Storage: Diciembre, 2007
Lunes, 31 de Diciembre de 2007
El corsario Riquer
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Cuando tenía cuatro años mi familia dejó las llanuras castellanas para iniciar una nueva vida en Ibiza, una islita del mediterráneo que por aquellos entonces empezaba a despertar interés como destino turístico. Yo no había visto nunca el mar, y pueden imaginar la excitación que supuso para el niño que era ir la mañana siguiente a mi llegada paseando hacia el puerto, los barcos pesqueros abarloados y las gaviotas revololoteando en busca de algún pez arrojado al mar. La única imagen que tenía por aquellos entonces del mar eran las historias de piratas que había visto en el cine y la televisión, e iba de la mano de mis padres imaginando que aquellos pescadores rudos eran piratas que acababan de llegar de sus aventuras y estaban haciendo el recuento de su botín. Pero un poco más adelante, frente a la estación marítima, me llamó la atención un monumento con forma de obelisco. “Es el monumento a los corsarios”, dijo mi padre.
Así que era verdad, allí había habido corsarios. Entonces no conocía las diferencias entre un corsario y un pirata, y me preguntaba por qué extraña razón podrían aquellas gentes haber erigido un monumento a los piratas. Aún así, volví a casa soñando cañonazos y abordajes en los mares del sur. Desde entonces cada vez que vuelvo a mi isla y paso por allí me invade de nuevo, por unos segundos, ese olor a aventuras marinas.
Antonio Riquer era un corsario. Eso significaba haber abonado al Rey una buena cantidad para que se le concediera la patente de corso, y así poder atacar bajo bandera española a los enemigos del reino. Por cada barco apresado el Rey le pagaba una cierta cantidad en función de los cañones y marineros de la presa, y podía quedarse con cuatro quintas partes del botín (la otra quinta parte, el “quinto del Rey”, pasaba a manos del estado). Además, trabajar como corsario le daba una ligera ventaja añadida: en caso de ser apresado sería tratado como prisionero de guerra, a diferencia de los piratas que trabajaban por su cuenta y que eran ahorcados siempre, cayesen en las manos de quien cayesen. Y Antonio Riquer, pese a tener redaños suficientes para enfrentarse a lo que fuese, le había cogido cariño a su propio cuello.
El 1 de junio de 1806 Antonio Riquer estaba en su isla natal, Ibiza. Supongo que paseando por la Marina, o tomándose unos tragos de frígola o de hierbas ibicencas en una de las tabernas del puerto. Un día normal. Entonces escuchó voces: alguien gritaba que se había avistado una vela enemiga doblar el cabo de La Mola, en Formentera. Em cago en dena, debió pensar. Justo ahora que tenía a la Eulalia en en bote. Poco después alguien dijo algo que confirmó los pensamientos de Riquer. Es el Felicity. Entonces cogió las pistolas, el sable y se encaminó a puerto.
El Felicity era un barco corsario inglés con base en Gibraltar. El capitán era Miguel Novelli, un italiano a sueldo de la corona inglesa y conocido como “El Papa”. El Felicity contaba con sesenta y cinco hombres y una fuerte artillería, sobre todo dos cañones de a dieciocho que habían causado estragos entre los barcos mercantes españoles en el Mediterráneo. Y ahora estaba allí, rumbo norte en dirección al puerto de Ibiza. Dalt Vila con sus murallas era inexpugnable y aunque El Papa podía hacer algún destrozo en la parte baja de la ciudad ese no era el motivo de la visita: Novelli también era un corsario y sabía que no ganaría nada cazando pescadores. Estaba allí para algo más. Estaba allí para provocar.
Ibiza había sufrido durante mucho tiempo los ataques de los piratas, sobre todo berberiscos, que caían sobre sus costas matando a los payeses, violando a sus mujeres y saqueando sus pertenencias. Los que conozcan la isla habrán visto unos peculiares torreones de piedra cada cierta distancia a lo largo de la costa. Estas torres tenían una utilidad doble: por una parte vigilaban el horizonte en busca de velas enemigas, y ante el menor viso de amenaza se encendía fuego en lo alto de la torre cuyo humo era avistado por las torres cercanas que a su vez encendían otras hogueras… y así toda la isla estaba avisada de la amenaza en cuestión de minutos. Además, los habitantes de la costa se dirigían inmediatamente hacia las torres con sus pertenencias más preciadas o hacia el interior de la isla, de forma que los piratas, al llegar, raramente encontraban algo que saquear. Esta forma de vida caló en la forma de ser de los ibicencos, que iban acumulando odio hacia esos piratas que no les dejaban en paz. Con el desarrollo de la isla pasaron al contraataque. Empezaron a construir jabeques que arrasaron las costas africanas donde los berberiscos, tan fieros cuando se trataba de enfrentarse contra campesinos desarmados, corrían con la cimitarra entre las piernas cuando desembarcaban en sus costas hombres apellidados Tur, Palau o Ferrer con los ojos inyectados en sangre deseando vengar siglos de sufrimiento. El 1 de junio de 1806 uno de esos jabeques ibicencos, el San Antonio y Santa Isabel, corsario bajo bandera española, estaba atracado en el puerto de Ibiza y a él llegaba su capitán, Antonio Riquer, de treinta y tres años, famoso desde hacía diez por sus hazañas en el Mediterráneo. Y traía cara de mala hostia.
Rápidamente la tripulación del San Antonio y Santa Isabel fue llegando a puerto. La noticia sobre la presencia del Felicity había corrido como la pólvora por la ciudad y ninguno quería perderse lo que iba a pasar. El barco ibicenco era mucho más débil que el inglés, pero los marinos confiaban en Riquer y en su conocimiento de las peculiaridades del mar en aquellas zonas entre Ibiza y Formentera. Aún así aceptaron la presencia a bordo del cura José Iturrit. Si las cosas iban mal, mejor tener a un cura cerca por si era necesario ir con recomendación a negociar con San Pedro. Cuando la dotación de la nave estuvo al completo y tras una última revisión de las armas y los pertrechos del barco, el San Antonio y Santa Isabel soltó amarras y se hizo a la mar en busca del inglés.
A las cuatro de la tarde, una vez que el barco español había sobrepasado Els Freus, una zona de fuertes corrientes entre Ibiza y Formentera, el Felicity abrió fuego con todos sus cañones. Riquer respondió con sus dos piezas de a ocho, pero inmediatamente se dio cuenta de que si la batalla se desarrollaba a distancia no tendría nada que hacer. A los dos cañones de a dieciocho y cuatro de a doce, amén de dos obuses del cuarenta y ocho sólo podía oponer los dos de a ocho, cuatro de a seis y dos de a cuatro del San Antonio y Santa Isabel. Pero en cambio jugaban a su favor el conocimiento de las corrientes y los vientos de la zona, la agilidad de su barco y el cabreo generalizado de su tripulación. Así que sin pensarlo dos veces soltó todo el trapo de las velas y puso proa al barco enemigo dispuesto a tomarlo al abordaje, con dos cojones. Eso si antes los ingleses, que maniobraban para evitarlo y así poder seguir cañoneándolos a gusto no los enviaban a hacer compañía a los raons.
No hay descripción muy detallada de lo que sucedió a continuación. Los ibicencos consiguieron trabar su nave con la inglesa y entonces durante veinte minutos se desató el infierno. Desde el San Antonio y Santa Isabel se arrojaban frascos explosivos a la cubierta de popa del Felicity, que al poco tiempo estaba en llamas. La mayor parte de los marinos de Riquer, armados con cuchillos, pistolas, chuzos y garfios de abordaje se lanzaron sobre el barco enemigo destripando a todo inglés que se les ponía por delante, la cubierta llena de sangre y menudillos de súbditos de Su Majestad. Entre el humo y los sablazos un inglés rubio y grandote, del tipo de los que años después volverían a esas tierras a ponerse hasta arriba de cerveza intentó pegarle un pistoletazo a bocajarro al capitán Antonio Ferrer, uno de los hombres de confianza de Riquer, pero no se sabe muy bien por qué razones -la pólvora mojada, o una carga precipitada- el disparo no se produce, para la tranquilidad de Ferrer que se veía ya en el otro barrio. Entonces el inglés, con el miedo llegándole a los huesos le lanzó la pistola a la cara, haciéndole una profunda herida que iba a quedar muy mal en las próximas fiestas de la Mare de Deu. Ferrer, profundamente encabronado corrió hacia el inglés y levantándolo en el aire lo lanzó al mar, donde debe seguir ahora maldiciendo el día en que aquella pistola no disparó. Los demás ingleses, viendo el percal, iban poco a poco deponiendo las armas pidiendo cuartel a aquellos ibicencos con cara de perro que gritaban en un idioma parecido al catalán. Finalmente se arrió la bandera británica del popa entre gritos de alegría, y una vez atados los ingleses que quedaban vivos Riquer y sus hombres registraron el barco en busca de posible resistencia. En los camarotes, escondido dentro de un armario, encontraron a Novelli, muerto de miedo y enseñando la patente de corso británica mientras suplicaba por su vida.
Martes, 4 de Diciembre de 2007
Curso de discusión III: Lógica
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Con lo abstracto hemos topado, Sancho amigo. El razonamiento implica capacidad de abstracción, y en eso quizás aquí la gente de ciencias se encuentre más cómoda que la de letras (generalización absurda, lo sé) pero para discutir es necesario saber olvidar de lo que se está discutiendo y bajar al mundo de la lógica proposicional. No es fácil, pero practicando con amigos sobre cosas sencillas se puede llegar a alcanzar cierta soltura en pocos días. Perdonen si ahora me pongo un poco farragoso, pero es necesario que entiendan todo esto. Primero hay que definir una notación más o menos científica. Voy a usar la de la Wikipedia, por estar bastante extendida y ser un buen sitio para ampliar conocimientos:
- Símbolos de veracidad: V - verdadero, F - falso (ó 1 y 0)
- Proposiciones o variables: a, b, c… y, z. No son más que los axiomas de los que partimos: a=”Todos los perros tienen cuatro patas”, b=”Ningún político es decente”, c=”A las abejas les gusta el porno”, etc.
- Operadores o conectivas: ¬ (negación), ∧ (conjunción), v (disyunción), →(implicacion), ←→ (coimplicación).
Estos son los ladrillos (no se si olvido algo) con los que se construve un buen razonamiento. Pero vamos por orden. Un razonamiento es válido si está bien formado, es decir, si las leyes lógicas (de las que hablaremos en el siguiente capítulo) han sido aplicadas correctamente. Pero esto no implica que el razonamiento sea veraz. Sólo será veraz si las proposiciones de partida se ajustan a la realidad. Por eso insistía tanto en el capítulo II sobre una buena elección de las premisas: si estas no son verdaderas no podemos garantizar la veracidad de la conclusión. Vamos a avanzar, que estoy liando demasiado la cosa.
Sean una proposición p (los gatos tienen cuatro patas) y una proposición q (las vacas vuelan). Si nos ajustamos a nuestra percepción de la realidad, podemos afirmar que p es verdadera (veracidad V ó 1) y q es falsa (F ó 0). Aplicando las conectivas obtenemos las primeras tablas de verdad en función de la veracidad de la conclusión:
| p | ¬p |
| 1 | 0 |
| 0 | 1 |
¬ es el operador negación. ¬p sería lo equivalente a “los gatos no tienen cuatro patas”. Obviamente si una proposición es verdadera su negación será falsa. Fácil, ¿no?
| p | q | p ∧ q |
| 1 | 1 | 1 |
| 1 | 0 | 0 |
| 0 | 1 | 0 |
| 0 | 0 | 0 |
∧ es el operador de conjunción, y básicamente es lo que en el lenguaje cotidiano llamamos “y”. Para que una proposición a y una proposición b sean verdaderas es necesario que lo sea a y que lo sea b. Veamos con el ejemplo de antes: “Los gatos tienen cuatro patas y las vacas vuelan” es falso, puesto que es falso que “las vacas vuelan”. De momento.
| p | q | p v q |
| 1 | 1 | 1 |
| 1 | 0 | 1 |
| 0 | 1 | 1 |
| 0 | 0 | 0 |
v es el operador disyunción, y equivale a nuestro clásico “o”. Pero es un o especial, no es excluyente. Literalmente sería “O los gatos tienen cuatro patas, o las vacas vuelan o las dos son correctas”. Hay otro operador, el de disyunción excluyente en el que la conclusión sería correcta si una proposición es verdadera y la otra es falsa o viceversa. Hay documentación por ahí (hay unos cuantos enlaces al final) así que no me extenderé más.
→ indica una regla de implicación. p→q se lee “p implica q” o bien “si p, entonces q” y quiere decir que siempre que p sea verdadera, q lo será también. Y nada más. Un error típico en la implicación es suponer que si p es falsa, q es falsa. Y eso no es así.
←→ es la doble implicación. p←→q quere decir que q es verdadera si y solo si p también lo es.
Y ya está. Con estos mimbres y utilizando las leyes lógicas que comentaremos en la próxima entrega se puede construir cualquier razonamiento. Ya lo siento si es un poco coñazo, pero es necesario saber que por lo menos hay “algo” que subyace al pensamiento.
Por si alguien quere ampliar, les recomiendo la Wikipedia, esta página de educared o el siempre dispuesto Google.
Ah, una última cosa: obviamente esto no pretende ser un tratado de lógica. La idea es que se sepa que existe, y aprender a manejarla un poquito. Por supuesto que se omiten muchas cosas y que no todo lo dicho es estrictamente correcto. No obstante, si alguien conoce documentación sobre el tema estaría muy bien que dejara los enlaces en los comentarios.





