Idiota.- Del griego idiotés, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás.(F. Savater)

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Góngora

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GóngoraA estas alturas debe haber quedado claro que en aquella guerra de ingenio que protagonizaron Góngora y Quevedo (con Lope observando divertido desde el Parnaso y Calderón tomando notas) no puedo sino tomar parte por el último. Pero pese a todo hay que reconocer que Góngora también era un escritor como pocos ha parido esta tierra, con un dominio de la lengua sublime y un conocimiento de los clásicos vastísimo. Él y don Francisco son en una buena parte artífices del español que hablamos hoy en día.

Góngora siempre fue tachado de culterano, pero don Luis también era un juergas picarón de mucho cuidado. Y si no, atentos a los siguientes versos.

Mozuelas las de mi barrio,
loquillas y confiadas,
mirad no os engañe el tiempo,
la edad y la confianza.

No os dejeis lisonjear
de la juventud lozana,
porque de caducas flores
teje el tiempo sus guirnaldas.

¡Que se nos va la Pascua, mozas!
¡Que se nos va la Pascua!

Yo sé de una buena vieja
que fue un tiempo rubia y zarca,
y que al presente le cuesta
harto caro el ver su cara,
porque su bruñida frente
y sus mejillas se hallan
más que roquete de obispo
encogidas y arrugadas.

¡Que se nos va la Pascua, mozas!
¡Que se nos va la Pascua!

Y sé de otra buena vieja
que un diente que le quedaba
se lo dejó este otro día
sepultado en unas natas;
y con lágrimas le dice:
Diente mío de mi alma.
yo sé cuando fuiste perla,
aunque ahora no sois nada.

¡Que se nos va la Pascua, mozas!
¡Que se nos va la Pascua!

Por eso, mozuelas locas,
antes que la edad avara
el rubio cabello de oro
convierta en luciente plata,
quered cuando sois queridas,
amad cuando sois amadas;
mirad, bobas, que detrás
se pinta la ocasión calva.

¡Que se nos va la Pascua, mozas!
¡Que se nos va la Pascua!

Los viejos motivos del carpe diem y vanitas en versión pícara. ¿Conseguiría llevarse al huerto a alguna moza con estos argumentos?

menéame

La poesía de hoy

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Estaba yo hace un rato desayunándome una noticia sobre Joaquín Sabina, quien parece que dijo algo como:

Los poetas de hoy han perdido un poco el llamado de su tiempo. Creo que ya no escriben para la gente de la calle, para las multitudes, para los que están en los bares, y por eso la canción está cumpliendo la función de los poetas.

Y yo, como me gusta provocar, voy a estar de acuerdo. Qué quieren que les diga, salvo algunas excepciones que merecen salvarse de la hoguera la inmensa mayoría de los poetas actuales no me gustan un carajo. Hay mucha gente a la que le gusta el halo bohemio de la poesía y un buen día decide escribir un poema, fundamentalmente siguiendo estas normas:

  1. Busca un tema bonito o que empuje a la lágrima: cuánto te quiero, cuánto te echo de menos, cómo mola pasear por la playa en invierno, etcétera.
  2. Por supuesto, no intentes tener una visión global del poema. Tú tira millas y pon lo que se te vaya ocurriendo: “Aún recuerdo aquellas tardes en las que tu y yo de la mano paseabamos por la playa, y aunque hacía frío yo no lo notaba porque estaba contigo”. Más o menos.
  3. Intercala unas cuantas palabrejas de estas que se consideran poéticas: “silencio”,”ocaso”,”soledad”,”corazón” (¡corazón es fundamental!) y demás; elimina las que se parezcan a las que usa la gente al hablar: “Recuerdo aquellas tardes silenciosas en las que paseábamos por playas solitarias, y tu corazón aliviaba el frío del ocaso”.
  4. Por supuesto, pasa todos los adjetivos delante de los nombres: “Recuerdo aquellas silenciosas tardes en las que paseábamos por solitarias playas y tu corazón aliviaba el frío del ocaso”.
  5. Como has visto en algún libro que la poesía no es escribir así, todo seguido, sino en frases cortitas una debajo de la otra, agarra lo anterior y dale forma. Como te venga en gana, no hace falta tampoco comerse mucho el tarro:

Recuerdo

aquellas silenciosas tardes

en las que

paseábamos por solitarias playas

y tu corazón aliviaba

el frio

del ocaso

¿A que es fácil? Pues les juro que hay gente que escribe cosas de este pelo… ¡y las publica! En fin, mi querido don Francisco seguro que les dedicaría unos endecasílabos resumiendo todo el asunto con mucho arte y mucha retranca, pero servidor no es don Francisco. Reconozco que algunos versillos si que he escrito, pero me avergüenzo sobremanera si tengo que mostrarlos ante un público que no sean mis amigos, y aún así la ayuda de unos azumbres de vino siempre me vino bien para perder el respeto que se le debe a nuestro idioma. Incluso a lo mejor algún día si me da por escribir alguna entrada a las tantas de la mañana puede que cuelgue aquí algún sonetillo de cosecha propia. Ya veremos. Pero lo que tengo claro es que no puedo considerarme ni poeta ni escritor. Ni lo pretendo.

Antes de que la gente se de por aludida y me eche los perros: no toda la poesía actual da tanto asquito, hay cosas muy interesantes (si pueden, sigan las recomendaciones que hace en su blog mi querido Barrueco). Pero me gustaría ver un soneto, un romance o incluso una modesta redondilla escrita con las palabras de la gente de la calle. O un poema de verso libre que tenga algo de ritmo y no corte los versos aleatoriamente (salvo que el autor sea un gurú del ultraísmo, pero me da que de ésos los justos). Pero creo que voy a tener que seguir buscando…

menéame

Neruda

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A veces cuando se buscan palabras te das cuenta de que alguien las ha encontrado antes. Así que hoy prefiero ceder la pluma a don Pablo:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: La noche esta estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

menéame

Don Juan de Tassis y Peralta

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O sea, el Conde de Villamediana. Un crack, el tío. El puto amo. Nació en Lisboa allá por 1582, y recibió una excelente educación gracias a la cual se convirtió en un poeta magistral, uno de los preferidos del que suscribe. En 1599 llegó a Madrid y se hizo enseguida con la vida canalla de sus noches (como ahora, más o menos). Era un enamorado del juego, las juergas, las mujeres, el lujo y los caballos, y sus excesos le procuraron dos destierros, el primero en Italia con el Conde de Lemos (no sé si saben que lindo libro está dedicado a este caballero…). Al volver de Italia no sólo retomó su vida disipada, sino que además empezó a poner a parir al cretino del Duque de Lerma con poemas agudos e hirientes como puñales que recorrian los mentideros madrileños de la época, y además debido a su inteligencia era complicado que perdiera en las timbas nocturnas, de las que salía desplumando diariamente a otros nobles. Y lo volvieron a desterrar, claro.

A una señora que se facilitaba por dinero

Éntrale el basto siempre a la doncella
cuando de oros el hombre no ha fallado,
espadas su manjar es descartado
porque lo quiere así la madre della.

La malilla, aunque deje de tenella,
no perderá, tanto es lo que le ha entrado;
y si quiere elegir, porque ha robado,
él es la copa y la malilla es ella.

Quien entrare a jugar, quien hombre fuere,
si de oros a triunfar no se dispone,
nunca ganar aquesta polla espere.

Carta de más, dinero no repone
en esta mano, antes quien la diere,
su basto encima a la malilla pone.

Los dos primeros versos son magistrales, no me digan que no.

Pero al poco volvió a la corte, y en 1621 murió Felipe III y llegó al trono Felipe IV. Éste último estaba casado con Doña Isabel de Borbón, que debía ser un pavón exagerado. Al lince de Felipe no se le ocurrió otra cosa que nombrar a Don Juan Gentilhombre de la Reina, lo que conociendo el pedigree del Conde era como pedir cuernos a gritos. Y si que se los debió poner, si. Al parecer tuvo más que palabras con Doña Isabel (a la sazón tenía escasos 18 añitos, y el Conde estaba mucho más bueno que su marido, con ese belfo tan habsburgo, y era mucho más espabilao). De hecho el Conde era un gran picador, y en una de corrida de toros cuando rejoneaba ante los reyes la Reina exclamó: “¡Qué bien pica el Conde!”, a lo que Felipe IV, imagino que con la misma cara de cabreo que puso su yayo el gran Felipe II cuando lo de la Invencible contestó: “Pica bien, pero pica alto”, en clara alusión al marfil que a duras penas ocultaba su sombrero.

Se la buscaba el Conde, y se la encontró. El 21 de agosto de 1622 volvía de juerga con Don Luis de Haro por la calle Mayor. Unos desconocidos pararon el coche y lo asesinaron en plena calle y a rostro descubierno. El crimen quedó impune, quizás -y sólo quizás, ejem- porque los que lo habían ordenado tenían mucha mano en la Corte. Incluso toda la mano. Si hasta Góngorilla (que me perdone Don Francisco el citarlo aquí) se dio cuenta de ello:

Mentidero de Madrid,
decidnos, ¿quién mató al Conde?
ni se sabe, ni se esconde,
sin discurso discurrid:
Dicen que le mato el Cid
por ser el Conde lozano;
disparate chabacano!
La verdad del caso ha sido
que el matador fue Bellido
y el impulso soberano.

Pero Juan de Tassis nos dejó también versos de amor preciosos. Y es que cada canalla lleva dentro un corazoncito:

El que fuere dichoso será amado;
y yo en amor no quiero ser dichoso,
teniendo, de mi mal propio envidioso
a dicha ser por vos tan desdichado.

Sólo es servir, servir sin ser premiado;
cerca está de grosero el venturoso;
seguir el bien a todos es forzoso,
yo sólo sigo el mal sin ser forzado.

No he menester ventura para amaros;
amo de vos lo que de vos entiendo,
no lo que espero, porque nada espero;

llévame el conoceros a adoraros;
servir, mas por servir, sólo pretendo;
de vos no quiero más que lo que os quiero.

menéame

Unos versillos

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‘No queda si no batirse’ es una frase que Arturo Pérez-Reverte pone en boca de don Francisco de Quevedo, una de las mejores y más afiladas plumas que ha parido este nuestro idioma. Considero oportuno pues publicar aquí cada tanto algunos versos suyos para solaz y deleite del lector y de este humilde escribano. Servidor tiene particular debilidad por las obras satíricas de don Francisco, así que inauguremos esta sección con un lindo sonetillo extraído de entre ellas:

Quevedo

Desengaño de las mujeres

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Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.

Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.

Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado,

si de otras tales putas me pagare;
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.

menéame