Lunes, 9 de Abril de 2007
Semana Santa en Zamora
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Comprendo perfectamente a la gente que no entiende esto de la Semana Santa. De hecho yo no entiendo ninguna procesión de las que se celebran en otras ciudades, pero las de Zamora son las mÃas. Y otro año más volvà a mi tierra para cumplir viejas tradiciones que tienen más que ver con mis recuerdos y mi historia que con la religión de mis abuelos (que puede que sea o no la mÃa, pero eso es personal y no deberÃa importarle a nadie en lo que yo crea o deje de creer). En Semana Santa Zamora se transforma, se ve inundada por toda esa gente que hemos tenido que irnos a otras tierras en busca no ya de un futuro mejor sino simplemente de un futuro, y cada año de más gente que sin ser zamoranos se acercan para ver las procesiones y disfrutar de las vacaciones, creando una bonita ilusión de ciudad activa y bulliciosa.
Todo empieza el Viernes de Dolores cuando vuelves a ver a antiguos amigos con los que charlas mientras te echas al gaznate un vino de Toro que acompaña a una generosa ración de patatas bravas o un pincho moruno. Primeras copas. El sábado toca revivir antiguas juergas por la calle de Los Herreros y la Plaza Mayor, algunos bares nuevos pero los menos. Cuentas tu vida a conocidos que ves por los bares y ellos te la cuentan a ti. Vuelta a casa cuando amanece. Domingo de Ramos y resaca, primeras aceitadas, sacar las túnicas, verificar que todo está preparado. Lunes familiar haciendo almendras garrapiñadas para la madrugada del viernes, reunion de amigos, costillas asadas y más vino. Martes Santo, paseo matutino por Santa Clara y recoger la vela para el Miércoles, pincho de tiberios y una clara, hachón y caperuz de pana, luces ocres, frÃo de la noche castellana, calles desiertas volviendo a la iglesia. Miércoles de nervios, embolsar las almendras, bajar hacia la Catedral con la túnica blanca y el caperuz de terciopelo rojo colgando del brazo como todos los miércoles santos desde hace veinte años, arrodillarse cuando el obispo lo pide, contar las filas de hermanos, olor a incienso y silencio en la ciudad, llegar al Museo, cansancio, saludos, un cigarrillo, vuelta a casa. Escribo en el cartón del caperuz un número, 2007, justo debajo de donde el año pasado escribà 2006, cambio de ropa y vuelta a la calle a ver a los amigos que llegan hoy, primeros dolores de espalda, un ron con cola, luna llena. Por los barrios bajos un bombardino entona una marcha fúnebre. En los bares, Los Planetas se mezclan con Shakira y Bisbal.

Jueves Santo y me despierto para comer. Descuego una cruz de madera hecha por mi abuelo y de la que cuelga un medallón con el nombre de una cofradÃa y un año, 1651. Empaquetar una túnica negra con un cordón de esparto y atarla a la cruz, recoger las bolsas con las almendras y salir a la calle en busca de mis amigos para dejar las túnicas y las cruces en el sitio acordado. Un bar oscuro y fresco donde nos aliviamos el gaznate con litros de cerveza y el estómago con hornazo. Ya es viernes, botellón y gente que está escuchando el Miserere, cuatro de la mañana y por la ciudad se escucha el merlú despertando a los hermanos. Ponerse la túnica ebrio, atar el pañuelo al cuello a mis amigos, Plaza Mayor, empujones, Cinco de Copas, por fin la marcha de Thalberg, risas, dar almendras a las chicas guapas que ven la procesión y tomar el pelo a los señores con bigote, frÃo en la plaza de Alemania que aliviamos con un café y churros o con sopas de ajo descansando en las Tres Cruces. Vuelta a la Plaza Mayor, sueño, cansancio y resaca. Desayunar unos pinchos de chorizo asado. Volver a casa por Santa Clara despeinado, con cara de no poder más y el caperuz atado en la cruz que llevo en alto para no golpear a la gente que pasa.

Dormir toda la tarde, despertarme cuando no hay nadie en casa y comer algo. Quedar con los amigos, reirnos de las ojeras que calzamos y comentar anécdontas de la noche. Decir que nos vamos pronto a casa pero aguantar hasta altas horas en bares en los que todos están tan cansados como nosotros. Despertarse el Sábado y ducharse rápido porque llego tarde. Juntarnos todos y comer en un pueblo cercano, chorizo, callos, carne, vino, risas. Tarde en algún bar tranquilo donde corre el pacharán. Jugar en un bar a viejos juegos de adolescentes en los que quien pierde bebe. La gente se empieza a ir, la espalda duele. Los últimos volvemos a casa de madrugada.
El domingo te arranca del pasado y te devuelve al presente cuando te despides de la familia y cierras la puerta de esa casa que ya no es la tuya. Hasta el año que viene, cuando volverás a ser el crÃo de antaño.
Nota: Las fotos están tomadas de La Pasión de Zamora.
14 de Abril de 2007 a las 1:45
Quizá, incluso nos vimos. De hecho, creo reconocer gente en la última foto…
Un beso!
4 de Diciembre de 2007 a las 19:30
TÃo, que fuerte. Soy de Zamora pero vivo en Salamanca. Ha sido leer tu mensaje y se me han pusto los pelos como escarpias. Qué tendrá Zamora, que semana santa tras semana santa volvemos y no nos cansamos. Ya sé lo que tiene, simplemente, ES ÚNICA. Muchas gracias. Me has hecho recordarla hasta el punto que este año que viene 2008 no la echaré de menos gracias a tÃ; este año toca Sevilla. A ver si es tanto como dicen. Seguro que lo es. Pero de otro estilo. Me seguirá gustando más la de Zamora. Lo sé.
Saludos
30 de Marzo de 2008 a las 17:59
Después de leer tu visión de nuestra Semana Santa no puedo menos que pensar en que somos muchos los que desde hace mucho tiempo la vivimos asÃ. De hecho solo escuchar a Thalberg o recordar el Merlú me transporta a la Plaza.
Y el año que viene, igual pero con más ganas.
Saludos






Hay 4 comentarios sobre “Semana Santa en Zamora”
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