Idiota.- Del griego idiotés, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás.(F. Savater)

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Berlin

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¡Por fin! ¡Por fin he estado en la capital del Reich! El jueves había quedado en el aeropuerto con dos amigos, Karras y Fócrates. A Karras ya le conocen, alguna vez ha aparecido por aquí. Fócrates es un fulano de mirada pícara, argumentaciones lapidarias (de ahí el nombre) y que encima habla alemán, así que en este viaje ha sido un punto muy importante. Total, que cogemos el avión que salió con una hora de retraso (y los correspondientes treinta o cuarenta cagüendiós de Karras) y nos plantamos allí, en Berlín. En el aeropuerto de Schönefeld para ser más exactos, que es a donde vuela Easyjet, y como no teníamos muy claro lo de los medios de transporte pillamos un taxi para ir al apartamento.

Semaforo BerlinLa primera impresión de la ciudad cuando llegas desde Schönefeld es muy curiosa. Entras por la zona de Berlín Este, y me recordó muchísimo al extrarradio de Cracovia: casas de dos o tres plantas un tanto descuidadas y sin concesiones estéticas, tuberías de gas al aire libre siguiendo las calles, los característicos semáfdel este de Berlín y poco movimiento de gente (aunque claro, eran casi las once de la noche y a esas horas el teutón medio duerme). Pasamos al lado de un trozo del muro que han mantenido y poco a poco llegamos al centro. Y allí, ya en Alexanderplatz, la ciudad cambia. Edificios altos y modernos, dominados por la Fernsehturm, la torre de la televisión, bares, restaurantes, gente de un lado a otro. Bieeeen, bien.

FernsehturmLlegamos a Zehdenicker Straße, donde está el apartamento y al poco llega Boris, el palomo que lo regenta. Dame las llaves, toma el dinero, no hagáis ruido, etcétera. Nada de reseñar. Como teníamos hambre nos fuimos a ver si encontrábamos algún sitio donde se pudiera comer algo. Bajamos paseando hasta Hackesche Höfe y de camino encontramos un bar español. Karras y Fócrates, que son más españoles que el toro de Osborne empiezan a pegar gritos (Ole, ole, cagüendiós, España, la puta clave) y me arrastran dentro. Cojones tiene, primer bar en Berlín, un español. Por lo menos me puedo pedir una Hefeweizen, porque estos estaban mirando a ver si había vino de Toro. Un camarero nos dice que justo cruzando la acera hay un garito donde hacen bocadillos y tal, así que vamos y comemos algo. Bajamos hasta Hackesche Höfe y nos vemos rodeados de mujeres de muy buen ver, la verdad, pero de las de a tanto la estocada. Todas llevan una especie de corsé que les hace unas cinturas de vértigo. No obstante huímos de allí y nos metemos en un bar cercano. Unas copas y a casa, que estamos cansados.

El viernes nos despertamos a eso de las nueve (¿los alemanes no tienen persianas?) y vamos a desayunar. Un desayuno como el dios de los teutones manda: queso, fiambres varios, mantequilla, milchkaffee, panecillos de varios tipos, zumo de naranja, mermelada, fruta… vamos, que después de una hora desayunando uno no tendría problemas en invadir los Sudetes. Pasamos por Alexanderplatz y subimos a la Fernsehturm. Subimos en ascensor hasta los 207 metros de altura a un planta mirador desde donde se divisa perfectamente casi toda la ciudad. En el piso inmediatamente superior hay un bar, y el suelo gira de forma que sentado en una mesa puedes disfrutar de una cerveza escuchando a Fócrates impartir alguna de sus lecciones sobre las mujeres mientras ves Berlín desde las alturas.

Unter den Linden

Seguimos hacia la zona antigua y llegamos al río Spree. Decidimos dar una vuelta en barco por el río, recorriendo la parte histórica de la ciudad. Nos costó siete euros por persona, pero merece la pena. Al acabar tenemos un poco de hambre y vamos hacia el Nikolai Viertel, un barrio a escasos cinco minutos a pie lleno de terrazas donde comer y beber algo típico. Después de unas salchichas y unas cervezas vamos a ver la catedral, y vegetamos un poco en el cesped del parque que hay frente a ella. Seguimos por Unter den Linden. Unter den Linden (literalmente “bajo los tilos”) es una amplia avenida con árboles (tilos, obviamente) y es la calle por la que las tropas nazis solían hacer los desfiles en Berlín. Está llena de edificios señoriales por los que merece la pena perderse y entrar a los patios interiores, y cada tanto hay bares donde parar a tomar una cerveza, por supuesto. Al final de la calle y como inicio del Tiergarten está , imponente, la Puerta de Brandenburgo. Es una de esas cosas que has visto millones de veces pero que no ubicas hasta que estás allí delante, situándola en la ciudad.

Puerta de Brandenburgo

Pasando bajo la Puerta y girando a la derecha se llega al Reichstag. Impone verlo con todas sus connotaciones históricas, con sus cuatro banderas alemanas, una en cada torre, y con la nueva cúpula de cristal, justo sobre la sala de plenos y a la que los políticos tienen prohibido subir como símbolo de que los alemanes están siempre por encima de sus representantes en el Reichstag, y que estos simplemente trabajan para el pueblo alemán, dem Deutschen Volke, como está escrito en la entrada:

dem Deutschen Volke

Nos tomamos unas cervecitas por Unter den Linden y nos acercamos a la Hauptbanhof, la estación central de trenes, recién construida (tendrá al máximo un par de años) y que es espectacular en sí misma, cristal y metal de formas modernas en una ciudad por la que lleva siglos pasando la historia de Europa para bien o para mal. A las 9:08 (puntualidad alemana) llega el tren de Bonn, y en él… el Steiper, que se ha acercado a vernos el fin de semana. Sus primeras palabras son:

-Ooooohhhh! Unas seggvesas, ¿no?

En su línea. Después de tomarnos unas cervezas cogemos un taxi y nos acercamos a Schöneberg, un barrio un poco al sur del Tiergarten donde vive Bruno, un amigo de Steiper. En su casa tomamos otras cervezas, luego bajamos a cenar algo (un kebab, unos trozos de pizza) mientras cantamos la canción chorra del viaje (cántese como en los campos de fútbol; sólo los que sepan alemán podrán verle la gracia):

Allee, Allee Allee Allee, eine Straße, viele Bäume, Allee, Allee, Allee

Y cayeron muchas cervezas...Cogemos un U-Bahn hasta Prenzlauer Berg y nos vamos de juerga. En el primer bar hay fiesta de los años 80, suena música de la Neue Deutsche Welle y los botellines de Apfelwein hacen que, hábilmente, decida no recordar nada más de la noche, je je je.

El sábado nos levantamos algo tarde y vamos hacia Nollendorfplatz, en Shöneberg. Allí esperamos a Steiper y a Bruno, que nos llevan por Maaßenstraße hasta una plaza en la que hay un mercadillo callejero, pero donde aparte de calcetines, camisetas y demás puedes comprar comida de distintos tipos y nacionalidades. Primero un arroz con carne y garbanzos en el puesto de un fulano cuya procedencia fui incapaz de adivinar, luego unos zumos naturales exóticos en un puesto turco (qué buena estaba la turca que atendía, madre, y qué pedazo de cuchillo tenía el padre que miraba desde atrás con ojos recelosos), luego salmón en un puesto donde tenían el pescado fresco y te lo cocinaban a la plancha allí mismo, una especie de torta de calabacín… y todo por cuatro duros. Nos despedimos de Bruno, que tenía cosas que hacer, y tiramos millas hacia el norte. Pasamos por una calle de cuyo nombre no puedo acordarme donde hay un montón de embajadas y tal y entramos en el Tiergarten. El Tiergarten es un jardín/bosque que está en el centro de la ciudad, y me río yo de El Retiro comparándolo con esto. Todo perfectamente limpio, cuidado… paseando llegamos hasta la embajada española (¡ole! ¡ole! cagüendiós, España, joder…) y justo enfrente localizamos un Biergarten, que es algo así como una terraza bajo los árboles donde te puedes llevar la comida de casa si quieres (aunque venden allí) y donde venden… cerveza.

Cerveza va, cerveza viene, discutimos sobre si se puso la embajada española allí porque estaba el Biergarten o si pusieron el Biergarten por que estaba la embajada española y se nos va pasando la tarde. Llegamos a la Gedächtniskirche, la iglesia del recuerdo. Es una iglesia que casi fue destruida durante la segunda guerra mundial y que los berlineses han decidido dejarla como está para recordar su pasado. En la misma plaza hay edificios modernistas y el contraste hace que se te aparezca, en pocos segundos, la historia de Europa.

Seguimos hasta la Potsdamer Platz. Una plaza antes dividida por el muro (y abandonada por los dos berlines) pero que tras la reunificación se ha convertido en uno de los centros neurálgicos de la ciudad. Rascacielos como el de la DB o el DaimlerChrysler, el hotel Marriot y el Ritz-Carlton, el Sony Center… entramos en este último (que no es un edificio, sino un conjunto de ellos cubiertos por una cúpula inmensa que de noche cambia de color) y nos metemos a cenar en una cervecería, Lindenbräu, muy recomendable. Nos pedimos un metro de cerveza (una bandeja de un metro de larga con vasos de los distintos tipos de cerveza que hacen) y un Schmankerlplatte, una bandeja para cuatro con codillo, salchichas, Leberkässe, Sauerkraut, patatas… total, que comimos (y bebimos) estupendamente y no llegó a 30€ por persona (que considerando el sitio y la cantidad de comida y bebida no está nada mal, pardiez).

Luego volvimos a subir hacia la zona de Prenzlauer Berg, nos fumamos unas sishas y nos fuimos de fiesta, pero eso ya es otra historia que tampoco se debe airear. Las ciervas bien, gracias.

Semáforos Ost/West

Berlín es ya una de mis ciudades, como Londres o Venecia. Es uno de esos sitios a los que estoy seguro de que voy a volver, y seguramente no tardando mucho. Se nota que los capitales, la pasta, los talegos por donde corren es por las ciudades de las cuencas del Rhin, Frankfut o Munich. Se nota que Berlín está en el corazón de la Alemania oriental pese a las nuevas construcciones y a los intentos por reimpulsar la economía de la ciudad. Es una ciudad que se sobrepone a la división pero sin olvidar, quizás simbolizada por la foto de arriba: el muro pasaba por la mitad de la calle, y el semáforo más cercano sigue siendo como los del Este mientras al otro lado de la acera son occidentales. Berlín está creciendo, está cambiando, se está reinventando a sí misma para busca un lugar propio dentro de Alemania y dentro de Europa. A Berlín no se puede ir a hacer turismo al uso, a ver cosas. Hay que ir a vivir la ciudad, a meterte dentro de sus entrañas y dejarte llevar por la vorágine de cambios y disfrutar de la incerteza de estar en el punto donde entran en contacto las dos ideologías que durante casi cincuenta años se repartieron el mundo. Hay que ir a Berín.

Actualización: Se me olvidaba, las fotos son cortesía de Fócrates, que se curró un reportaje tremendo.

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Stuttgart

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El fin de semana pasado volví a las andadas y el jueves a eso de las seis de la tarde estaba en Barajas enfrente de los mostradores de facturación de mi compañia low-cost de cabecera, Germanwings. Como sólo tiene dos destinos desde Madrid y no hace tanto que pasé por Colonia, había que probar lo de Stuttgart. No entraré en los detalles del vuelo para no aburrir. Lo único destacable es que esta vez misteriosamente no había niño cabrón, así que todo fue perfecto.

Aterrizamos en Stuttgart y recogimos las maletas, que llegaron sin problemas (y eso, saliendo de Barajas, si que es novedad). Cogimos un taxi, que por cierto era un Mercedes tremendo, se nota que la empresa es de allí, y nos fuimos al hotel Merit, en Tübingerstraße, en el Mitte, el barrio central de Stuttgart. El recepcionista era argentino, así que no tuvimos problemas para comunicarnos (ya estaba yo preocupado pensando que tendría que mantener una conversación larga en alemán). Como era tarde dejamos las maletas, salimos a cenar algo de comída típica alemana (un kebab) y volvimos a dormir.

Schlossplatz

El viernes nos levantamos pronto y fuimos a dar una vuelta por Stuttgart. El eje de la ciudad es la Königstraße, una calle peatonal con muchísimas tiendas que siempre está llena de gente. A mitad de la calle está la Schlossplatz, una plaza bastante grande con unos jardines tan bien cuidados como todos los alemanes donde las teutonas se tumban a tomar el sol (supongo que los teutones también, pero no me fijé). Al frente está el castillo, la mayor atracción arquitectónica de la ciudad y a la derecha el castillo viejo. Siguiendo por la Königstraße se llega a la estación de trenes, un edificio impresionante con la arquitectura clásica del periodo de entreguerras y una torre coronada con el emblema de Mercedes desde que se puede ver toda la ciudad. Subir a la torre es gratuíto, lo que está bien cuando quieres gastarte lo mínimo indispensable. Desde allí cogimos un tren de la DB y nos fumos a Ludwigsburg.

Schloss in Ludwigsburg

Ludwigsburg es una pequeña ciudad que está a once minutos en tren al norte de Stuttgart (y en Alemania once minutos son once minutos, los trenes tienen generalmente una puntualidad impensable en latitudes más meridionales). Es una ciudad muy acogedora, con una arquitectura muy típica de la zona. Su atracción principal es el Residenzschloss, un palacio de estilo barroco (el de la foto) constuido a principios del siglo XVIII. Creo que allí se rodó la película de Sissi, así que pueden hacerse cargo. Impresionantes son los jardines divididos en dos zonas, una con los clásicos jardines palaciegos con perfectas formas geométricas y la otra organizada como un jardín botánico y parque de diversión para los habitantes del palacio, con un estanque precioso y rincones estupendos para disfrutar de ellos en la compañía adecuada, ya me entienden. Tres horas, tres, tardamos en recorrerlos.

Después de comer unas Bratwurst volvimos a Stuttgart. Dimos una vuelta por el centro y cuando nos entraron ganas de cenar nos sentamos en Zum Paulaner, una taberna bávara situada al final de la Calwerstraße, una calle paralela a la Königstraße llena de restaurantes. Allí probamos el Gaisburger Marsch, el plato típico suabo, y nos dimos con pasión a la Hefeweizen. A las dos horas yo hablaba perfectamente alemán (”con un ligero acento español”, decía el cachondo del camarero). Al poco volvimos al hotel dando tumbos, que al día siguiente había que madrugar.

El sábado nos levantamos a eso de las ocho y media y bajamos a desayunar. Una de las camareras del restaurante del hotel era italiana, así que no tuve que hacer malabarismos con mi paupérrimo alemán para explicarle que quería un café. La verdad es que los desayunos en el Merit están muy bien, al más puro estilo alemán con quesos, fiambres, verduras -estos palomos le echan Gurken (pepino) hasta al Cola Cao-, zumos, cereales y demás. Cuando el estómago nos había perdonado las Hefe de la noche anterior volvimos a la estación y cogimos un tren a Heilbronn.

Heilbronn Rathaus

La ciudad está al norte de Stuttgart, a unos tres cuartos de hora en tren. Lo más interesante está en el centro, con el ayuntamiento y su precioso reloj y la Kilianskirche justo en frente. La ciudad es muuuy tranquila, y sólo había jaleo en la Marktplatz (porque había mercado) y el la zona comercial de Kiliansplatz y Fleiner Straße. Bordeando el Neckar fuimos dando un paseo hasta Sontheim, un barrio al sur de Heilbronn y que por razones que no vienen al caso era visita obligada. A Sontheim se llega por un paseo paralelo al río perfectamente preparado para pasear, ya sea andando o en bicicleta, y todo está púlcramente organizado, como siempre en estos lares. Tras unas horas en Sontheim volvimos a Heilbronn y tras comer unas currywurst (y trasegarnos unas pils) asaltamos un supermercado del que salimos con un buen alijo de cerveza, salchichas y chocolate para recordar Baden-Württemberg a la vuelta a España. Tren y vuelta a Stuttgart.

Por la noche nos encontramos mucha gente con camisetas blancas y rojas: jugaba el Stuttgart contra alguien un partido de fútbol para no se qué competición. Toda la ciudad estaba pendiente del partido, así que debía ser algo importante. Cenamos algo por ahí y volvimos a Zum Paulaner. El camarero nos saludó sonriente preguntando directamente Drei Hefe? Y es que ya nos tenía calados. Allí estuvimos viendo el partido (el Stuttgart perdió) como si fuésemos aficionados de toda la vida, cerveza va, cerveza viene. Hasta las mil, claro.

Despertamos el domingo y nos fuimos del hotel. Dejamos las maletas en la consigna (Schliessfach, ¿he dicho ya que me flipa esa palabra?) y aprovechamos para dar un último paseo por Stuttgart y beber unas últimas pils (por la mañana hay que ser bávaro para echarse una Hefeweizen al gaznate). Cogimos el S-Bahn al aeropuerto (mucha mejor opción que el taxi, es casi igual de rápido y mucho más barato, 3€ por persona) y sin darnos cuenta estábamos ya de vuelta a España. Con esa extraña sensación que se me queda dentro cada vez que dejo Alemania. Pero esta vez es menos: el jueves vuelvo para allá, esta vez a Berlin. ¡Me muero de ganaaaaas!

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Cracovia

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Escudo de Cracovia

Desde hace algunos años a finales de verano unos cuantos amigos y un servidor solemos organizar un viaje para conocer mundo y pasar unos cuantos días de asueto dedicados al turismo, el ocio, la gastronomía, la juerga y la calibración de la cierva foránea. Como no somos muy dados a la playa ni a los destinos clásicos de la gente solemos elegir destinos europeos, preferentemente del este debido a los precios, el clima (el fresquito mola) y la forma física de las mozas. Pese a que hace mucho tiempo hicimos un prólogo yendo a Viena en coche desde España, la Europalante anual, tal y como ahora es conocida, comenzó con Kojak, Pijolín y yo mismo viajando a Polonia. La cosa surgió más o menos así:

Zamora, enero de 2004. Bar con muchas cervezas:

Kojak: - Pues tengo una amigo que vive en Polonia y dice que mola.

Doc: - ¿Ah si? ¿Por qué no vamos?

Kojak: - No hay huevos.

Doc: - Mañana reservo los billetes.

Supongo que de no haber estado influenciados por los vapores de la Mahou hubieramos ido a Benidorm. Pero claro, el alcohol no sólo sirve para que los feos se reproduzcan, sino también para que los de provincias conozcamos mundo. Pijolín se apuntó al día siguiente y para allá que nos fuimos, con un par, en septiembre. Reservamos billetes desde Madrid hasta Barcelona y luego con Wizzair volamos desde Gerona a Katowice, en el sur de Polonia. La idea era ir a Cracovia, que por lo que habíamos leído era la zona más turística del país y luego improvisar.

La primera en la frente. En el avión de Wizzair había una azafata. Igual había alguna más, pero nadie se fijó. No he visto cosa igual en la vida, una venus rubia de rasgos gráciles que hacía que todo el pasaje masculino y parte del femenino salivásemos como perros de Pavlov. Cuando se puso a hacer las demostraciones del chaleco salvavidas y tal la gente no quitaba ojo, se levantaban para ver mejor empujando al vecino si era menester. Hasta le hacían fotos, no les digo más. Algo increíble que nos hizo el viaje cortísimo.

Aterrizamos en Katowice, ciudad industrial y según dicen bastante fea. Alquilamos una especie de furgoneta privada que nos llevó hasta Cracovia, a unos 60 kilómetros. Empezamos a ver los primeros edificios del extrarradio de la ciudad: edificios de la época soviética, de diez o quince pisos feos como la madre que los parió, sin pintar, todos iguales como colmenas en calles oscuras casi sin iluminar. La furgoneta para y nos deja por allí. Tres españolitos con una cara de pardillos de preocupar, arrastrando las maletas, sin hotel reservado y ni siquiera un maldito mapa para orientarnos, con dos cojones. Yo ya me estaba viendo violado, descuartizado o vendido como esclavo. Total, que empezamos a andar cruzando un parque oscuro y silencioso muertos de miedo, pensando que quizás Benidorm no hubiera sido tan mala opción. Pero después del parque se nos hizo la luz, literalmente. Entramos en la zona centro de la ciudad, más iluminada y con tiendas, bares y restaurantes abiertos. Buscamos un hotel cualquiera y nos echamos a dormir.

De día la ciudad parecía otra. La parte antigua de la ciudad se llama Stare Miasto, y dando vueltas por las sus calles (Florianska, si alguna vez van a Cracovia paseen por la calle Florianska y verán que ciervas) llegamos a la plaza del mercado (Rynek Glowny), verdadero centro de la ciudad. Está llena de bares con terraza donde tomarte una cervecita fresca y tiene siempre mucha vida, tanto de día como de noche. En el medio de la plaza está el antiguo mercado, ahora lleno de tiendecitas de souvenirs para los turistas y siempre vale la pena pasarse por allí porque hay cosas bastante curiosas. Las casas de la plaza están pintadas de distintos colores (como todas las del Stare Miasto) y dan una imagen muy jovial a la ciudad. En la plaza está la iglesia de Santa María, desde una de cuyas torres cada hora suena un toque de trompeta.

Rynek

En la misma plaza está el Wierzynek, el restaurante más antiguo de Polonia y al que iba Stalin cada vez que pasaba por la ciudad. El servicio y la comida son exquisitos y el precio irrisorio para un occidental (por lo menos era así hace unos años). Un poco más adelante llegamos al Wawel, la ciudadela formada por todo un complejo de edificios de los que destacan el castillo del Wawel y la Catedral donde están enterrados los reyes de Polonia y donde solía dar misa un obispo llamado Karol, que posteriormente fue llamado a cargos más altos dentro de la jerarquía católica. Cerca de allí se encuentra también el Kazimierz, el barrio judío de la ciudad. La arquitectura es muy interesante, así como lo es ver iglesias y sinagogas separadas sólo por escasos metros. Además hay muchos bares de estilo bohemio donde pararte a tomar una cervecita cuando los “estoy cansaaao, estoy cansaaao” de Kojak empiezan ser demasiado frecuentes.

Por la noche Cracovia es la leche. Toda la zona que rodea la plaza del mercado está llena de bares en los que tomarte unas copas y socializar con las aborígenes. Nótese que en Polonia pasa algo muy raro. Las ciervas están estupendas, muuuy estupendas, hasta el punto de salir cabreado de los bares debido a la cantidad de testosterona segregada, pero los polacos no son precisamente unos adonis. El gen cabrón, lo llamábamos. Es muy duro estar en un local, buscar desesperadamente a la fea y no encontrarla. Algo exagerado. Además por aquellas épocas Cracovia no estaba muy explotada turísticamente, así que era fácil socializar con la gente del lugar, en general muy amable y simpática. Ser español además da un par de puntitos de carisma más en esos países, o sea que estábamos en la gloria. Solíamos empezar la tarde/noche en el 9, en la calle Szweska, un bar con mesas para tomar unos tragos tranquilos antes de bajar a la parte de abajo que es más discotequera. Allí casualmente vimos a tres chicas de belleza mmm… difusa. Las primeras del viaje. No nos creíamos que fueran polacas, así que nos acercamos sigilosamente para ver si pillábamos el acento y averiguábamos de donde eran. Españolas. En fin.

En el 9 solíamos empezar bebiendo tatanka, un cóctel hecho con Zubrowka y zumo de manzana que costaba, al cambio, un euro. O sea. Póngame tres para regalo. Luego merece la pena bajar al Frantic, que está en la misma calle, número 5. Si existe algo parecido al paraíso, tiene que ser así. Ningún turista, buen ambiente, buenos cócteles, polacas espectaculares (todas… es que tooodaaas) y polacos majetes que se portaron siempre muy bien con nosotros (menos uno… pero esa es otra historia).

Doc: - Pero… ¿has visto a esaaaaa?

Pijolín: - Afú, afú.

Kojak: - ¡Diooooos vamonos de aquí que me pongo malo, cagüendiós!

En fin. Hay muchos más bares interesantes, como el Budda (que está en la misma Rynek Glowny, nº6), pero será mejor que si alguno de ustedes va por allí los descubra por su cuenta.

Wawel

Teniendo Cracovia como base se pueden ver las minas de sal de Wieliczka, a escasos diez kilómetros de la ciudad. Son unas antiguas minas medievales con impresionantes salas excavadas en la sal y es una visita casi obligada. Como es obligatorio, o debería serlo para todos los europeos, una visita a un pequeño pueblo cercano, Oswiecim, que seguramente será más conocido por su nombre alemán: Auschwitz. Después de recorrer los campos de concentración de Auschwitz I y Auschwitz II - Birkenau y los museos correspondientes uno no vuelve a ser el mismo. No es broma. Los tres entramos tirando de humor negro, chistes y gracejos y salimos silenciosos y cabizbajos.

Otro sitio que merece la pena conocer es Zakopane. Está a 110 kilómetros de Cracovia y se puede llegar en autobús aunque las carreteras no son precisamente las autobahn alemanas. Es la capital montañosa de Polonia y se halla en los montes Tatras, casi en la frontera con Eslovaquia. En invierno se puede esquiar, y en verano es todo un placer pasear por sus colinas verdes. Hay muchos puestos al aire libre donde comer carnes asadas y beber cerveza, y por las calles del pueblo hay muchísima vida. Lo mejor de todo es que casi toda la gente es polaca y no hay muchos guiris que jodan el ambiente. Que para eso ya estábamos nosotros.

Cracovia me encantó. Teníamos previsto viajar a Varsovia pero al final no lo hicimos para poder aprovechar los diez días que estuvimos viviendo la ciudad y conociendo todas sus esquinas, sus peculiaridades y su forma de ser (y sus habitantas, no se si ustedes me entienden). Les recomiendo que visiten Polonia cuando puedan. Es un país precioso y de momento barato. Dense prisa, antes de que mejoren su economía y suban sus precios o que los ingleses la descubran (si no lo han hecho ya) para organizar sus despedidas de soltero y hagan que los habitantes pierdan la inocencia, como pasa por ejemplo en Riga. Pero esa es otra historia.

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¿Y tú llamas a tu vecino extranjero?

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HausDerGeschichte

Visto en la Haus der Geschichte Bundesrepublik Deutschland, en Bonn.

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Turín: la elegancia alpina

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Escudo de Turín

Recuerdo perfectamente la primera vez que aterricé en Turín. Era una tarde lluviosa, fría y gris de abril de 2003. Cogí un taxi que me llevó desde Caselle por la tangenziale hasta la entrada a la ciudad por Corso Orbassano. Jamás olvidaré el cartel señalando la entrada a la ciudad con el escudo de la misma, porque en aquellos momentos marcaba también el inicio de una nueva etapa de mi vida.

El hotel estaba en Mirafiori, cerca de la sede de Fiat donde iba a estar trabajando, se suponía entonces, seis meses. Mirafiori no es la zona más bonita de la ciudad, para qué nos vamos a engañar. Es un barrio obrero que creció en torno a la explosión industrial de la ciudad en la posguerra, y entonces se respiraba un cierto ambiente decadente, de lo que fue en los años del Fiat 500 y que poco a poco iba perdiendo. Aquello, unido al gris del cielo (griggio mirafiori, bromearía años después) auguraba unos meses tristes.

Nada más lejos de la realidad. Al principio fue dificil adaptarse (yo no sabía italiano) pero gracias a mis compañeros españoles y argentinos (gracias Vane, Lucas, Pablito, Julián, Ale…) no fue difícil acostumbrarme. Poco a poco empecé a defenderme con el idioma y dejé el hotel para vivir en una pequeña casa en el casco antiguo, concretamente en Via Barbaroux, una de las calles más bonitas de la ciudad en la zona del cuadrilátero romano, a escasos metros de Piazza Castello, el centro de la vida turinesa.

Turín es una ciudad orgullosa de si misma. Si bien no tuvo una grandísima importancia durante la época romana, cuando se llamaba Augusta Taurinorum, todo cambió cuando los Savoya trasladaron allí la capital del ducado desde Chambery y la ciudad descubrió su vocación señorial. Se trazaron grandes calles alrededor del casco antiguo (la Torino sabauda) y llegó a ser la primera capital de Italia con Vittorio Emanuele II. Estas son las zonas que más me gustan de la ciudad y por las que disfruté paseando durante las oscuras tardes de invierno entre la niebla, la lluvia y la nieve, con la imponente imagen de la Mole Antonelliana siempre vigilando los cielos de la ciudad, elevándose como una montaña más de los Alpes que han forjado el espíritu de los piamonteses.

Torino

Turín no es una ciudad fácil. Cuando uno piensa en Italia piensa en Florencia, en Roma o en Venecia. Turín no tiene nada que ver con todo esto. Sí que tiene un marcado carácter italiano, pero entreverado con las influencias alpinas que hacen que se parezca más a Innsbruck o Ginebra que al resto de ciudades italianas (salvo, quizás, Milán). Y lo mismo sucede con la gente. Los italianos del sur son gente muy abierta, muy parlanchina y simpática. Los piemonteses son amables pero cerrados, es difícil que te permitan acceder a un grupo porque si, primero tienen que conocerte y estar seguros del tipo de persona que eres. Además es gente trabajadora y seria, aunque quizás demasiado. Un andaluz lo hubiera pasado fatal, pero yo no tuve problemas ya que para bien o para mal mi forma de ser coincide bastante con la piamontesa. A pesar de todo, casi todos mis amigos son del sur por el simple hecho de que es complicado encontrar turineses de pura cepa: la inmigración llenó aquello de terroni (como llaman despectivamente los del norte a los del sur).

Galleria Subalpina

Recuerdo mis primeros días sentado en una pequeña cafetería de Piazza Vittorio estudiando gramática italiana con un vaso de Martini (por si alguien no lo sabe, se produce allí), viendo al Po discurrir sereno a los pies del monte dei Cappuccini, con el ruido de los tranvías pasando cada tanto. Recuerdo, sobre todo, los aperitivos en L’obelix en Piazza Savoia con mis amigos, las pizzas en el Sicomoro, las tardes en las birrerie de Corso Vittorio Emanuele II, las noches canallas en Lo Chalet, Via Roma bajo la nieve con las luci d’artista dibujando las estrellas, la lasagna de Defilippis en el centro comercial Le Gru (adoro el concepto de comida rápida de los italianos), las tardes y noches de verano en i Murazzi. Recuerdo los días de agosto trabajando en Mirafiori y los días de invierno desayunando un cappucino, las fiestas en Piazza San Carlo cuando la Juve ganaba algún scudetto, los martinis del Ego, las obras que preparaban los Juegos Olímpicos, el Museo Egipcio (una auténtica maravilla), las mañanas de sábado comprando fruta en Porta Palazzo, los grissini… En fin, recuerdo todas aquellas cosas que fueron mi vida durante dos años y medio en una ciudad que llevaré siempre en el corazón. Pero sobre todo recuerdo a mi gente, a los amigos que compartieron aquel tiempo: Domenico y Lucas (mis compañeros de piso), Vanesa (mi apoyo español), mi hermanita Clea, Pablito DV (esos finales de noche en el KM 5), Silvia (siempre divina), Julian (a ver si nos vemos), Daniele (siempre elegantísimo), Rocco y su acento napolitano, Massimo (l’avvocato), Vicki (¿sigues por allí?), Nico (non dimentico quella bottiglia di vino!), Carlo (ma tu sei matto!), Ale (¿por dónde andas), Angelo (ancora in Irlanda?), Paul (thanks for being so kind), Fede (un crack), Carmine (ma quando vieni?), Giulia (stammi bene!), Andrea (felizmente casado), Giuseppe (que seas feliz con tus niñas, allá donde estés), Beppe (el capeón de la logística), Marco (esos conciertos de No Fly Zone), Davide (cuida de esa Sábana que tenemos a medias)… non vi dimentichero’ mai.

P.S. Vorrei ringraziare Spaziotorino per il permesso per utilizzare le loro foto per questo post. Siete gentilissimi.

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Ciudades: Zamora

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Los que me conocen saben que tengo bastante facilidad para adaptarme a nuevos paises, a nuevos sitios. Cuando estoy una ciudad, a poco tiempo que pase allí (a veces bastan dos o tres horas) la hago mía inmediatamente, con sus virtudes y sus defectos. Así que voy a aprovechar este blog para contarles lo que significan para mi unas cuantas ciudades europeas de las que me he sentido habitante, ya sea por unas horas o por unos años.

Y ya que estamos, creo oportuno empezar por la que me vio nacer. Zamora es como mezclar en el mismo territorio arte románico, siglo XIX, ovejas, ilusiones perdidas, PP, sentimiento de inferioridad, orgullo, río Duero, desesperanza, trigo regado con sudor, vino y Semana Santa. No se si ustedes me entienden.

Zamora

Zamora es una clásica ciudad castellana -o leonesa, por no herir sensibilidades- vieja, con memoria. Con todas las virtudes y defectos de las ciudades castellanas. La gente de la tierra es tosca, dura, acostumbrada a trabajar durante siglos una tierra ingrata a la que había que arrancarle los frutos a golpe de azada bajo el sol abrasador del verano o las heladas inclementes del invierno. Y mil años haciendo eso marca. Los zamoranos son gente acostumbrada a ganarse el pan trabajando duro, y generalmente lo hacen abandonados al fatalismo que produce saber que las cosas siempre han sido así, y que así van a seguir siendo. A lo sumo nos creamos ilusiones de modernismo que todos sabemos que son eso, ilusiones.

Todo esto se ve paseando por sus calles. Si, la ciudad ha cambiado, hay edificios modernos, pero simplemente porque ahora se construye así, y no por un deseo de futuro. En Santa Clara, la calle peatonal que articula el urbanismo en la zona centro conviven iglesias románicas, edificios decimonónicos, oficinas de finales del S.XX, olor a alcanfor y a Franco y los destrozos que esa falsa modernización está trayendo (si, me refiero a la nueva pavimentación y a la remodelación de las plazas adyacentes). Pero hay rincones encantadores en el casco viejo, con un encanto especial que se incrementa en invierno cuando uno pasea por allí envuelto en la niebla que nos trae el Duero, cuando el único contacto con la realidad es el ruido de tus pisadas contra el suelo adoquinado. Es en esos paseos cuando uno entiende realmente lo que es la ciudad.

Ya personalmente, Zamora me recuerda a los veranos de mi infancia. Los paseos veraniegos por Santa Clara, la Plaza Mayor o Viriato acompañado por mis abuelos. Bajar con mis primas a comprar chucherías a la tienda de Felipe. Salir de tapas con mis padres y mis tíos por la calle de Los Herreros, cuando aún era zona de tapas. Y luego volver a la ciudad ya adolescente y descubrir nuevos amigos que lo siguen siendo, un estilo de vida totalmente distinto al ibicenco del que provenía, aprender a disfrutar de las tardes en la avenida, los primeros amores que ya no lo son, las primeras cogorzas, el querer hacerse mayor. Tiempos felices.

Luego el destino me arrancó por segunda vez de la levítica ciudad, que diría Juan Manuel de Prada, y me llevó a la vecina Salamanca, pero volví. Siempre se vuelve. Durante aquel año después de acabar los estudios descubrí la otra cara de la ciudad. Me asaltó la soledad, los inviernos fríos y desérticos, el aburrimiento, la desesperanza de una sociedad inmóvil, caciquil y conservadora hasta el hastío. La falta de trabajo. La falta de horizontes. La falta de futuro. Y me fui. Y me fui para bien.

Sigo volviendo a menudo. Lo bueno de estar poco tiempo en Zamora es que sólo te da tiempo a disfrutar de lo bueno y soslayar lo malo en la certeza de que el domingo volverás a tu nueva ciudad, sea la que sea, pero aun así duele y alegra a la vez saber que tu pasado, y tal vez tu destino final, permanece allí, imperturbado e imperturbable, ignorante del tiempo que fluye como las aguas del Duero.

Todos los zamoranos que conozco que se han visto obligados a emigrar comentan lo mismo. Que están cansados de Zamora, pero la echan de menos. Que añoran los tiempos felices allí. Y quizás también por eso Zamora no cambia: porque los zamoranos tampoco cambiamos.

menéame