Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar. (Arthur Shopenhauer)

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Moharracho

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Echando un vistazo a El Pito Doble me entero gracias a una entrada de Quatermain de una iniciativa de la Escuela de Escritores para apadrinar palabras que están más o menos en desuso. Como no podía ser menos, uno tenía que batirse en defensa de alguna de las nobles palabras de nuestra lengua. Y la que he elegido es precisamente la que da nombre a esta entrada: Moharracho.

Según el Diccionario de la Real Academia, se define como:

  1. m. Persona de ningún valer o mérito.
  2. m. p. us. Persona que se disfraza ridículamente en una función para alegrar o entretener a las demás, haciendo gestos y ademanes ridículos.
  3. m. coloq. p. us. Figura mal hecha.

Muy propia para algunos personajes de los que circulan por ahí, ¿no creen?. Precisamente por esto y para mayor gloria de la palabra, me dispongo a instaurar el premio Moharracho del Mes, que se entregará al personaje que yo considere oportuno por su poco mérito, su ridículo o por su mala figura. Así que avisados quedan. A finales de cada mes, moharracho que te crió.

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Góngora

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GóngoraA estas alturas debe haber quedado claro que en aquella guerra de ingenio que protagonizaron Góngora y Quevedo (con Lope observando divertido desde el Parnaso y Calderón tomando notas) no puedo sino tomar parte por el último. Pero pese a todo hay que reconocer que Góngora también era un escritor como pocos ha parido esta tierra, con un dominio de la lengua sublime y un conocimiento de los clásicos vastísimo. Él y don Francisco son en una buena parte artífices del español que hablamos hoy en día.

Góngora siempre fue tachado de culterano, pero don Luis también era un juergas picarón de mucho cuidado. Y si no, atentos a los siguientes versos.

Mozuelas las de mi barrio,
loquillas y confiadas,
mirad no os engañe el tiempo,
la edad y la confianza.

No os dejeis lisonjear
de la juventud lozana,
porque de caducas flores
teje el tiempo sus guirnaldas.

¡Que se nos va la Pascua, mozas!
¡Que se nos va la Pascua!

Yo sé de una buena vieja
que fue un tiempo rubia y zarca,
y que al presente le cuesta
harto caro el ver su cara,
porque su bruñida frente
y sus mejillas se hallan
más que roquete de obispo
encogidas y arrugadas.

¡Que se nos va la Pascua, mozas!
¡Que se nos va la Pascua!

Y sé de otra buena vieja
que un diente que le quedaba
se lo dejó este otro día
sepultado en unas natas;
y con lágrimas le dice:
Diente mío de mi alma.
yo sé cuando fuiste perla,
aunque ahora no sois nada.

¡Que se nos va la Pascua, mozas!
¡Que se nos va la Pascua!

Por eso, mozuelas locas,
antes que la edad avara
el rubio cabello de oro
convierta en luciente plata,
quered cuando sois queridas,
amad cuando sois amadas;
mirad, bobas, que detrás
se pinta la ocasión calva.

¡Que se nos va la Pascua, mozas!
¡Que se nos va la Pascua!

Los viejos motivos del carpe diem y vanitas en versión pícara. ¿Conseguiría llevarse al huerto a alguna moza con estos argumentos?

menéame

La poesía de hoy

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Estaba yo hace un rato desayunándome una noticia sobre Joaquín Sabina, quien parece que dijo algo como:

Los poetas de hoy han perdido un poco el llamado de su tiempo. Creo que ya no escriben para la gente de la calle, para las multitudes, para los que están en los bares, y por eso la canción está cumpliendo la función de los poetas.

Y yo, como me gusta provocar, voy a estar de acuerdo. Qué quieren que les diga, salvo algunas excepciones que merecen salvarse de la hoguera la inmensa mayoría de los poetas actuales no me gustan un carajo. Hay mucha gente a la que le gusta el halo bohemio de la poesía y un buen día decide escribir un poema, fundamentalmente siguiendo estas normas:

  1. Busca un tema bonito o que empuje a la lágrima: cuánto te quiero, cuánto te echo de menos, cómo mola pasear por la playa en invierno, etcétera.
  2. Por supuesto, no intentes tener una visión global del poema. Tú tira millas y pon lo que se te vaya ocurriendo: “Aún recuerdo aquellas tardes en las que tu y yo de la mano paseabamos por la playa, y aunque hacía frío yo no lo notaba porque estaba contigo”. Más o menos.
  3. Intercala unas cuantas palabrejas de estas que se consideran poéticas: “silencio”,”ocaso”,”soledad”,”corazón” (¡corazón es fundamental!) y demás; elimina las que se parezcan a las que usa la gente al hablar: “Recuerdo aquellas tardes silenciosas en las que paseábamos por playas solitarias, y tu corazón aliviaba el frío del ocaso”.
  4. Por supuesto, pasa todos los adjetivos delante de los nombres: “Recuerdo aquellas silenciosas tardes en las que paseábamos por solitarias playas y tu corazón aliviaba el frío del ocaso”.
  5. Como has visto en algún libro que la poesía no es escribir así, todo seguido, sino en frases cortitas una debajo de la otra, agarra lo anterior y dale forma. Como te venga en gana, no hace falta tampoco comerse mucho el tarro:

Recuerdo

aquellas silenciosas tardes

en las que

paseábamos por solitarias playas

y tu corazón aliviaba

el frio

del ocaso

¿A que es fácil? Pues les juro que hay gente que escribe cosas de este pelo… ¡y las publica! En fin, mi querido don Francisco seguro que les dedicaría unos endecasílabos resumiendo todo el asunto con mucho arte y mucha retranca, pero servidor no es don Francisco. Reconozco que algunos versillos si que he escrito, pero me avergüenzo sobremanera si tengo que mostrarlos ante un público que no sean mis amigos, y aún así la ayuda de unos azumbres de vino siempre me vino bien para perder el respeto que se le debe a nuestro idioma. Incluso a lo mejor algún día si me da por escribir alguna entrada a las tantas de la mañana puede que cuelgue aquí algún sonetillo de cosecha propia. Ya veremos. Pero lo que tengo claro es que no puedo considerarme ni poeta ni escritor. Ni lo pretendo.

Antes de que la gente se de por aludida y me eche los perros: no toda la poesía actual da tanto asquito, hay cosas muy interesantes (si pueden, sigan las recomendaciones que hace en su blog mi querido Barrueco). Pero me gustaría ver un soneto, un romance o incluso una modesta redondilla escrita con las palabras de la gente de la calle. O un poema de verso libre que tenga algo de ritmo y no corte los versos aleatoriamente (salvo que el autor sea un gurú del ultraísmo, pero me da que de ésos los justos). Pero creo que voy a tener que seguir buscando…

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El Código da Vinci

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Ayer estaba en casa aburrido y no sabía muy bien que hacer. El Spike estaba tirado en el sofá ejerciendo el mítico “raaas raaas”, así que descarté la televisión al instante. No me apetecía nada perder el tiempo en internet buscando información más o menos friki, y el libro que estoy leyendo, American Psycho, (regalo de el Zorro, firmado por el mismísimo Bret Easton Ellis) me parecía demasiado cañero para un domingo falso de resaca. Así que me puse a buscar entre las películas que tenía descargadas mediante mi P2P favorito, y me encontré con esa, con El Código da Vinci.

Recuerdo que leí el libro cuando salió. Por aquellas épocas yo vivía en Italia y mi italiano no era ni mínimamente decente, así que estaba en pleno proceso de inmersión lingüística intentando aprender un poquito. Y para aprender un idioma sin ponerte a estudiar como un loco solo hay una manera: escucharlo, leerlo y hablarlo. Así que me fui a mi librería de cabecera turinesa y me compré El Código da Vinci en italiano, con un par.

La verdad, tampoco era literatura elevada. Hasta yo lo entendí todo, y eso que no estaba en una lengua que manejara bien. Pero tampoco quiero hablar hoy de sus méritos literarios (si los hubiese) sino del fenomeno asociado. De por qué la gente es tan gilipollas.

Hablaba hace algunos posts de que hay un cierto “anticlericalismo” exacerbado que a mi no me convence para nada. Y no me convence porque nos hace caer en los mismos errores que pretende rebatir. Y en el caso de El Código da Vinci se ha llegado a unos extremos preocupantes. A ver: las afirmaciones que aparecen en la película (y el libro) tienen tanto rigor como si yo digo que Dios realmente es un Monstruo Volador de Spaghetti. El hecho de no estar de acuerdo con una creencia (repito: creencia) no implica tener que creer ciegamente en cualquier teoría (repito: teoría) que vaya en contra de ella. Así que no creer en lo que dice la Iglesia Católica sobre Jesucristo y su vida no implica que sean ciertas todas las chorradas que se puedan decir al respecto. Pero es que encima hay algunos detalles que hacen que al aquí presente se le saltaran las lágrimas de la risa ante el rigor de la historia:

  • Dice que María Magdalena fue demonizada y que se intentó ocultar su figura. Pues yo juraría que los católicos la llaman ‘Santa María Magdalena’
  • Se basa en que la última cena fue como la pintó Leonardo. Y los ángeles son niños gorditos porque los pintó Murillo así.
  • Dentro del fresco de Leonardo el personaje a la izquierda de Jesús es una mujer. Porque dan Brown tiene su carnet de identidad y los monjes de Santa Maria delle Grazie (católicos ellos) y Ludovico Sforza (católico él) pensaron que era una buena idea quitar a San Juan y poner a una pava. En aquellos años.
  • ¿Por qué el Opus Dei sustituye a los Jesuitas como malos malísimos en las películas sobre el asunto?
  • ¿Se habrá leído este señor “Los Hijos del Grial”, de Peter Berling, que viene a decir más o menos lo mismo pero dejando claro que es una novela?
  • Tiene su punto ver a un monje del Opus Dei… cuando el Opus Dei no admite monjes.

En fin. Que reconozco que el libro y la película están muy bien construidos desde un punto de vista comercial: Una concepción nueva y ciertamente feminista (ellas leen más) sobre la Iglesia Católica en un momento de giro hacia el laicismo y en el que las religiones occidentales están cada vez más desacreditadas. Olé por el señor Brown y su idea para forrase. Pero que recuerde la gente que hablamos de una novela, y no de hechos científicos. Lean el libro si les interesa, vean la película si quieren pasar un rato agradable en el cine, pero no saquen las cosas de tiesto.

P.S. Lo mismo se puede decir de la biblia, sólo que está escrita unos cuantos cientos de años antes. Allá cada cual con sus creencias, yo tengo las mías (o no)

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Una copita en juego

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Ah, yo que he estudiado Filosofía, Jurisprudencia y Medicina, e incluso Teología, con ardiente afán; y ahora me encuentro aquí, pobre idiota, igual de sabio que antes. Me llaman maestro, me llaman doctor y desde hace cerca de diez años llevo a mis alumnos tirándoles de la nariz de acá para allá, adelante y atrás, y ahora me doy cuenta de que no hay nada que podamos aprender. Esta certeza me quema el corazón. Bien es cierto que soy más sabio que esos imbéciles, maestros, escritores y curas del tres al cuarto; no me atormentan escrúpulos ni dudas, no temo al infierno ni al diablo. Pero a cambio de todo eso, he perdido toda posibilidad de gozo. No me jacto de poseer conocimiento útil alguno, y tampoco imagino poder enseñar algo capaz de mejorar o convertir a los hombres. Tampoco tengo propiedades ni dinero, ni siquiera honores o grandezas mundanas, de forma que ni un perro quisiera llevar esta vida. Por todo esto, he decidido dedicarme a la Magia[…]

Puesto que no me atormentan escrúpulos ni dudas, y no temo ni al infierno ni al diablo, me he permitido traducir -bueno, ejem, más bien adaptar libremente- un fragmento de una de las obras clave de la literatura universal. La pregunta es… ¿A qué obra pertenece ese monólogo? Me comprometo, voto a tal, a tomarme una copa con el que acierte, pagando yo, obviamente.

P.S. Espero que los lectores me perdonen las aberraciones que he cometido en la traducción. Traduttore, traditore, que dicen mis primos.

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