El comunismo encuentra gran audiencia allí donde no gobierna. (H. Kissinger)

Berlin

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¡Por fin! ¡Por fin he estado en la capital del Reich! El jueves había quedado en el aeropuerto con dos amigos, Karras y Fócrates. A Karras ya le conocen, alguna vez ha aparecido por aquí. Fócrates es un fulano de mirada pícara, argumentaciones lapidarias (de ahí el nombre) y que encima habla alemán, así que en este viaje ha sido un punto muy importante. Total, que cogemos el avión que salió con una hora de retraso (y los correspondientes treinta o cuarenta cagüendiós de Karras) y nos plantamos allí, en Berlín. En el aeropuerto de Schönefeld para ser más exactos, que es a donde vuela Easyjet, y como no teníamos muy claro lo de los medios de transporte pillamos un taxi para ir al apartamento.

Semaforo BerlinLa primera impresión de la ciudad cuando llegas desde Schönefeld es muy curiosa. Entras por la zona de Berlín Este, y me recordó muchísimo al extrarradio de Cracovia: casas de dos o tres plantas un tanto descuidadas y sin concesiones estéticas, tuberías de gas al aire libre siguiendo las calles, los característicos semáfdel este de Berlín y poco movimiento de gente (aunque claro, eran casi las once de la noche y a esas horas el teutón medio duerme). Pasamos al lado de un trozo del muro que han mantenido y poco a poco llegamos al centro. Y allí, ya en Alexanderplatz, la ciudad cambia. Edificios altos y modernos, dominados por la Fernsehturm, la torre de la televisión, bares, restaurantes, gente de un lado a otro. Bieeeen, bien.

FernsehturmLlegamos a Zehdenicker Straße, donde está el apartamento y al poco llega Boris, el palomo que lo regenta. Dame las llaves, toma el dinero, no hagáis ruido, etcétera. Nada de reseñar. Como teníamos hambre nos fuimos a ver si encontrábamos algún sitio donde se pudiera comer algo. Bajamos paseando hasta Hackesche Höfe y de camino encontramos un bar español. Karras y Fócrates, que son más españoles que el toro de Osborne empiezan a pegar gritos (Ole, ole, cagüendiós, España, la puta clave) y me arrastran dentro. Cojones tiene, primer bar en Berlín, un español. Por lo menos me puedo pedir una Hefeweizen, porque estos estaban mirando a ver si había vino de Toro. Un camarero nos dice que justo cruzando la acera hay un garito donde hacen bocadillos y tal, así que vamos y comemos algo. Bajamos hasta Hackesche Höfe y nos vemos rodeados de mujeres de muy buen ver, la verdad, pero de las de a tanto la estocada. Todas llevan una especie de corsé que les hace unas cinturas de vértigo. No obstante huímos de allí y nos metemos en un bar cercano. Unas copas y a casa, que estamos cansados.

El viernes nos despertamos a eso de las nueve (¿los alemanes no tienen persianas?) y vamos a desayunar. Un desayuno como el dios de los teutones manda: queso, fiambres varios, mantequilla, milchkaffee, panecillos de varios tipos, zumo de naranja, mermelada, fruta… vamos, que después de una hora desayunando uno no tendría problemas en invadir los Sudetes. Pasamos por Alexanderplatz y subimos a la Fernsehturm. Subimos en ascensor hasta los 207 metros de altura a un planta mirador desde donde se divisa perfectamente casi toda la ciudad. En el piso inmediatamente superior hay un bar, y el suelo gira de forma que sentado en una mesa puedes disfrutar de una cerveza escuchando a Fócrates impartir alguna de sus lecciones sobre las mujeres mientras ves Berlín desde las alturas.

Unter den Linden

Seguimos hacia la zona antigua y llegamos al río Spree. Decidimos dar una vuelta en barco por el río, recorriendo la parte histórica de la ciudad. Nos costó siete euros por persona, pero merece la pena. Al acabar tenemos un poco de hambre y vamos hacia el Nikolai Viertel, un barrio a escasos cinco minutos a pie lleno de terrazas donde comer y beber algo típico. Después de unas salchichas y unas cervezas vamos a ver la catedral, y vegetamos un poco en el cesped del parque que hay frente a ella. Seguimos por Unter den Linden. Unter den Linden (literalmente “bajo los tilos”) es una amplia avenida con árboles (tilos, obviamente) y es la calle por la que las tropas nazis solían hacer los desfiles en Berlín. Está llena de edificios señoriales por los que merece la pena perderse y entrar a los patios interiores, y cada tanto hay bares donde parar a tomar una cerveza, por supuesto. Al final de la calle y como inicio del Tiergarten está , imponente, la Puerta de Brandenburgo. Es una de esas cosas que has visto millones de veces pero que no ubicas hasta que estás allí delante, situándola en la ciudad.

Puerta de Brandenburgo

Pasando bajo la Puerta y girando a la derecha se llega al Reichstag. Impone verlo con todas sus connotaciones históricas, con sus cuatro banderas alemanas, una en cada torre, y con la nueva cúpula de cristal, justo sobre la sala de plenos y a la que los políticos tienen prohibido subir como símbolo de que los alemanes están siempre por encima de sus representantes en el Reichstag, y que estos simplemente trabajan para el pueblo alemán, dem Deutschen Volke, como está escrito en la entrada:

dem Deutschen Volke

Nos tomamos unas cervecitas por Unter den Linden y nos acercamos a la Hauptbanhof, la estación central de trenes, recién construida (tendrá al máximo un par de años) y que es espectacular en sí misma, cristal y metal de formas modernas en una ciudad por la que lleva siglos pasando la historia de Europa para bien o para mal. A las 9:08 (puntualidad alemana) llega el tren de Bonn, y en él… el Steiper, que se ha acercado a vernos el fin de semana. Sus primeras palabras son:

-Ooooohhhh! Unas seggvesas, ¿no?

En su línea. Después de tomarnos unas cervezas cogemos un taxi y nos acercamos a Schöneberg, un barrio un poco al sur del Tiergarten donde vive Bruno, un amigo de Steiper. En su casa tomamos otras cervezas, luego bajamos a cenar algo (un kebab, unos trozos de pizza) mientras cantamos la canción chorra del viaje (cántese como en los campos de fútbol; sólo los que sepan alemán podrán verle la gracia):

Allee, Allee Allee Allee, eine Straße, viele Bäume, Allee, Allee, Allee

Y cayeron muchas cervezas...Cogemos un U-Bahn hasta Prenzlauer Berg y nos vamos de juerga. En el primer bar hay fiesta de los años 80, suena música de la Neue Deutsche Welle y los botellines de Apfelwein hacen que, hábilmente, decida no recordar nada más de la noche, je je je.

El sábado nos levantamos algo tarde y vamos hacia Nollendorfplatz, en Shöneberg. Allí esperamos a Steiper y a Bruno, que nos llevan por Maaßenstraße hasta una plaza en la que hay un mercadillo callejero, pero donde aparte de calcetines, camisetas y demás puedes comprar comida de distintos tipos y nacionalidades. Primero un arroz con carne y garbanzos en el puesto de un fulano cuya procedencia fui incapaz de adivinar, luego unos zumos naturales exóticos en un puesto turco (qué buena estaba la turca que atendía, madre, y qué pedazo de cuchillo tenía el padre que miraba desde atrás con ojos recelosos), luego salmón en un puesto donde tenían el pescado fresco y te lo cocinaban a la plancha allí mismo, una especie de torta de calabacín… y todo por cuatro duros. Nos despedimos de Bruno, que tenía cosas que hacer, y tiramos millas hacia el norte. Pasamos por una calle de cuyo nombre no puedo acordarme donde hay un montón de embajadas y tal y entramos en el Tiergarten. El Tiergarten es un jardín/bosque que está en el centro de la ciudad, y me río yo de El Retiro comparándolo con esto. Todo perfectamente limpio, cuidado… paseando llegamos hasta la embajada española (¡ole! ¡ole! cagüendiós, España, joder…) y justo enfrente localizamos un Biergarten, que es algo así como una terraza bajo los árboles donde te puedes llevar la comida de casa si quieres (aunque venden allí) y donde venden… cerveza.

Cerveza va, cerveza viene, discutimos sobre si se puso la embajada española allí porque estaba el Biergarten o si pusieron el Biergarten por que estaba la embajada española y se nos va pasando la tarde. Llegamos a la Gedächtniskirche, la iglesia del recuerdo. Es una iglesia que casi fue destruida durante la segunda guerra mundial y que los berlineses han decidido dejarla como está para recordar su pasado. En la misma plaza hay edificios modernistas y el contraste hace que se te aparezca, en pocos segundos, la historia de Europa.

Seguimos hasta la Potsdamer Platz. Una plaza antes dividida por el muro (y abandonada por los dos berlines) pero que tras la reunificación se ha convertido en uno de los centros neurálgicos de la ciudad. Rascacielos como el de la DB o el DaimlerChrysler, el hotel Marriot y el Ritz-Carlton, el Sony Center… entramos en este último (que no es un edificio, sino un conjunto de ellos cubiertos por una cúpula inmensa que de noche cambia de color) y nos metemos a cenar en una cervecería, Lindenbräu, muy recomendable. Nos pedimos un metro de cerveza (una bandeja de un metro de larga con vasos de los distintos tipos de cerveza que hacen) y un Schmankerlplatte, una bandeja para cuatro con codillo, salchichas, Leberkässe, Sauerkraut, patatas… total, que comimos (y bebimos) estupendamente y no llegó a 30€ por persona (que considerando el sitio y la cantidad de comida y bebida no está nada mal, pardiez).

Luego volvimos a subir hacia la zona de Prenzlauer Berg, nos fumamos unas sishas y nos fuimos de fiesta, pero eso ya es otra historia que tampoco se debe airear. Las ciervas bien, gracias.

Semáforos Ost/West

Berlín es ya una de mis ciudades, como Londres o Venecia. Es uno de esos sitios a los que estoy seguro de que voy a volver, y seguramente no tardando mucho. Se nota que los capitales, la pasta, los talegos por donde corren es por las ciudades de las cuencas del Rhin, Frankfut o Munich. Se nota que Berlín está en el corazón de la Alemania oriental pese a las nuevas construcciones y a los intentos por reimpulsar la economía de la ciudad. Es una ciudad que se sobrepone a la división pero sin olvidar, quizás simbolizada por la foto de arriba: el muro pasaba por la mitad de la calle, y el semáforo más cercano sigue siendo como los del Este mientras al otro lado de la acera son occidentales. Berlín está creciendo, está cambiando, se está reinventando a sí misma para busca un lugar propio dentro de Alemania y dentro de Europa. A Berlín no se puede ir a hacer turismo al uso, a ver cosas. Hay que ir a vivir la ciudad, a meterte dentro de sus entrañas y dejarte llevar por la vorágine de cambios y disfrutar de la incerteza de estar en el punto donde entran en contacto las dos ideologías que durante casi cincuenta años se repartieron el mundo. Hay que ir a Berín.

Actualización: Se me olvidaba, las fotos son cortesía de Fócrates, que se curró un reportaje tremendo.

menéame

Hay 2 comentarios sobre “Berlin”

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#1 karras dice:
6 de Junio de 2007 a las 18:50

…y a mi no me gusta la cerveza, tiene cojones…pedazo de viaje, pedazo de ciudad y pedazo de vigardos!!…joder, yo era Alfredo Landa con mis metro ochenta.
Como siempre Doc, me quito el sombrero.

#2 Elfo-e dice:
6 de Junio de 2007 a las 19:38

Que viaje, os juro que todos los dias pienso un poco en Berlin, en su gente ,en las anecdotas que pasaron, en las risas…sobre todo muchas risas….en ” Bruno “, el Bruno´s en fin…durante unos dias fuimos corsarios surcando las entrañas de esta ciudad que a nadie dejaria indiferente

Olé

El Foe

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