Idiota.- Del griego idiotés, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás.(F. Savater)

Storage: Diciembre, 2006

Bonn

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Al llegar a casa de Steiper nos vamos a dormir echando leches. Después del fin de semana, dormir seis horas me parece el colmo del descanso. A eso de las 7 de la mañana entreabro un ojillo y veo a Steiper todo trajeado (joder, parece una persona seria y todo) que se va a trabajar. Yo me quedo vegetando un poco hasta que la claridad no me deja dormir más, soy un poco exquisito para eso y necesito total oscuridad y las casas alemanas no tienen persianas. Total, que a eso de las 9 de la mañana decido levantarme y salir a dar una vuelta por la ciudad.

Salgo de casa con la maleta a cuestas (mi idea es irme directo al aeropuerto) y me dirijo al centro, a ver como es la cosa. Bonn parece una ciudad muy tranquila, casi no hay coches por las calles y está todo muy limpio. Lo primero que hago es ir a la estación, en busca de las Schließfächer (¿he dicho que me flipa la parabra?) para dejar la maleta. Estas consignas ya son como las de toda la vida, no como el aparato aquel de Colonia. Y acto seguido me pierdo por la ciudad, me encanta pasear sin rumbo por ciudades desconocidas descubriendo pequeñas joyas cotidianas a cada paso. Así por casualidad llego a una parque precioso, el Hofgarten, desde donde se ve el Kürfürstliches Schloss, antiguo castillo y hoy sede de la universidad de Bonn.

Bonn Hofgarten

La verdad es que el parque está que da gusto verlo, no se si es que estos alemanes limpian mucho o no ensucian, pero a uno le dan ganas de ponerse a pastar cual vaca alemana.

Sigo adelante paralelo al río y llego al Kennedybrücke, y cruzo hasta la mitad para ver el Rhin. Giro hacia Oxfordstraße y la Berliner Platz y ya me meto de lleno en el casco antiguo. La sensación hasta el momento es que todo esto es muy tranquilo, prácticamente no hay coches y la gente habla bastante bajito. Todo transmite mucha paz. Pero el centro ya cambia, porque me doy de frente con todas las calles comerciales, llenas de tiendas y espíritu navideño. Por aquí ya hay bastante gente, y unas ciervas que pa qué, no hago más que mirar de un lado a otro admirando a las teutonas de la zona.

Bonn Muenster

Llego a la plaza de la Catedral (el Münster) que la verdad no está mal, pero después de lo que llevo visto tampoco me impresiona una barbaridad. Lo que si me impresiona es el Weihnachtsmarkt, el mercado navideño que se extiende por todo el centro de la ciudad. Hay un zillón de puestos (muy bonitos, por otra parte) donde venden desde las clásicas figuritas de los belenes o adornos más norteños como coronas de pino y centros de mesa hasta recuerdos para los turistas pasando por puestos de comida y bebida. Y cuando digo pasando quiero decir pasando: por cada dos puestos de adornos hay uno de salchichas, vino caliente, cerveza y otras viandas. En concreto me quedo con una especie de galletas que come casi todo el mundo, pero no las pido porque no tengo ni puñetera idea de como se llaman. El ambiente es tremendo, y cada tanto oigo alguna voz en español: parece que hay más personas que se han aprendido esto de Germanwings.

Me desayuno una Bratwurst y un poco de vino caliente y vuelvo hacia la estación. Al rato llega el autobús y con mi alemán de Zamora le pido al conductor un billete para el aeropuerto… ¡y el tipo me entiende! Subo y al rato llegamos al aeropuerto. Facturo y me doy una vuelta por las tiendas. Además, aprovecho para comprarme un par de revistas de estas en las que salen mujeres ligeras de ropa para practicar el alemán. Si no las entiendo, siempre me queda el recurso de mirar las fotos, jeje. Una pava intenta venderme una tarjeta de crédito, pero yo le digo con la mejor de mis sonrisas que Entschuldigen Sie, aber ich komme aus Spanien und ich spreche nicht Deutsch, o sea, que soy español y no hablo de lo suyo, pero después de estos días me sale un acento de Hessen exagerado y la tipa me deja ir con cara de “si, claro, con un par de revistas alemanas bajo el brazo y me dices en alemán que no hablas alemán. A otro perro con ese hueso”.

Embarco y el avión despega. Misteriosamente esta vez no hay crío llorón y la Jenny, la Fanny y la Choni debieron irse el domingo por la tarde, así que tengo un vuelo tranquilo. Sobrevolando Francia las camareras azafatas del avión pasan preguntando si queremos algo. Yo me pido, con dos cojones, una kölsch. Vuelvo a España, pero me llevo en los labios y en el corazón el sabor de esa tierra a la que, ahora lo se, volveré a menudo. Si no me bastaba con sentirme español, italiano e inglés, ahora añado Alemania a mis patrias. Otro país para echar de menos cuando no esté por sus calles inmaculadas, en sus tabernas comiendo salchichas y bebiendo cerveza, disfrutando de esa naturaleza tan bien cuidada o echándome unas risas con sus gentes, esos alemanes grandotes y cachondos que nunca dicen que no a tomarse unas cañitas.

Por la ventanilla del avión, a lo lejos, se ven las luces de Madrid.

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Y ahora, a Londres

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Voto al chápiro verde… no he acabado de contar las batallitas alemanas (¡y eso que sólo estuve tres días!) y ya se me acumula el trabajo: dentro de unas horas me voy a Londres, a pasar el fin de semana. Creo que ya dije por aquí en algún lugar que es una de mis (muchas) ciudades favoritas, así que supongo que les contaré algo a la vuelta.

Ya me gustaría escribir con más frecuencia, pero a) no me apetece publicar nada copiadopegado (perdónenme la palabra) de otro sitio, no es esa la idea del blog y b) uno tiene una vida más allá de internet, con su trabajo, sus juergas, sus obligaciones, su familia, sus amigos y estas cosas que llenan la vida de una persona normal, y no pienso renunciar a nada de eso.

See you soon.

menéame

Observation Point Alpha

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El domingo por la mañana me despierto a eso de las 11:00 y subo a desayunar. A desayunar o a comer, porque con los horarios de los alemanes nunca se sabe. Total, que comemos algo y nos montamos en el coche camino de Fulda (¡qué bien, voy a ver la ciudad de día!).

Catedral de FuldaFulda esta bien, es una ciudad pequeña y tranquila. Por lo que me va contando la familia Steiper, debe ser como una isla católica dentro de una zona protestante. Tiene una catedral bastante chula y una iglesia al lado, la Michaelskirche, del año de la polca. Entramos en la catedral y mamá Steiper me cuenta historias de la ciudad y del edificio, esto de que haya trabajado como guía turística en la ciudad es la clave. Al parecer hay incluso un seminario donde jóvenes de toda Teutonia vienen para aprender las cosas estas de la iglesia y si todo va bien al cabo de los años llegar a ser como Ratzinger, hay que joderse. Por la zona de la catedral son encontramos a Sebastian, el amigo de Steiper que estuvo con nosotros ayer, y seguimos con él el recorrido. Vamos hacia el palacio (que ahora es el ayuntamiento) y nos damos unos trotes por los jardines hasta llegar a la estatua de Bonifacio, que es algo así como el patrón de la ciudad, donde habíamos aparcado el coche. Nos despedimos de Sebastian y partimos hacia el Rhön, a las montañas.

Por el camino vemos las casitas típicas de la zona, con los techos inclinados y las vigas de madera, con las fachadas pintadas en colores claros y todo muy limpio y muy ordenado. Junto con el paisaje otoñal verdeamarillento la imagen es preciosa. Al poco salimos de Hessen para entrar en Thüringen (o Turingia, nunca tengo claro si usar los nombres originales en alemán o las traducciones al español), y aunque el paisaje natural es el mismo, el urbano cambia sensiblemente: las casas ya no están pintadas, sino que las paredes están simplemente lucidas de cemento (no todas, pero una buena parte) y las concesiones a la estética son mucho menores. Estamos en la antigua Alemania del Este, y todavía se nota.

Grenzanlagen_PA.JPGSubimos por las montañas del Rhön hasta el Observation Point Alpha: por aquí pasaba la frontera entre las dos alemanias y justo aquí había torres de vigilancia de los dos lados. Pese a que vivían de espaldas, se miraban. Bueno, los rusos y los americanos, para ser más exactos). Al llegar lo primero que se ve es la cicatriz que aún tiene este país: el terreno que conformaba la antigua frontera, flanqueada de una carreterita por la zona rusa para poder patrullar por toda su extensión. Según avanzamos vemos como fueron evolucionando las vallas, desde las que eran poco más que cuatro palos y alambres de los primeros años hasta las últimas, que tenían ese foso con una pared de hormigón para que no pudieran pasar los coches, un campo con minas antipersonas a lo largo de toda la frontera y las vallas conectadas a ametralladoras automáticas que disparaban hacia el interior cuando notaban cualquier contacto. Angelitos ellos.

Torre americana Torre DDR

Poco después se vemos esas dos torres, la de la izquierda occidental y la derecha oriental, una enfrente de otra a escasos cien metros. Desde ahí las dos grandes potencias de la posguerra se vigilaban, atentas a cualquier movimiento. Además, la zona soviética tenía un plan para invadir la Europa occidental y los países de la OTAN lo sabían: el fregado hubiera empezado aquí, en lo que se llamó Fulda Gap. Si hubiera habido una tercera guerra mundial, posiblemente los primeros en entrar en fuego serían los ocupantes de esas dos torres. Acojona.

Grenzpfosten_DDRUn poco más adelante nos entramos ya en una pequeño asentamiento americano ahora reconvertido en museo. Me parece significativo que el mástil sobre el que ondea la bandera americana no toque directamente el suelo, sino que está sujeto por dos pequeñas vigas. Pretendía simbolizar que aquello no era tierra americana, sino que estaban allí como tropas invitadas. La verdad es que a mis primos yankees nunca se les dio mal el marketing. Seguimos andando entrando en los distintos barracones, ahora reconvertidos en salas del pequeño museo viendo documentos de la época. Me llaman la atención un par de postes pintados con los colores de la bandera alemana y con el escudo de la DDR arriba del todo. Según me dice Steiper, iban marcando los puntos fronterizos, y cuando por fin cayó el muro muchos habitantes de la zona los arrancaron y se los llevaron a sus casas de recuerdo. Pero me afectan más las fotos de los cadáveres de las personas que intentaban pasar del este al oeste y caían acribilladas o destrozadas por las minas antipersona en tierra de nadie, en esos escasos metros que separaban los dos mundos y donde nadie tenía valor para entrar no ya para ayudar a la gente, sino para enterrarlos. Ojalá nadie nos quite nunca la memoria histórica y aprendamos de los fallos, de todos los fallos que hemos cometido en el pasado.

Como anochece nos vamos de allí camino de Fulda. Por el Rhön decidimos subir a un monasterio que hay en lo alto de una montaña, pero como ya es de noche (joder, son las cuatro de la tarde…) nos quedamos a medio camino, en un albergue-bar que hay para los excursionistas y montañeros que deciden quedarse pateando aquella zona. El sitio tiene una pinta tremenda (y parece que unas vistas estupendas también, por lo que puedo intuír con la escasa luz que queda). Dentro está decorado al más puro estilo rural de la zona, con aperos de labranza de los de allá colgados del techo, aves disecadas, flores secas y demás parafernalia. Steiper pide (ni puta idea de lo que está diciendo, escepto nosequenbier y bratwurst) pero yo me fío, total aquí no creo que haya bocadillos de calamares. Al cabo llega el camarero con unas jarras de cerveza oscura. Mamá Steiper me explica que la cerveza la hacen los monjes del monasterio y que a diario se bajan unos cuantos barriles para los clientes. Joder, cerveza artesanal de la de verdad en medio de Alemania… cada vez me siento más alemán. Al poco el camarero trae también una salchicha tremenda y un coso que es así como una pizza pero sólo de cebolla que debe ser típica de la zona. Y está todo buenísimo, pardiez. Allí seguimos hablando un rato hasta que volvemos a casa, recogemos los trastos y nos vamos a la estación a coger el tren de vuelta a Bonn.

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El cumpleaños de mamá Steiper

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En realidad la familia Steiper no vive en Fulda, sino en Tiefengruben, un pueblecito de no más de 200 habitantes a pocos kilómetros de Fulda. Al parecer la máxima atracción del pueblo era la panadería, pero hace poco que la derrumbaron. Hay una iglesia pequeñita que no es nada del otro mundo y el sector terciario de la población se reduce a un bar.

En casa de Steiper saludamos a mamá Steiper y a abuela Steiper. Mamá Steiper habla un poco de español, lo que siempre es útil cuando uno tiene un alemán tan chapucero como el mío. Me enseñan la casa (pedazo de casa, por otra parte) y el último juguete de papá Steiper: un tractor. Al parecer se compró el tractor cuando estaban a punto de desguazarlo y lo está arreglando poco a poco. Ya anda, y Steiper no puede evitar la tentación de dar unas vueltas por el campo.

Tiefengruben

Nos vamos a dar una vuelta por el pueblo hasta las siete, que es cuando hemos quedado para cenar. Según andamos, Steiper me va diciendo quien vive en cada casa, y joder, son todos familia: tio Steiper, abuelo Steiper, prima Steiper… el pueblo tenía que llamarse Steipergruben, pardiez. Además me dice que ha habido problemas en la familia y que sus tios se llevan fatal entre ellos. Y encima, uno de ellos es el que tiene el bar del pueblo, al que lleva más de 15 años sin ir. Pero yo me empeño en ir, y el Steiper cede. El bar es muy pequeño, y podría ser el clásico bar de pueblo de cualquier pueblo de España salvo porque la gente habla raro y la decoración, aunque escasa, es alemana. Nada más entrar el camarero nos mira raro y empieza a hablar con Steiper. Sale una señora de dentro y también se pone a hablar con él. Me miran y llego a captar un “mein Freund aus Spanien”. Total, que estamos allí casi una hora hablando con tipos rarísimos hasta que nos vamos. Camino de casa Steiper me va diciendo que todos esos del bar no se hablan con su familia desde hace años pero que esto puede ser el principio de la reconciliación. Narices tiene, que tenga que venir un español a arreglar familias. “El pacificador”, me llama. Además dice que al principio los del bar pensaban que yo era alemán, del pueblo de al lado, Hattenhof (¡mamá, soy ario!). Desde entonces por allí soy conocido como Schorsch aus Hattenhof.

Cuando llegamos a casa ya está parte de la familia por allí y sigue llegando gente cada poco. Bajamos a la bodeguilla que tienen en el sótano y nos damos a la fiesta. Para comer hay un zillón de cosas alemanas que están buenísimas: carne asada, patatas asadas, ensalada de col, arroz con almendras y piña, ensalada de fiambre, Frikadellen con champiñones y nata, cerveza como para alicatar tres cuartos de baño y demás. A la media hora yo me siento ya más alemán que la leche, la verdad es que la cena es de lo más típico que uno se puede echar a la cara en aquella zona. Entre el inglés, un poquito de alemán y las traducciones que se curra Steiper consigo más o menos comunicarme con la gente, sobre todo con un tío austriaco de Steiper que es la bomba. Él es de la zona de Salzburgo, y como conozco la ciudad tenemos tema de conversación para un rato. Más cerveza. Cuando está toda la gente voll gesoffen y voll gefressen (con el pedo y hasta arriba de comida) el tío austriaco se arranca con unas canciones tirolesas (o sea, el aquivalente de Mi Carro pero en austriaco). Yo lo estoy flipando. Ahora toda la familia empieza con canciones típicas alemanas y gracias al FSM tienen un librillo con las letras. El Steiper me lo pasa y me uno a las canciones (aunque no tengo ni puta idea de lo que estoy cantando). Más cerveza. A estas alturas del baile ya no me importa nada, hablo alemán, inglés, sueco, swahili o lo que se me ponga por delante y con quien se me ponga por delante. Va a ser mejor irse a Fulda de fiesta antes de que me nombren persona non grata en Tiefengruben (aunque con el ciego que lleva la familia Steiper lo mío es anecdótico).

Nos vamos a Fulda con unos tíos de Steiper, y nos dejan en el centro de la ciudad, en la zona de bares. Nos metemos en un garito normalillo, podría pasar por español sin problemas excepto por los clientes, que son todos, obviamente, alemanes. Hay unas ciervas de preocupar, yo emigro fijo. Nos tomamos unas copas y al poco suena el teléfono de Steiper, unos amigos suyos están de fiesta en el Habana, otro bar de por allí. Llegamos y la música es toda estilo latino, joder, nunca pensé de que me alegraría de escuchar a Alejandro Sanz. Allí conozco a Sebastian, metro noventa de alemán igual de majo que Steiper y que habla italiano, así que con este también me comunico. A estas alturas tengo un follón de idiomas en la cabeza que empiezo a mezclar palabras de todos los idiomas que conozco. Hay una pavina amiga de Steiper y me pongo a hablar con ella. Me dice el nombre pero obviamente lo olvido a los diez segundos. Está bien esto.

Pasamos por un par de bares más, uno de ellos muy chulo, con forma de teatro con su escenario, pista de baile abajo y un segundo piso donde nos ponemos en un principio. Al lado una pelirroja está bailando con un estilo que no parece propio de alemana, no se si me entienden. Las hormonas están ya revueltas revueltas.

Volvemos a Tiefengruben en taxi. Mañana hay que despertarse pronto (¿estos alemanes no duermen?) porque me van a llevar a ver el Observation Point Alpha, una base americana que había en la frontera con Alemania del Este, ahora reconvertida en museo.

menéame