Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar. (Arthur Shopenhauer)

Storage: Mayo, 2007

Stuttgart

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El fin de semana pasado volví a las andadas y el jueves a eso de las seis de la tarde estaba en Barajas enfrente de los mostradores de facturación de mi compañia low-cost de cabecera, Germanwings. Como sólo tiene dos destinos desde Madrid y no hace tanto que pasé por Colonia, había que probar lo de Stuttgart. No entraré en los detalles del vuelo para no aburrir. Lo único destacable es que esta vez misteriosamente no había niño cabrón, así que todo fue perfecto.

Aterrizamos en Stuttgart y recogimos las maletas, que llegaron sin problemas (y eso, saliendo de Barajas, si que es novedad). Cogimos un taxi, que por cierto era un Mercedes tremendo, se nota que la empresa es de allí, y nos fuimos al hotel Merit, en Tübingerstraße, en el Mitte, el barrio central de Stuttgart. El recepcionista era argentino, así que no tuvimos problemas para comunicarnos (ya estaba yo preocupado pensando que tendría que mantener una conversación larga en alemán). Como era tarde dejamos las maletas, salimos a cenar algo de comída típica alemana (un kebab) y volvimos a dormir.

Schlossplatz

El viernes nos levantamos pronto y fuimos a dar una vuelta por Stuttgart. El eje de la ciudad es la Königstraße, una calle peatonal con muchísimas tiendas que siempre está llena de gente. A mitad de la calle está la Schlossplatz, una plaza bastante grande con unos jardines tan bien cuidados como todos los alemanes donde las teutonas se tumban a tomar el sol (supongo que los teutones también, pero no me fijé). Al frente está el castillo, la mayor atracción arquitectónica de la ciudad y a la derecha el castillo viejo. Siguiendo por la Königstraße se llega a la estación de trenes, un edificio impresionante con la arquitectura clásica del periodo de entreguerras y una torre coronada con el emblema de Mercedes desde que se puede ver toda la ciudad. Subir a la torre es gratuíto, lo que está bien cuando quieres gastarte lo mínimo indispensable. Desde allí cogimos un tren de la DB y nos fumos a Ludwigsburg.

Schloss in Ludwigsburg

Ludwigsburg es una pequeña ciudad que está a once minutos en tren al norte de Stuttgart (y en Alemania once minutos son once minutos, los trenes tienen generalmente una puntualidad impensable en latitudes más meridionales). Es una ciudad muy acogedora, con una arquitectura muy típica de la zona. Su atracción principal es el Residenzschloss, un palacio de estilo barroco (el de la foto) constuido a principios del siglo XVIII. Creo que allí se rodó la película de Sissi, así que pueden hacerse cargo. Impresionantes son los jardines divididos en dos zonas, una con los clásicos jardines palaciegos con perfectas formas geométricas y la otra organizada como un jardín botánico y parque de diversión para los habitantes del palacio, con un estanque precioso y rincones estupendos para disfrutar de ellos en la compañía adecuada, ya me entienden. Tres horas, tres, tardamos en recorrerlos.

Después de comer unas Bratwurst volvimos a Stuttgart. Dimos una vuelta por el centro y cuando nos entraron ganas de cenar nos sentamos en Zum Paulaner, una taberna bávara situada al final de la Calwerstraße, una calle paralela a la Königstraße llena de restaurantes. Allí probamos el Gaisburger Marsch, el plato típico suabo, y nos dimos con pasión a la Hefeweizen. A las dos horas yo hablaba perfectamente alemán (”con un ligero acento español”, decía el cachondo del camarero). Al poco volvimos al hotel dando tumbos, que al día siguiente había que madrugar.

El sábado nos levantamos a eso de las ocho y media y bajamos a desayunar. Una de las camareras del restaurante del hotel era italiana, así que no tuve que hacer malabarismos con mi paupérrimo alemán para explicarle que quería un café. La verdad es que los desayunos en el Merit están muy bien, al más puro estilo alemán con quesos, fiambres, verduras -estos palomos le echan Gurken (pepino) hasta al Cola Cao-, zumos, cereales y demás. Cuando el estómago nos había perdonado las Hefe de la noche anterior volvimos a la estación y cogimos un tren a Heilbronn.

Heilbronn Rathaus

La ciudad está al norte de Stuttgart, a unos tres cuartos de hora en tren. Lo más interesante está en el centro, con el ayuntamiento y su precioso reloj y la Kilianskirche justo en frente. La ciudad es muuuy tranquila, y sólo había jaleo en la Marktplatz (porque había mercado) y el la zona comercial de Kiliansplatz y Fleiner Straße. Bordeando el Neckar fuimos dando un paseo hasta Sontheim, un barrio al sur de Heilbronn y que por razones que no vienen al caso era visita obligada. A Sontheim se llega por un paseo paralelo al río perfectamente preparado para pasear, ya sea andando o en bicicleta, y todo está púlcramente organizado, como siempre en estos lares. Tras unas horas en Sontheim volvimos a Heilbronn y tras comer unas currywurst (y trasegarnos unas pils) asaltamos un supermercado del que salimos con un buen alijo de cerveza, salchichas y chocolate para recordar Baden-Württemberg a la vuelta a España. Tren y vuelta a Stuttgart.

Por la noche nos encontramos mucha gente con camisetas blancas y rojas: jugaba el Stuttgart contra alguien un partido de fútbol para no se qué competición. Toda la ciudad estaba pendiente del partido, así que debía ser algo importante. Cenamos algo por ahí y volvimos a Zum Paulaner. El camarero nos saludó sonriente preguntando directamente Drei Hefe? Y es que ya nos tenía calados. Allí estuvimos viendo el partido (el Stuttgart perdió) como si fuésemos aficionados de toda la vida, cerveza va, cerveza viene. Hasta las mil, claro.

Despertamos el domingo y nos fuimos del hotel. Dejamos las maletas en la consigna (Schliessfach, ¿he dicho ya que me flipa esa palabra?) y aprovechamos para dar un último paseo por Stuttgart y beber unas últimas pils (por la mañana hay que ser bávaro para echarse una Hefeweizen al gaznate). Cogimos el S-Bahn al aeropuerto (mucha mejor opción que el taxi, es casi igual de rápido y mucho más barato, 3€ por persona) y sin darnos cuenta estábamos ya de vuelta a España. Con esa extraña sensación que se me queda dentro cada vez que dejo Alemania. Pero esta vez es menos: el jueves vuelvo para allá, esta vez a Berlin. ¡Me muero de ganaaaaas!

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Aberraciones primaverales

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Pues ya llegó la primavera. Y la puta alergia, por cierto. El caso es que entre lagrimeo y estornudo uno empieza a ver a las mozas aireando la piel, con lo que las calles patrias se convierten en un hervidero de escotes pronunciados, faldas cortas, tangas buscando la luz más allá de los pantalones y ombligos insinuantes. Y para que les voy a decir que no, si sí: a uno esto le complace sobremanera. Que me pone, vamos. Como le pone a cualquier elemento de la comunidad masculina, y el que diga lo contrario miente como un bellaco.

Más allá de las cuestiones de índole lujuriosa, reconozco que tengo una cierta debilidad por la belleza y hay que decir que ver a tanta ninfa correteando por la calle afirmando rotundamente ora unas caderas, ora un seno hace de la ciudad un lugar mucho más hermoso y agradecido para vivir. Siempre me gustó la belleza del cuerpo femenino tal y como la captaron los pintores, con unas matizaciones graduales de las sombras y esos reflejos azulados que obviamente, crean un conjunto mucho más hermoso que el cuerpo masculino, más monocromo y de ángulos poco agradecidos. Sin entrar en la horripilante anatomía del pene, que no encaja en absoluto dentro de las líneas que definen el cuerpo masculino y ni siquiera tiene interés estético como miembro independiente. Lo que no quita para que las señoras se interesen en juguetear con el que tengan a mano (es un decir… ) con mayor o menor lubricidad. Que la diversión y la estética no tienen por qué ir aparejadas.

Pero a lo que iba, que me estoy yendo por las ramas. Si bien se agradece que mis primas aireen las curvas, en estas épocas se hacen mucho más evidentes las aberraciones que cometen algunas en esto cubrirse (pero poco) los encantos. Ante todo hay algo que me supera: los pantalones pirata. Sin duda diseñados por un misógino empedernido, si caen sobre las formas equivocadas (que es casi siempre) pueden dejar al cuerpo de una buena moza a la altura del betún. Para llevar unos pantalones de esos sólo hay dos opciones: o la chica está muy buena (con lo cual se podría poner cualquier cosa) o es muy delgada. Los pantalones de marras marcan, como todos, cadera, pero rompen las líneas verticales de las piernas a media pantorrilla, con lo que a poco que sea una mujer normal exageran el culo y hacen más baja. Y las mujeres patrias no son, en general, las que más destacan en altura así que esos pantalones casi siempre son sinónimo de desastre estético. Otra cosa es cuando la tipa es muy alta y muy estilizada: ahí quedan bien (bueno, relativamente bien) pero no hay muchas con esa complexión. No obstante, querida lectora, si encaja dentro del estereotipo de la española normal y está empeñada en llevar esos pantalones, puede haber una salvación: los tacones. Pero no tacones de aguja, por Dios, sino más bien unas cuñas de estilo desenfadado. Si hay suerte y combina bien igual no hace demasiado el ridículo. Todo eso suponiendo que los pantalones pirata de marras no sean de cintura baja, porque entonces no hay salvación.

Otra prenda muy peligrosa en estas fechas son las manoletinas. Bailarinas, que llaman algunas siguiendo supongo la última sección de moda del Cosmopolitan. Los zapatos sin nada de tacón están estupendos en la playa, pero para la jungla urbana quedan fatal fundamentalmente porque después de llevar todo el verano andando con más o menos tacón (un dedo, por dios, no pido barbaridades) el estilo al andar se resiente y al abandonarlos completamente algunas andan como patos. Y todos sabemos la importancia que tienen los andares. Además la punta ínfima y redondeada sólo tiene cabida con según que faldas con algo de vuelo (jamás con faldas tubo o minifaldas más ajustadas, pardiez) o con pantalones largos no muy ajustados. Para las demás opciones, sandalias, por favor. O zapatos con más o menos tacón y puntiagudos si el estilo es más formal. Y lo que debería estar penado por ley como atentado a la estética del país es juntar manoletinas con pantalones pirata. Los pantalones hacen a las sujetas más bajas, la punta redondeada no estiliza para nada, los gemelos no tienen la forma característica que les da el tacón y encima andan como si estuvieran pisando fango. Un desastre, vamos.

Qué daño ha hecho Ragazza. Ni todo lo que aparece en las páginas de moda le sienta bien a todo el mundo, ni hay que ponerse todo de golpe. Si vuesa merced tiene michelines no vaya con pantalones de cintura baja ajustados y un top de lycra. ¿Me pongo yo las camisetas marcamúsculos que se ven en los anuncios de Calvin Klein? Ni de coña. Uno tiene algo de verguenza. Lo que le queda bien a tu amiga a ti te puede sentar como un tiro. Y tampoco hay por qué llevar un zillón de complementos que se matan entre sí, la elegancia siempre conlleva una cierta austeridad. Por eso no se pueden agarrar las últimas tendencias de la temporada y ponérselas todas de golpe. Que seas tú, querida, la que destaque, y no tu ropa.

Estoy seguro de que alguna me dirá que ella se viste con la ropa que le gusta y que no le importa estar más o menos guapa. Bien, todos sabemos que es mentira. No obstante, España es uno de los países donde mejor visten las mujeres (lo de los hombres… bueno, eso merece tema aparte). Y se agradece, leche. Qué contento llego yo a casa todos los días por estas fechas.

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Cracovia

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Escudo de Cracovia

Desde hace algunos años a finales de verano unos cuantos amigos y un servidor solemos organizar un viaje para conocer mundo y pasar unos cuantos días de asueto dedicados al turismo, el ocio, la gastronomía, la juerga y la calibración de la cierva foránea. Como no somos muy dados a la playa ni a los destinos clásicos de la gente solemos elegir destinos europeos, preferentemente del este debido a los precios, el clima (el fresquito mola) y la forma física de las mozas. Pese a que hace mucho tiempo hicimos un prólogo yendo a Viena en coche desde España, la Europalante anual, tal y como ahora es conocida, comenzó con Kojak, Pijolín y yo mismo viajando a Polonia. La cosa surgió más o menos así:

Zamora, enero de 2004. Bar con muchas cervezas:

Kojak: - Pues tengo una amigo que vive en Polonia y dice que mola.

Doc: - ¿Ah si? ¿Por qué no vamos?

Kojak: - No hay huevos.

Doc: - Mañana reservo los billetes.

Supongo que de no haber estado influenciados por los vapores de la Mahou hubieramos ido a Benidorm. Pero claro, el alcohol no sólo sirve para que los feos se reproduzcan, sino también para que los de provincias conozcamos mundo. Pijolín se apuntó al día siguiente y para allá que nos fuimos, con un par, en septiembre. Reservamos billetes desde Madrid hasta Barcelona y luego con Wizzair volamos desde Gerona a Katowice, en el sur de Polonia. La idea era ir a Cracovia, que por lo que habíamos leído era la zona más turística del país y luego improvisar.

La primera en la frente. En el avión de Wizzair había una azafata. Igual había alguna más, pero nadie se fijó. No he visto cosa igual en la vida, una venus rubia de rasgos gráciles que hacía que todo el pasaje masculino y parte del femenino salivásemos como perros de Pavlov. Cuando se puso a hacer las demostraciones del chaleco salvavidas y tal la gente no quitaba ojo, se levantaban para ver mejor empujando al vecino si era menester. Hasta le hacían fotos, no les digo más. Algo increíble que nos hizo el viaje cortísimo.

Aterrizamos en Katowice, ciudad industrial y según dicen bastante fea. Alquilamos una especie de furgoneta privada que nos llevó hasta Cracovia, a unos 60 kilómetros. Empezamos a ver los primeros edificios del extrarradio de la ciudad: edificios de la época soviética, de diez o quince pisos feos como la madre que los parió, sin pintar, todos iguales como colmenas en calles oscuras casi sin iluminar. La furgoneta para y nos deja por allí. Tres españolitos con una cara de pardillos de preocupar, arrastrando las maletas, sin hotel reservado y ni siquiera un maldito mapa para orientarnos, con dos cojones. Yo ya me estaba viendo violado, descuartizado o vendido como esclavo. Total, que empezamos a andar cruzando un parque oscuro y silencioso muertos de miedo, pensando que quizás Benidorm no hubiera sido tan mala opción. Pero después del parque se nos hizo la luz, literalmente. Entramos en la zona centro de la ciudad, más iluminada y con tiendas, bares y restaurantes abiertos. Buscamos un hotel cualquiera y nos echamos a dormir.

De día la ciudad parecía otra. La parte antigua de la ciudad se llama Stare Miasto, y dando vueltas por las sus calles (Florianska, si alguna vez van a Cracovia paseen por la calle Florianska y verán que ciervas) llegamos a la plaza del mercado (Rynek Glowny), verdadero centro de la ciudad. Está llena de bares con terraza donde tomarte una cervecita fresca y tiene siempre mucha vida, tanto de día como de noche. En el medio de la plaza está el antiguo mercado, ahora lleno de tiendecitas de souvenirs para los turistas y siempre vale la pena pasarse por allí porque hay cosas bastante curiosas. Las casas de la plaza están pintadas de distintos colores (como todas las del Stare Miasto) y dan una imagen muy jovial a la ciudad. En la plaza está la iglesia de Santa María, desde una de cuyas torres cada hora suena un toque de trompeta.

Rynek

En la misma plaza está el Wierzynek, el restaurante más antiguo de Polonia y al que iba Stalin cada vez que pasaba por la ciudad. El servicio y la comida son exquisitos y el precio irrisorio para un occidental (por lo menos era así hace unos años). Un poco más adelante llegamos al Wawel, la ciudadela formada por todo un complejo de edificios de los que destacan el castillo del Wawel y la Catedral donde están enterrados los reyes de Polonia y donde solía dar misa un obispo llamado Karol, que posteriormente fue llamado a cargos más altos dentro de la jerarquía católica. Cerca de allí se encuentra también el Kazimierz, el barrio judío de la ciudad. La arquitectura es muy interesante, así como lo es ver iglesias y sinagogas separadas sólo por escasos metros. Además hay muchos bares de estilo bohemio donde pararte a tomar una cervecita cuando los “estoy cansaaao, estoy cansaaao” de Kojak empiezan ser demasiado frecuentes.

Por la noche Cracovia es la leche. Toda la zona que rodea la plaza del mercado está llena de bares en los que tomarte unas copas y socializar con las aborígenes. Nótese que en Polonia pasa algo muy raro. Las ciervas están estupendas, muuuy estupendas, hasta el punto de salir cabreado de los bares debido a la cantidad de testosterona segregada, pero los polacos no son precisamente unos adonis. El gen cabrón, lo llamábamos. Es muy duro estar en un local, buscar desesperadamente a la fea y no encontrarla. Algo exagerado. Además por aquellas épocas Cracovia no estaba muy explotada turísticamente, así que era fácil socializar con la gente del lugar, en general muy amable y simpática. Ser español además da un par de puntitos de carisma más en esos países, o sea que estábamos en la gloria. Solíamos empezar la tarde/noche en el 9, en la calle Szweska, un bar con mesas para tomar unos tragos tranquilos antes de bajar a la parte de abajo que es más discotequera. Allí casualmente vimos a tres chicas de belleza mmm… difusa. Las primeras del viaje. No nos creíamos que fueran polacas, así que nos acercamos sigilosamente para ver si pillábamos el acento y averiguábamos de donde eran. Españolas. En fin.

En el 9 solíamos empezar bebiendo tatanka, un cóctel hecho con Zubrowka y zumo de manzana que costaba, al cambio, un euro. O sea. Póngame tres para regalo. Luego merece la pena bajar al Frantic, que está en la misma calle, número 5. Si existe algo parecido al paraíso, tiene que ser así. Ningún turista, buen ambiente, buenos cócteles, polacas espectaculares (todas… es que tooodaaas) y polacos majetes que se portaron siempre muy bien con nosotros (menos uno… pero esa es otra historia).

Doc: - Pero… ¿has visto a esaaaaa?

Pijolín: - Afú, afú.

Kojak: - ¡Diooooos vamonos de aquí que me pongo malo, cagüendiós!

En fin. Hay muchos más bares interesantes, como el Budda (que está en la misma Rynek Glowny, nº6), pero será mejor que si alguno de ustedes va por allí los descubra por su cuenta.

Wawel

Teniendo Cracovia como base se pueden ver las minas de sal de Wieliczka, a escasos diez kilómetros de la ciudad. Son unas antiguas minas medievales con impresionantes salas excavadas en la sal y es una visita casi obligada. Como es obligatorio, o debería serlo para todos los europeos, una visita a un pequeño pueblo cercano, Oswiecim, que seguramente será más conocido por su nombre alemán: Auschwitz. Después de recorrer los campos de concentración de Auschwitz I y Auschwitz II - Birkenau y los museos correspondientes uno no vuelve a ser el mismo. No es broma. Los tres entramos tirando de humor negro, chistes y gracejos y salimos silenciosos y cabizbajos.

Otro sitio que merece la pena conocer es Zakopane. Está a 110 kilómetros de Cracovia y se puede llegar en autobús aunque las carreteras no son precisamente las autobahn alemanas. Es la capital montañosa de Polonia y se halla en los montes Tatras, casi en la frontera con Eslovaquia. En invierno se puede esquiar, y en verano es todo un placer pasear por sus colinas verdes. Hay muchos puestos al aire libre donde comer carnes asadas y beber cerveza, y por las calles del pueblo hay muchísima vida. Lo mejor de todo es que casi toda la gente es polaca y no hay muchos guiris que jodan el ambiente. Que para eso ya estábamos nosotros.

Cracovia me encantó. Teníamos previsto viajar a Varsovia pero al final no lo hicimos para poder aprovechar los diez días que estuvimos viviendo la ciudad y conociendo todas sus esquinas, sus peculiaridades y su forma de ser (y sus habitantas, no se si ustedes me entienden). Les recomiendo que visiten Polonia cuando puedan. Es un país precioso y de momento barato. Dense prisa, antes de que mejoren su economía y suban sus precios o que los ingleses la descubran (si no lo han hecho ya) para organizar sus despedidas de soltero y hagan que los habitantes pierdan la inocencia, como pasa por ejemplo en Riga. Pero esa es otra historia.

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Los asientos reclinables

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El pasado fin de semana volví a Zamora a pasar unos días de asueto, vino y patatas bravas, que una vez cada tanto no hace daño escapar de la gran ciudad y disfrutar de los pequeños placeres. Como ya he dicho alguna vez no me gusta conducir, así que aprovechando que Kojak iba también para allá me acoplé con total alevosía en su coche. Pero por cuestiones que no vienen al caso el domingo para volver a Madrid (algunos no tuvimos puente) no pude gorronear coche, así que tuve que pillar un billete de autobús, como la vulgar plebe. Y claro, pese a que soy un gran defensor del transporte público en todas sus expresiones siempre acaba pasándome algo que me lo hace replantear. Cuando llegué a la estación estuve echando un ojo a la gente que iba a ir en mi mismo autobús: no había ningún niño cabrón, así que igual tenía suerte y me podía pasar esas dos horas y media más o menos tranquilo. Pero no. Por supuesto.

Al subir al autobús la vi allí sentada e inmediatamente supe que mi asiento iba a ser el inmediatamente posterior al suyo, nunca falla. Era un especimen de los de libro, con los que ya había tenido yo mis más y mis menos. Yo los llamo “a mi no me pisa nadie”, y hay dos variedades posibles. La primera es un varón en torno a los cuarenta o cincuenta años, panza bien provista pero sin exagerar, las sienes empezando a clarear, ropa cara pero mal llevada, zapatos marrones viejos sin limpiar y posiblemente gafas. Nacido en provincias, la vida le sonríe y ha hecho una relativa fortuna gracias al negocio ovino e inmobiliario, por este orden. Es el típico fulano que cuando paga un vino en un bar saca un fajo de billetes aprisionado por una goma elástica y acerca a la camarera un billete de cien euros. El rey del pueblo, vamos, que va a la capital a arreglar unos negocios con un notario. El otro tipo de “a mi no me pisa nadie” es una mujer de aproximadamente treinta años pero que va vestida mitad fashion, mitad hortera. La típica que lleva unas medias con dibujos horribles, zapatos de tacón, camisa azul clara y chaqueta marrón y un bolso con estampados al estilo Louis Vuitton (podría ser falso) que ni su abuela tendría huevos a llevar. El pañuelo decorado con motivos equinos es opcional pero muy recomendable. En el pelo lleva mechas, muchas mechas, y es una mujer que se ha hecho a sí misma. Con mucho trabajo consiguió acabar la carrera de Márketing Indirecto y Estrategias Sociales Enfocadas a la Venta, o algo así, en la universidad San Antolín IEFADE (privada, por supuesto). Luego hizo un master MBASR (de esos que sirven para saber que tu padre está forrado) y con mucho esfuerzo consiguió un puesto de Business Management and Logisic Marketing en la inmobiliaria IFUSA, cuyo presidente es, casualmente, su padre. Con este historial comprenderán que ella no se deje avasallar.

Pues efectivamente, la torda del autobús era un especimen de esta segunda clase y como no podía ser menos me senté detrás de ella. Número 19, ponía en el billete que yo miraba fijamente con ojos vidriosos y cara de “esto no me puede volver a pasar a mi”. No había vuelta de hoja, ese era mi asiento. Así que nada, ocupé mi lugar esperando que el calvario empezara lo más tarde posible. Pero no, apenas el autobús empezó a moverse la tipa reclinó el asiento, raaaaas, hasta golpear mis rodillas, crak. Lo sabía. Uno no es pequeñito y en los autobuses la separación entre asientos es exigua (pese a que el que había tomado era uno de esos Express que se supone que son más cómodos) y a nada que alguien reclina el maldito respaldo servidor se queda encajonado sin poder moverse.

-Perdone, ¿le importaría echar el asiento un poco hacia adelante? Es que ya sabe, aquí hay poco sitio - le dije, con un exquisito trato de usted, porque aún no había yacido con ella.

-Ya, pero es que voy a dormir.

Agárreme aquí. La torda iba a dormir. Y yo también hubiera descansado los párpados a poco que hubiera recuperado la circulación en las piernas. Pero ella tiene “todo su derecho” a reclinar el maldito asiento y como “ella no se deja pisar por nadie” volvió la vista adelante e hizo el ademán de dormir, inclinando ligeramente esa cabeza tan bien amueblada a base de estudio, Cosmopolitan y Sexo en nueva York. En fin, que me chupé todo el viaje intentando mover un poquito los dedos de los pies para que no se gangrenasen las piernas. Su puta madre.

A lo que voy es que la mari seguramente tuviera todo el derecho de echar hacia atrás el asiento (de no haber sido así ya hubiera avisado yo a la Benemérita). Pero de lo que no tenía ni puñetera idea es que la educación, la cortesía y la urbanidad consisten precisamente en saber ejercer los derechos cuando corresponde, cuando se puede y cuando se debe, porque aunque uno esté legalmente autorizado a hacer algo el sentido común te dice que puedes estar perjudicando a los demás, o incluso que puedes estar saltándote esas insignificantes normas de urbanidad que hacen que no nos hayamos matado ya los unos a los otros y que vivamos en algo que se llama sociedad. Lo que no sabía la torda es que pretendiendo dar una imagen de persona independiente y aguerrida realmente está mostrando su verdadero interior de rastrero, inculto y egoísta.

Mucho me temo que no hay nada que hacer por lo menos hasta que estas cosas me decidan a emigrar otra vez. Pero por si acaso lee esto algún fabricante de asientos para autobús, avión o barco aprovecho para pedir por favoooooor que bloqueen el maldito mecanismo que permite a los asientos echarse para atrás. Que hay gente muy cafre que tiene que probar todo, y aunque benditas sean las ganas que tienen de ir tumbados lo hacen para luego contarlo (aunque estos suelen atender a la petición de echar el asiento hacia adelante sin problemas) y gente simplemente maleducada a la que no le importa que alguien agonice unos centímetros detrás de ellos. Porque de separar más los asientos, ni hablamos…

menéame