que me pongo malo, cagüendiós!

En fin. Hay muchos más bares interesantes, como el Budda (que está en la misma Rynek Glowny, nº6), pero será mejor que si alguno de ustedes va por allí los descubra por su cuenta.

Wawel

Teniendo Cracovia como base se pueden ver las minas de sal de Wieliczka, a escasos diez kilómetros de la ciudad. Son unas antiguas minas medievales con impresionantes salas excavadas en la sal y es una visita casi obligada. Como es obligatorio, o debería serlo para todos los europeos, una visita a un pequeño pueblo cercano, Oswiecim, que seguramente será más conocido por su nombre alemán: Auschwitz. Después de recorrer los campos de concentración de Auschwitz I y Auschwitz II - Birkenau y los museos correspondientes uno no vuelve a ser el mismo. No es broma. Los tres entramos tirando de humor negro, chistes y gracejos y salimos silenciosos y cabizbajos.

Otro sitio que merece la pena conocer es Zakopane. Está a 110 kilómetros de Cracovia y se puede llegar en autobús aunque las carreteras no son precisamente las autobahn alemanas. Es la capital montañosa de Polonia y se halla en los montes Tatras, casi en la frontera con Eslovaquia. En invierno se puede esquiar, y en verano es todo un placer pasear por sus colinas verdes. Hay muchos puestos al aire libre donde comer carnes asadas y beber cerveza, y por las calles del pueblo hay muchísima vida. Lo mejor de todo es que casi toda la gente es polaca y no hay muchos guiris que jodan el ambiente. Que para eso ya estábamos nosotros.

Cracovia me encantó. Teníamos previsto viajar a Varsovia pero al final no lo hicimos para poder aprovechar los diez días que estuvimos viviendo la ciudad y conociendo todas sus esquinas, sus peculiaridades y su forma de ser (y sus habitantas, no se si ustedes me entienden). Les recomiendo que visiten Polonia cuando puedan. Es un país precioso y de momento barato. Dense prisa, antes de que mejoren su economía y suban sus precios o que los ingleses la descubran (si no lo han hecho ya) para organizar sus despedidas de soltero y hagan que los habitantes pierdan la inocencia, como pasa por ejemplo en Riga. Pero esa es otra historia.

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¿Y tú llamas a tu vecino extranjero?

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HausDerGeschichte

Visto en la Haus der Geschichte Bundesrepublik Deutschland, en Bonn.

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Viajar por cuatro duros

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Esto de las compañías low-cost es la leche. Recuerdo que no hace tanto tiempo ir a ibiza a ver a mis padres (y a salir de fiesta, vaaale) me salia como poco por 50.000 pesetas de las de entonces, y en cambio ahora se pueden hacer viajes a Alemania por escasamente cincuenta euros. Sin ir más lejos, mañana me voy a Bonn otra vez :). Como mucha gente me ha preguntado cómo hago para encontrar siempre ofertas, me parece oportuno poner aquí una lista de compañías con las que se puede volar por cuatro perras si se busca con tiempo y uno está atento a las ofertas. De momento pondré las que vuelan desde Madrid que son las que tengo más a mano, pero mi idea a largo plazo es hacer una paginita para poder buscar según la ciudad de origen. Y espero actualizar la lista poco a poco. Si a alguien le es útil y encuentra algún viaje barato… que me lleveeee!

  • Ryanair - Todo un mito en las low-cost europeas. Desde que pusieron la base en Madrid se puede volar a Faro, Oporto, Dublín, Shannon, París, Marsella, Roma, Eindhoven, Bruselas, Bournemouth, East Midlands, Oslo, Goteborg, Malmö y Billund.
  • Easyjet - La otra grande. Es un poco más cara que Ryanair, pero merece la pena para algunos destinos que Ryanair no cubre. Llega a Asturias, La Coruña, Palma de Mallorca, Basilea, Ginebra, Berlín, Londres (Luton y Gatwick), Liverpool, Edimburgo, Bristol, Lyon, Paris, Toulousse, Milán, Roma, Casablanca y Marrakesh.
  • Germanwings - Estoy enamorado de esta compañía. Llega sólo a Colonia-Bonn y a Stuttgart, pero los precios son estupendos y sacan ofertas a menudo. Además, si vas a Colonia-Bonn tienen Früh Kölsch en el avión :)
  • Vueling.com - No he ido nunca con ellos pero tengo ganas de probar. Además es española, aunque no se si eso es bueno o no :P. Viajan a Barcelona, Bilbao, Granada, Ibiza, Jerez, Málaga, Palma de Mallorca, Santiago, Amsterdam, Milán, Roma, Venecia, París y Lisboa.
  • LTU - Compañía alemana experta en viajes organizados, aunque ha pasado también al mercado de los vuelos regulares. La mejor opción para ir a Düsseldorf, y también llega a Nueva York.
  • Air Berlin - Tiene una inmensa base en Palma de Mallorca, y vuela a casi todas las ciudades significativas de Alemania, Viena, Linz, Salzburgo, Zurich, Basilea, Copenhague, Milán y Londres. El problema es que saliendo desde Madrid tienes que hacer escala siempre en Palma de Mallorca, por lo que complica un poco las cosas para viajes de fin de semana. No obstante siempre viene bien echarle un ojo para viajes un poco más largos por centroeuropa.
  • TUIfly - Un nuevo descubrimiento. Pertecene a la touroperadora Tui, y vuela a Berlín (Tegel y Schönefeld), Basilea, Bremen, Colonia-Bonn, Stuttgart, Palma de Mallorca, Dresde, Nuremberg, Erfurt, Frankfut, Hamburgo, Hannover, Paderborn (¿dónde demonios está eso?), Basilea, Dortmund, Düsseldorf, Leipzig, Münster y Munich. No la conozco muy bien, pero habrá que probar jejeje.
  • Myair - Un clásico para viajar a Italia, sobre todo a Venecia y Bolonia. También va a Bérgamo, y pese a que ellos lo venden como Milán está un tanto lejos. Si quieren ir a Milán para un fin de semana busquen Linate o en su defecto Malpensa.
  • SmartWings - Compañía checa con base en Praga. Obviamente vuela a Praga y también a Budapest. Los precios no son una ganga, pero teniendo en cuenta lo que cobran las demás compañías (y casi siempre haciendo escala) no es una mala opción.
  • Virgin Express - La compañía aérea de Richard Branson, el tarado este de las tiendas de discos, vuelos en globo y demás. Desde Madrid sólo vuela a Bruselas.
  • Condor - Tourpoerador alemán con vuelos a prácticamente todas las principales ciudades alemanas y muchas más europeas y del resto del mundo. Desgraciadamente la página web es un desastre y hay que buscar los vuelos uno a uno. Si alguien se pone y me pasa información, se lo agradecería eternamente.
  • Norwegian - Compañía noruega (nunca lo habrían adivinado, ¿eh?) con vuelos a Oslo, Bergen, Bodø, Stavanger y Trondheim. Para Oslo yo volaría con Ryanair, pero es la mejor compañia para las demás ciudades.
  • Air Comet - La antigua Air Plus Comet, y creo que es la que se quedó las rutas de la fracasada Air Madrid. Vuela a Londres, París, Roma, Bogotá, Lima, Quito, Santiago de Chile, Santo Domingo, Buenos Aires, Guayaquil y Nueva York.
  • Meridiana - Otra compañía italiana. Vuela a Florencia (si no la conocen…¡vayan!) y tiene enlaces a Palermo y Catania.
  • Transavia - ¿Quieren ir a Amsterdam a retozar por el barrio rojo después de fumar unos cigarritos de la risa? Sólo vuela a esta ciudad, pero los precios son bastante decentes.
  • Blueair - Bucarest. Nunca volé con ellos.

De momento nada más. Si conocen alguna compañía más háganmelo saber y actualizaré el post. Sólo un par de sugerencias fundamentales para los que tengan Barcelona a mano y gusten de los países del Este: Wizzair (Katowice, Budapest, Transilvania y Bucarest) y SkyEurope (Salzburgo, Viena, Praga, Cracovia, Bratislava y Budapest). Y como decía arriba, un día de estos que tenga tiempo haré un buscador de compañías por origen y destino. Con el tiempo, claro…

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Bonn

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Al llegar a casa de Steiper nos vamos a dormir echando leches. Después del fin de semana, dormir seis horas me parece el colmo del descanso. A eso de las 7 de la mañana entreabro un ojillo y veo a Steiper todo trajeado (joder, parece una persona seria y todo) que se va a trabajar. Yo me quedo vegetando un poco hasta que la claridad no me deja dormir más, soy un poco exquisito para eso y necesito total oscuridad y las casas alemanas no tienen persianas. Total, que a eso de las 9 de la mañana decido levantarme y salir a dar una vuelta por la ciudad.

Salgo de casa con la maleta a cuestas (mi idea es irme directo al aeropuerto) y me dirijo al centro, a ver como es la cosa. Bonn parece una ciudad muy tranquila, casi no hay coches por las calles y está todo muy limpio. Lo primero que hago es ir a la estación, en busca de las Schließfächer (¿he dicho que me flipa la parabra?) para dejar la maleta. Estas consignas ya son como las de toda la vida, no como el aparato aquel de Colonia. Y acto seguido me pierdo por la ciudad, me encanta pasear sin rumbo por ciudades desconocidas descubriendo pequeñas joyas cotidianas a cada paso. Así por casualidad llego a una parque precioso, el Hofgarten, desde donde se ve el Kürfürstliches Schloss, antiguo castillo y hoy sede de la universidad de Bonn.

Bonn Hofgarten

La verdad es que el parque está que da gusto verlo, no se si es que estos alemanes limpian mucho o no ensucian, pero a uno le dan ganas de ponerse a pastar cual vaca alemana.

Sigo adelante paralelo al río y llego al Kennedybrücke, y cruzo hasta la mitad para ver el Rhin. Giro hacia Oxfordstraße y la Berliner Platz y ya me meto de lleno en el casco antiguo. La sensación hasta el momento es que todo esto es muy tranquilo, prácticamente no hay coches y la gente habla bastante bajito. Todo transmite mucha paz. Pero el centro ya cambia, porque me doy de frente con todas las calles comerciales, llenas de tiendas y espíritu navideño. Por aquí ya hay bastante gente, y unas ciervas que pa qué, no hago más que mirar de un lado a otro admirando a las teutonas de la zona.

Bonn Muenster

Llego a la plaza de la Catedral (el Münster) que la verdad no está mal, pero después de lo que llevo visto tampoco me impresiona una barbaridad. Lo que si me impresiona es el Weihnachtsmarkt, el mercado navideño que se extiende por todo el centro de la ciudad. Hay un zillón de puestos (muy bonitos, por otra parte) donde venden desde las clásicas figuritas de los belenes o adornos más norteños como coronas de pino y centros de mesa hasta recuerdos para los turistas pasando por puestos de comida y bebida. Y cuando digo pasando quiero decir pasando: por cada dos puestos de adornos hay uno de salchichas, vino caliente, cerveza y otras viandas. En concreto me quedo con una especie de galletas que come casi todo el mundo, pero no las pido porque no tengo ni puñetera idea de como se llaman. El ambiente es tremendo, y cada tanto oigo alguna voz en español: parece que hay más personas que se han aprendido esto de Germanwings.

Me desayuno una Bratwurst y un poco de vino caliente y vuelvo hacia la estación. Al rato llega el autobús y con mi alemán de Zamora le pido al conductor un billete para el aeropuerto… ¡y el tipo me entiende! Subo y al rato llegamos al aeropuerto. Facturo y me doy una vuelta por las tiendas. Además, aprovecho para comprarme un par de revistas de estas en las que salen mujeres ligeras de ropa para practicar el alemán. Si no las entiendo, siempre me queda el recurso de mirar las fotos, jeje. Una pava intenta venderme una tarjeta de crédito, pero yo le digo con la mejor de mis sonrisas que Entschuldigen Sie, aber ich komme aus Spanien und ich spreche nicht Deutsch, o sea, que soy español y no hablo de lo suyo, pero después de estos días me sale un acento de Hessen exagerado y la tipa me deja ir con cara de “si, claro, con un par de revistas alemanas bajo el brazo y me dices en alemán que no hablas alemán. A otro perro con ese hueso”.

Embarco y el avión despega. Misteriosamente esta vez no hay crío llorón y la Jenny, la Fanny y la Choni debieron irse el domingo por la tarde, así que tengo un vuelo tranquilo. Sobrevolando Francia las camareras azafatas del avión pasan preguntando si queremos algo. Yo me pido, con dos cojones, una kölsch. Vuelvo a España, pero me llevo en los labios y en el corazón el sabor de esa tierra a la que, ahora lo se, volveré a menudo. Si no me bastaba con sentirme español, italiano e inglés, ahora añado Alemania a mis patrias. Otro país para echar de menos cuando no esté por sus calles inmaculadas, en sus tabernas comiendo salchichas y bebiendo cerveza, disfrutando de esa naturaleza tan bien cuidada o echándome unas risas con sus gentes, esos alemanes grandotes y cachondos que nunca dicen que no a tomarse unas cañitas.

Por la ventanilla del avión, a lo lejos, se ven las luces de Madrid.

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Observation Point Alpha

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El domingo por la mañana me despierto a eso de las 11:00 y subo a desayunar. A desayunar o a comer, porque con los horarios de los alemanes nunca se sabe. Total, que comemos algo y nos montamos en el coche camino de Fulda (¡qué bien, voy a ver la ciudad de día!).

Catedral de FuldaFulda esta bien, es una ciudad pequeña y tranquila. Por lo que me va contando la familia Steiper, debe ser como una isla católica dentro de una zona protestante. Tiene una catedral bastante chula y una iglesia al lado, la Michaelskirche, del año de la polca. Entramos en la catedral y mamá Steiper me cuenta historias de la ciudad y del edificio, esto de que haya trabajado como guía turística en la ciudad es la clave. Al parecer hay incluso un seminario donde jóvenes de toda Teutonia vienen para aprender las cosas estas de la iglesia y si todo va bien al cabo de los años llegar a ser como Ratzinger, hay que joderse. Por la zona de la catedral son encontramos a Sebastian, el amigo de Steiper que estuvo con nosotros ayer, y seguimos con él el recorrido. Vamos hacia el palacio (que ahora es el ayuntamiento) y nos damos unos trotes por los jardines hasta llegar a la estatua de Bonifacio, que es algo así como el patrón de la ciudad, donde habíamos aparcado el coche. Nos despedimos de Sebastian y partimos hacia el Rhön, a las montañas.

Por el camino vemos las casitas típicas de la zona, con los techos inclinados y las vigas de madera, con las fachadas pintadas en colores claros y todo muy limpio y muy ordenado. Junto con el paisaje otoñal verdeamarillento la imagen es preciosa. Al poco salimos de Hessen para entrar en Thüringen (o Turingia, nunca tengo claro si usar los nombres originales en alemán o las traducciones al español), y aunque el paisaje natural es el mismo, el urbano cambia sensiblemente: las casas ya no están pintadas, sino que las paredes están simplemente lucidas de cemento (no todas, pero una buena parte) y las concesiones a la estética son mucho menores. Estamos en la antigua Alemania del Este, y todavía se nota.

Grenzanlagen_PA.JPGSubimos por las montañas del Rhön hasta el Observation Point Alpha: por aquí pasaba la frontera entre las dos alemanias y justo aquí había torres de vigilancia de los dos lados. Pese a que vivían de espaldas, se miraban. Bueno, los rusos y los americanos, para ser más exactos). Al llegar lo primero que se ve es la cicatriz que aún tiene este país: el terreno que conformaba la antigua frontera, flanqueada de una carreterita por la zona rusa para poder patrullar por toda su extensión. Según avanzamos vemos como fueron evolucionando las vallas, desde las que eran poco más que cuatro palos y alambres de los primeros años hasta las últimas, que tenían ese foso con una pared de hormigón para que no pudieran pasar los coches, un campo con minas antipersonas a lo largo de toda la frontera y las vallas conectadas a ametralladoras automáticas que disparaban hacia el interior cuando notaban cualquier contacto. Angelitos ellos.

Torre americana Torre DDR

Poco después se vemos esas dos torres, la de la izquierda occidental y la derecha oriental, una enfrente de otra a escasos cien metros. Desde ahí las dos grandes potencias de la posguerra se vigilaban, atentas a cualquier movimiento. Además, la zona soviética tenía un plan para invadir la Europa occidental y los países de la OTAN lo sabían: el fregado hubiera empezado aquí, en lo que se llamó Fulda Gap. Si hubiera habido una tercera guerra mundial, posiblemente los primeros en entrar en fuego serían los ocupantes de esas dos torres. Acojona.

Grenzpfosten_DDRUn poco más adelante nos entramos ya en una pequeño asentamiento americano ahora reconvertido en museo. Me parece significativo que el mástil sobre el que ondea la bandera americana no toque directamente el suelo, sino que está sujeto por dos pequeñas vigas. Pretendía simbolizar que aquello no era tierra americana, sino que estaban allí como tropas invitadas. La verdad es que a mis primos yankees nunca se les dio mal el marketing. Seguimos andando entrando en los distintos barracones, ahora reconvertidos en salas del pequeño museo viendo documentos de la época. Me llaman la atención un par de postes pintados con los colores de la bandera alemana y con el escudo de la DDR arriba del todo. Según me dice Steiper, iban marcando los puntos fronterizos, y cuando por fin cayó el muro muchos habitantes de la zona los arrancaron y se los llevaron a sus casas de recuerdo. Pero me afectan más las fotos de los cadáveres de las personas que intentaban pasar del este al oeste y caían acribilladas o destrozadas por las minas antipersona en tierra de nadie, en esos escasos metros que separaban los dos mundos y donde nadie tenía valor para entrar no ya para ayudar a la gente, sino para enterrarlos. Ojalá nadie nos quite nunca la memoria histórica y aprendamos de los fallos, de todos los fallos que hemos cometido en el pasado.

Como anochece nos vamos de allí camino de Fulda. Por el Rhön decidimos subir a un monasterio que hay en lo alto de una montaña, pero como ya es de noche (joder, son las cuatro de la tarde…) nos quedamos a medio camino, en un albergue-bar que hay para los excursionistas y montañeros que deciden quedarse pateando aquella zona. El sitio tiene una pinta tremenda (y parece que unas vistas estupendas también, por lo que puedo intuír con la escasa luz que queda). Dentro está decorado al más puro estilo rural de la zona, con aperos de labranza de los de allá colgados del techo, aves disecadas, flores secas y demás parafernalia. Steiper pide (ni puta idea de lo que está diciendo, escepto nosequenbier y bratwurst) pero yo me fío, total aquí no creo que haya bocadillos de calamares. Al cabo llega el camarero con unas jarras de cerveza oscura. Mamá Steiper me explica que la cerveza la hacen los monjes del monasterio y que a diario se bajan unos cuantos barriles para los clientes. Joder, cerveza artesanal de la de verdad en medio de Alemania… cada vez me siento más alemán. Al poco el camarero trae también una salchicha tremenda y un coso que es así como una pizza pero sólo de cebolla que debe ser típica de la zona. Y está todo buenísimo, pardiez. Allí seguimos hablando un rato hasta que volvemos a casa, recogemos los trastos y nos vamos a la estación a coger el tren de vuelta a Bonn.

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El cumpleaños de mamá Steiper

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En realidad la familia Steiper no vive en Fulda, sino en Tiefengruben, un pueblecito de no más de 200 habitantes a pocos kilómetros de Fulda. Al parecer la máxima atracción del pueblo era la panadería, pero hace poco que la derrumbaron. Hay una iglesia pequeñita que no es nada del otro mundo y el sector terciario de la población se reduce a un bar.

En casa de Steiper saludamos a mamá Steiper y a abuela Steiper. Mamá Steiper habla un poco de español, lo que siempre es útil cuando uno tiene un alemán tan chapucero como el mío. Me enseñan la casa (pedazo de casa, por otra parte) y el último juguete de papá Steiper: un tractor. Al parecer se compró el tractor cuando estaban a punto de desguazarlo y lo está arreglando poco a poco. Ya anda, y Steiper no puede evitar la tentación de dar unas vueltas por el campo.

Tiefengruben

Nos vamos a dar una vuelta por el pueblo hasta las siete, que es cuando hemos quedado para cenar. Según andamos, Steiper me va diciendo quien vive en cada casa, y joder, son todos familia: tio Steiper, abuelo Steiper, prima Steiper… el pueblo tenía que llamarse Steipergruben, pardiez. Además me dice que ha habido problemas en la familia y que sus tios se llevan fatal entre ellos. Y encima, uno de ellos es el que tiene el bar del pueblo, al que lleva más de 15 años sin ir. Pero yo me empeño en ir, y el Steiper cede. El bar es muy pequeño, y podría ser el clásico bar de pueblo de cualquier pueblo de España salvo porque la gente habla raro y la decoración, aunque escasa, es alemana. Nada más entrar el camarero nos mira raro y empieza a hablar con Steiper. Sale una señora de dentro y también se pone a hablar con él. Me miran y llego a captar un “mein Freund aus Spanien”. Total, que estamos allí casi una hora hablando con tipos rarísimos hasta que nos vamos. Camino de casa Steiper me va diciendo que todos esos del bar no se hablan con su familia desde hace años pero que esto puede ser el principio de la reconciliación. Narices tiene, que tenga que venir un español a arreglar familias. “El pacificador”, me llama. Además dice que al principio los del bar pensaban que yo era alemán, del pueblo de al lado, Hattenhof (¡mamá, soy ario!). Desde entonces por allí soy conocido como Schorsch aus Hattenhof.

Cuando llegamos a casa ya está parte de la familia por allí y sigue llegando gente cada poco. Bajamos a la bodeguilla que tienen en el sótano y nos damos a la fiesta. Para comer hay un zillón de cosas alemanas que están buenísimas: carne asada, patatas asadas, ensalada de col, arroz con almendras y piña, ensalada de fiambre, Frikadellen con champiñones y nata, cerveza como para alicatar tres cuartos de baño y demás. A la media hora yo me siento ya más alemán que la leche, la verdad es que la cena es de lo más típico que uno se puede echar a la cara en aquella zona. Entre el inglés, un poquito de alemán y las traducciones que se curra Steiper consigo más o menos comunicarme con la gente, sobre todo con un tío austriaco de Steiper que es la bomba. Él es de la zona de Salzburgo, y como conozco la ciudad tenemos tema de conversación para un rato. Más cerveza. Cuando está toda la gente voll gesoffen y voll gefressen (con el pedo y hasta arriba de comida) el tío austriaco se arranca con unas canciones tirolesas (o sea, el aquivalente de Mi Carro pero en austriaco). Yo lo estoy flipando. Ahora toda la familia empieza con canciones típicas alemanas y gracias al FSM tienen un librillo con las letras. El Steiper me lo pasa y me uno a las canciones (aunque no tengo ni puta idea de lo que estoy cantando). Más cerveza. A estas alturas del baile ya no me importa nada, hablo alemán, inglés, sueco, swahili o lo que se me ponga por delante y con quien se me ponga por delante. Va a ser mejor irse a Fulda de fiesta antes de que me nombren persona non grata en Tiefengruben (aunque con el ciego que lleva la familia Steiper lo mío es anecdótico).

Nos vamos a Fulda con unos tíos de Steiper, y nos dejan en el centro de la ciudad, en la zona de bares. Nos metemos en un garito normalillo, podría pasar por español sin problemas excepto por los clientes, que son todos, obviamente, alemanes. Hay unas ciervas de preocupar, yo emigro fijo. Nos tomamos unas copas y al poco suena el teléfono de Steiper, unos amigos suyos están de fiesta en el Habana, otro bar de por allí. Llegamos y la música es toda estilo latino, joder, nunca pensé de que me alegraría de escuchar a Alejandro Sanz. Allí conozco a Sebastian, metro noventa de alemán igual de majo que Steiper y que habla italiano, así que con este también me comunico. A estas alturas tengo un follón de idiomas en la cabeza que empiezo a mezclar palabras de todos los idiomas que conozco. Hay una pavina amiga de Steiper y me pongo a hablar con ella. Me dice el nombre pero obviamente lo olvido a los diez segundos. Está bien esto.

Pasamos por un par de bares más, uno de ellos muy chulo, con forma de teatro con su escenario, pista de baile abajo y un segundo piso donde nos ponemos en un principio. Al lado una pelirroja está bailando con un estilo que no parece propio de alemana, no se si me entienden. Las hormonas están ya revueltas revueltas.

Volvemos a Tiefengruben en taxi. Mañana hay que despertarse pronto (¿estos alemanes no duermen?) porque me van a llevar a ver el Observation Point Alpha, una base americana que había en la frontera con Alemania del Este, ahora reconvertida en museo.

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Camino de Fulda

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Me despierto a las 8:30 un tanto descolocado porque la kölsch sigue haciendo efecto. Al principio no se muy bien donde estoy pero a los dos o tres minutos aparece el Steiper:

-Vamos tío, que pegdemos el tgen!

Correcto. Me levanto a toda leche y me doy una ducha calentita. Al acabar, ya casi se me ha pasado la resaca. Joer, lo que tiene que no te den garrafón… Meto todo como puedo en la maleta y salimos para la estación. Pillamos el tranvía por los pelos. Me toca sacar el billete de la máquina porque el Steiper no se acuerda del número. Sí, si. Allí no hace falta sacar el billete de papel, mandas un mensaje a un número con el código de la parada y el billete te llega vía SMS. No nos queda nada que aprender, no.

Llegamos a la estación y pillamos el tren. Llega 10 minutos tarde, así que consciente de que quizás sea la única ocasión que se presente aprovecho para tomarle el pelo a Steiper:

-Ves, luego dices que si Alemania tal y si Alemania cual. Esto en España no pasa.

-Anda, calla, cabgón.

Pillamos un par de butacas muy cómodas e intentamos dormir un poco. Esta vez no es el niño cabrón el que no me deja dormir, porque allí hasta los niños son educados. Esta vez es es Rhin. Bajamos paralelos al río pasando por Koblenz y Mainz (donde el Main confluye con el Rhin) y giramos hacia Frankfurt, donde tenemos que hacer transbordo para coger el tren que va a Fulda. Durante el camino me quedo anonadado viendo el río (tiene hitos kilométricos como las carreteras, incluso postecitos cada 100 metros, y señales para marcar los “carriles”). Hay un huevo de barcazas surcando el río arriba y abajo, enormes y cargadas de contenedores, grava, cemento…

Rhin

Antes de llegar a Frankfurt Steiper le pregunta a un revisor que cuanto falta. El tipo empieza a enrollarse (dregufen naj finferg eins wirgich fruggen kunfenung y esas cosas) durante unos diez minutos que se me hacen eternos, porque el palomo cada tanto me mira a mi como si estuviera entendiéndole algo. Yo le miro con cara de “tienes toda la razon del mundo” y cada tanto digo “ja, ja”. Cuando se va por fin el Steiper se descojona. Al parecer el tipo estaba quejándose de lo mal que está todo en Alemania (hay que joderse… le soltaba yo por Las Barranquillas para que se enterase de lo que vale un peine). El palomo decía que hay muchos impuestos y que había escrito una carta de coña a un diputado para sugerirle que pusieran un detector de pedos a cada alemán conectado por GPS al Reichtag para que cada vez que uno se tirase un pedo el aparato mandase una señal a Berlín y le descontaran un euro de la cuenta como impuestos. Bieeen, en Alemania también hay zumbaos. Menos mal.

Frankfurt Hbf

(El alemán con cara de alemán de la foto es Steiper)

Llegamos a Frankfurt y quedan 40 minutos hasta que salga el tren para Fulda, así que aprovechamos para desayunar una bratwurst y una Bitburger. Estoy concentrado en la salchicha cuando oigo voces cantando en plan hooligan: al parecer hoy juega el Borussia de Dortmund contra el Eintracht de Frankfurt, y los seguidores de éste han ido a recibir a los de aquel a la estación. En poco rato la estación está llena de gente pegando voces, cantando cosas como el famoso “A por eeelloooos, ooooeee” (pero en alemán, a por elleeeen ooooeee). Unos van de rojo y otros como de verde fluorescente, pero la verdad no se cual es cual. Al principio me acojono porque parece que van a acabar dándose de hostias pero resulta que no, que estos no son ingleses y aunque vocean igual y beben incluso más se lo toman todo con más filosofía.

Salimos un momento de la estación para ver la calle, es la tercera vez que estoy en Frankfurt y tengo ganas de pisar la ciudad, las otras veces no salí del aeropuerto. Desde la puerta de la estación Frankfurt parece una ciudad alemana más, si no fuera por los inmensos rascacielos que se ven hacia la zona financiera. No en vano los alemanes la llaman Mainhattan (juego de palabras entre Manhattan y Main, el rio que pasa por allí). En ese momento pasa un tipejillo con una gorra ridículísima y a Steiper se le iluminan los ojos. Se va corriendo hacia él y empieza a preguntarle no se qué. Al rato vuelve descojonándose de la risa:

-Jodegg, peggo tu has visto que tipo más ggaggo? Tenía que tomagle el pelo un poco.

Frankfurt Hbf

En fin, volvemos a la estación y al rato llega el tren. Pillamos unas butacas y nos dormimos un rato (¡por fin!). Unos cuarenta minutos después llegamos a Fulda. Fulda es una ciudad pequeñita, de unos 60.000 habitantes, que está en Hessen, cerca de lo que era la frontera con la Alemania del Este (o sea, la Alemania profunda), y el paisaje es espectacular, colinas verdes y bosques en todas las tonalidades otoñales. Nos está esperando papá Steiper para llevarnos a casa: esta noche celebramos el cumpleaños de mamá Steiper con toda la familia. Miedo me da.

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