Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar. (Arthur Shopenhauer)

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El monólogo de Pericles

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Parece mentira que esto fuera escrito hace 2500 años. Lo sacó a la luz Paolo Rossi, pero censuraron su aparición en Domenica In. Afortunadamente hicieron un hueco en Ballarò, uno de los mejores programas de RAI 3. Cuanto menos da que pensar. Lo traduzco así a vuelapluma, pero quien quiera puede ver a Rossi recitándolo con su estilo particular.

Aquí en Atenas se hace así: Nuestro gobierno favorece a muchos en lugar de a unos pocos, por eso se llama democracia.

Aquí en Atenas se hace así: Las leyes aseguran una justicia igual para todos en las disputas privadas pero no ignoramos nunca los méritos de la excelencia. Cuando un ciudadano se distingue él será, preferentemente, llamado a servir al estado pero no como un acto de privilegio sino como una recompensa al mérito, y la pobreza no constituye impedimento alguno.

Aquí en Atenas se hace así: La libertad que disfrutamos se extiende también a la vida cotidiana, no desconfiamos los unos de los otros y no molestamos nunca a nuestro prójimo si nuestro prójimo gusta de vivir a su manera. Somos libres, libres de vivir como nos apetezca y sin embargo estamos siempre dispuestos a enfrentarnos a cualquier peligro. Un ciudadano ateniense no descuida las cuestiones públicas cuando atiende sus asuntos privados, pero sobre todo no se ocupa de los asuntos públicos para resolver las cuestiones privadas.

Aquí en Atenas se hace así: Se nos ha enseñado a respetar a los magistrados y se nos ha enseñado a respetar las leyes y a no olvidar nunca a los que reciben ofensas, y también se nos ha enseñado a respetar aquellas leyes no escritas que residen en el sentimiento universal de lo que es justo y de lo que es de sentido común.

Aquí en Atenas se hace así: Un hombre que no se interesa en el estado no lo consideramos inocuo sino inútil, y aunque sean pocos los capaces de dar vida a una política, aquí en Atenas todos somos capaces de juzgarla. Nosotros no consideramos la discusión como un obstáculo en el camino de la democracia. Nosotros creemos que la felicidad es el fruto de la libertad, pero que la libertad es únicamente fruto del valor. En suma, yo proclamo a Atenas escuela de la Hélade, y que cada ateniense crece prosperando dentro de sí una feliz versatilidad, confianza en sí mismo y la disposición a enfrentarse a cualquier situación. Y es por esto por lo que nuesta ciudad está abierta al mundo y no expulsamos nunca a un extranjero.

Aquí en Atenas se hace así.

¿Alguien se atreve a hacer paralelismos?

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Cuando había huevos

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Mal andamos de memoria los españoles. Y mucho menos en época de campaña electoral, claro. Así que en vez de dedicar este post, el primero después de una larga temporada de ausencia por cuestiones que no vienen al caso, al patio de porteras que tenemos montado a cuenta de las putas elecciones voy a aprovechar para recordar una imagen también de febrero, pero de hace unos cuantos años. Concretamente del 23 de febrero de 1981. Ya saben, democracia recién estrenada como quien dice, votación de investidura de Calvo-Sotelo como presidente, quieto todo el mundo, tricornios donde no debería haberlos y esas cosas.

Yo era bastante pequeñín y no recuerdo mucho del día de marras. Pero los libros son la hostia para estas cosas: Te permiten conocer cosas que no has vivido personalmente. Y si unimos que entonces ya había televisión, la documentación al respecto es inmensa así que quien no se entera de algo es porque no quiere o porque al pobre le ha tocado estudiar la ESO esa, o como se llame.

Vamos al grano, que me pierdo. Muchos de ustedes tendrán en la cabeza la imagen de Tejero pistola en mano haciendo el hostias y recordarán los arrestos de los padres de la patria. Espera Felipe que se me ha caido la lentilla, voy a agacharme a ver, tranquilo Manuel que te ayudo yo a buscarla. Un par de tiros y esa gente que estaba allí representando a los ciudadanos de una España que en ese momento miraba al futuro con ilusión y valentía acabó bajo sus escaños con ciertos problemas intestinales. El miedo es humano, dirían. Si, ya, pero tronco, hay cosas que vienen en el cargo. Y mantener la dignidad del pueblo al que representas es una de ellas.

Pero España, a pesar de todas sus miserias, cada tanto pare a gente que se viste por los pies. Y ese día hubo tres personas que salvaron nuestro orgullo permaneciendo en su sitio. Tres. De trescientos y pico.

Primero, el presidente de gobierno en funciones. Don Adolfo Suárez, político de raíces franquistas reconvertido en el mejor presidente democrático que ha tenido este país que para variar nunca llegó a valorar todos sus actos y sacrificios y gracias al cual ahora Mariano y José Luis pueden debatir sobre chorradas en libertad. Suárez es un personaje al que España debería reconocer de una vez por todas su grandísima aportación a nuestra democracia. Menos educación para la ciudadanía, menos religión y mas historia contemporánea.

Segundo, Don Santiago Carrillo. Comunista de los de toda la vida, exilio huyendo del franquismo, vuelta a España disfrazado con aquella famosa peluca jugándose en tipo en la frontera. Discurso racional y razonado, cigarrillo perenne en la comisura de los labios y visión política magistral, aceptando por ejemplo la bandera constitucional en perjuicio de la republicana, bandera constitucional que desde la rueda de prensa tras la legacización del PCE una semana santa de hace algunos años (negociada con Suárez, precisamente) ondea en todos los actos públicos del PCE, convirtiendolo en un partído democrático dispuesto a aceptar las nuevas reglas de juego.

Y en trecer lugar, el personaje quizás más entrañable: el Teniente General Gutiérrez Mellado, militar de carrera que luchó en el bando nacional en la guerra civil, un tío con un par que se hizo cargo del ejército en un momento en el que muchos mandos añoraban tiempos mejores que se fue sin pensarlo, como militar de máxima graduación, a pedirle cuentas a Tejero. Usted qué cojones se cree que está haciendo, teniente coronel. Entrégue las armas que se le va a caer el pelo, etcétera. Hasta que el hombre fue zarandeado por varios guardias civiles, valientes ellos con un señor de sesenta años, hasta devolverlo a su sitio.

El resto es historia, para quien quera leerla. Ya saben, el Rey, los golpistas que se rinden, Calvo-Sotelo presidente y la democracia que siguió por buen camino. Pero no deja de ser irónico que aquel día las únicas personas con huevos fueron un comunista y un facha que habían sido enemigos en la guerra civil y un chaval joven, presidente del gobierno, que creía en una España mejor. Fueron los únicos que salvaron la dignidad y el orgullo de los ciudadanos de este país. Tres tíos que no tenían nada en común salvo ganas de democracia, verguenza torera y los cojones en su sitio. Tres españoles hijos de los que años antes destripaban franceses en Malasaña, ingleses en Trafalgar o moros en Covadonga. Tres fulanos cansados de la España rancia y dictatorial que llegaron a la conclusión de que la libertad no se consigue escondiéndose, sino plantando cara a los hijos de puta que pretenden robártela. Tres tíos con huevos, en fin.

Me gustaría ver en una de esas a Zapatero, Rajoy y Llamazares. ¿Qué creen ustedes que harían?

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El corsario Riquer

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Cuando tenía cuatro años mi familia dejó las llanuras castellanas para iniciar una nueva vida en Ibiza, una islita del mediterráneo que por aquellos entonces empezaba a despertar interés como destino turístico. Yo no había visto nunca el mar, y pueden imaginar la excitación que supuso para el niño que era ir la mañana siguiente a mi llegada paseando hacia el puerto, los barcos pesqueros abarloados y las gaviotas revololoteando en busca de algún pez arrojado al mar. La única imagen que tenía por aquellos entonces del mar eran las historias de piratas que había visto en el cine y la televisión, e iba de la mano de mis padres imaginando que aquellos pescadores rudos eran piratas que acababan de llegar de sus aventuras y estaban haciendo el recuento de su botín. Pero un poco más adelante, frente a la estación marítima, me llamó la atención un monumento con forma de obelisco. “Es el monumento a los corsarios”, dijo mi padre.

Así que era verdad, allí había habido corsarios. Entonces no conocía las diferencias entre un corsario y un pirata, y me preguntaba por qué extraña razón podrían aquellas gentes haber erigido un monumento a los piratas. Aún así, volví a casa soñando cañonazos y abordajes en los mares del sur. Desde entonces cada vez que vuelvo a mi isla y paso por allí me invade de nuevo, por unos segundos, ese olor a aventuras marinas.

Antonio Riquer era un corsario. Eso significaba haber abonado al Rey una buena cantidad para que se le concediera la patente de corso, y así poder atacar bajo bandera española a los enemigos del reino. Por cada barco apresado el Rey le pagaba una cierta cantidad en función de los cañones y marineros de la presa, y podía quedarse con cuatro quintas partes del botín (la otra quinta parte, el “quinto del Rey”, pasaba a manos del estado). Además, trabajar como corsario le daba una ligera ventaja añadida: en caso de ser apresado sería tratado como prisionero de guerra, a diferencia de los piratas que trabajaban por su cuenta y que eran ahorcados siempre, cayesen en las manos de quien cayesen. Y Antonio Riquer, pese a tener redaños suficientes para enfrentarse a lo que fuese, le había cogido cariño a su propio cuello.

El 1 de junio de 1806 Antonio Riquer estaba en su isla natal, Ibiza. Supongo que paseando por la Marina, o tomándose unos tragos de frígola o de hierbas ibicencas en una de las tabernas del puerto. Un día normal. Entonces escuchó voces: alguien gritaba que se había avistado una vela enemiga doblar el cabo de La Mola, en Formentera. Em cago en dena, debió pensar. Justo ahora que tenía a la Eulalia en en bote. Poco después alguien dijo algo que confirmó los pensamientos de Riquer. Es el Felicity. Entonces cogió las pistolas, el sable y se encaminó a puerto.

El Felicity era un barco corsario inglés con base en Gibraltar. El capitán era Miguel Novelli, un italiano a sueldo de la corona inglesa y conocido como “El Papa”. El Felicity contaba con sesenta y cinco hombres y una fuerte artillería, sobre todo dos cañones de a dieciocho que habían causado estragos entre los barcos mercantes españoles en el Mediterráneo. Y ahora estaba allí, rumbo norte en dirección al puerto de Ibiza. Dalt Vila con sus murallas era inexpugnable y aunque El Papa podía hacer algún destrozo en la parte baja de la ciudad ese no era el motivo de la visita: Novelli también era un corsario y sabía que no ganaría nada cazando pescadores. Estaba allí para algo más. Estaba allí para provocar.

Ibiza había sufrido durante mucho tiempo los ataques de los piratas, sobre todo berberiscos, que caían sobre sus costas matando a los payeses, violando a sus mujeres y saqueando sus pertenencias. Los que conozcan la isla habrán visto unos peculiares torreones de piedra cada cierta distancia a lo largo de la costa. Estas torres tenían una utilidad doble: por una parte vigilaban el horizonte en busca de velas enemigas, y ante el menor viso de amenaza se encendía fuego en lo alto de la torre cuyo humo era avistado por las torres cercanas que a su vez encendían otras hogueras… y así toda la isla estaba avisada de la amenaza en cuestión de minutos. Además, los habitantes de la costa se dirigían inmediatamente hacia las torres con sus pertenencias más preciadas o hacia el interior de la isla, de forma que los piratas, al llegar, raramente encontraban algo que saquear. Esta forma de vida caló en la forma de ser de los ibicencos, que iban acumulando odio hacia esos piratas que no les dejaban en paz. Con el desarrollo de la isla pasaron al contraataque. Empezaron a construir jabeques que arrasaron las costas africanas donde los berberiscos, tan fieros cuando se trataba de enfrentarse contra campesinos desarmados, corrían con la cimitarra entre las piernas cuando desembarcaban en sus costas hombres apellidados Tur, Palau o Ferrer con los ojos inyectados en sangre deseando vengar siglos de sufrimiento. El 1 de junio de 1806 uno de esos jabeques ibicencos, el San Antonio y Santa Isabel, corsario bajo bandera española, estaba atracado en el puerto de Ibiza y a él llegaba su capitán, Antonio Riquer, de treinta y tres años, famoso desde hacía diez por sus hazañas en el Mediterráneo. Y traía cara de mala hostia.

Rápidamente la tripulación del San Antonio y Santa Isabel fue llegando a puerto. La noticia sobre la presencia del Felicity había corrido como la pólvora por la ciudad y ninguno quería perderse lo que iba a pasar. El barco ibicenco era mucho más débil que el inglés, pero los marinos confiaban en Riquer y en su conocimiento de las peculiaridades del mar en aquellas zonas entre Ibiza y Formentera. Aún así aceptaron la presencia a bordo del cura José Iturrit. Si las cosas iban mal, mejor tener a un cura cerca por si era necesario ir con recomendación a negociar con San Pedro. Cuando la dotación de la nave estuvo al completo y tras una última revisión de las armas y los pertrechos del barco, el San Antonio y Santa Isabel soltó amarras y se hizo a la mar en busca del inglés.

A las cuatro de la tarde, una vez que el barco español había sobrepasado Els Freus, una zona de fuertes corrientes entre Ibiza y Formentera, el Felicity abrió fuego con todos sus cañones. Riquer respondió con sus dos piezas de a ocho, pero inmediatamente se dio cuenta de que si la batalla se desarrollaba a distancia no tendría nada que hacer. A los dos cañones de a dieciocho y cuatro de a doce, amén de dos obuses del cuarenta y ocho sólo podía oponer los dos de a ocho, cuatro de a seis y dos de a cuatro del San Antonio y Santa Isabel. Pero en cambio jugaban a su favor el conocimiento de las corrientes y los vientos de la zona, la agilidad de su barco y el cabreo generalizado de su tripulación. Así que sin pensarlo dos veces soltó todo el trapo de las velas y puso proa al barco enemigo dispuesto a tomarlo al abordaje, con dos cojones. Eso si antes los ingleses, que maniobraban para evitarlo y así poder seguir cañoneándolos a gusto no los enviaban a hacer compañía a los raons.

No hay descripción muy detallada de lo que sucedió a continuación. Los ibicencos consiguieron trabar su nave con la inglesa y entonces durante veinte minutos se desató el infierno. Desde el San Antonio y Santa Isabel se arrojaban frascos explosivos a la cubierta de popa del Felicity, que al poco tiempo estaba en llamas. La mayor parte de los marinos de Riquer, armados con cuchillos, pistolas, chuzos y garfios de abordaje se lanzaron sobre el barco enemigo destripando a todo inglés que se les ponía por delante, la cubierta llena de sangre y menudillos de súbditos de Su Majestad. Entre el humo y los sablazos un inglés rubio y grandote, del tipo de los que años después volverían a esas tierras a ponerse hasta arriba de cerveza intentó pegarle un pistoletazo a bocajarro al capitán Antonio Ferrer, uno de los hombres de confianza de Riquer, pero no se sabe muy bien por qué razones -la pólvora mojada, o una carga precipitada- el disparo no se produce, para la tranquilidad de Ferrer que se veía ya en el otro barrio. Entonces el inglés, con el miedo llegándole a los huesos le lanzó la pistola a la cara, haciéndole una profunda herida que iba a quedar muy mal en las próximas fiestas de la Mare de Deu. Ferrer, profundamente encabronado corrió hacia el inglés y levantándolo en el aire lo lanzó al mar, donde debe seguir ahora maldiciendo el día en que aquella pistola no disparó. Los demás ingleses, viendo el percal, iban poco a poco deponiendo las armas pidiendo cuartel a aquellos ibicencos con cara de perro que gritaban en un idioma parecido al catalán. Finalmente se arrió la bandera británica del popa entre gritos de alegría, y una vez atados los ingleses que quedaban vivos Riquer y sus hombres registraron el barco en busca de posible resistencia. En los camarotes, escondido dentro de un armario, encontraron a Novelli, muerto de miedo y enseñando la patente de corso británica mientras suplicaba por su vida.

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