Storage: Noviembre, 2006
Jueves, 30 de Noviembre de 2006
Camino de Fulda
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Me despierto a las 8:30 un tanto descolocado porque la kölsch sigue haciendo efecto. Al principio no se muy bien donde estoy pero a los dos o tres minutos aparece el Steiper:
-Vamos tío, que pegdemos el tgen!
Correcto. Me levanto a toda leche y me doy una ducha calentita. Al acabar, ya casi se me ha pasado la resaca. Joer, lo que tiene que no te den garrafón… Meto todo como puedo en la maleta y salimos para la estación. Pillamos el tranvía por los pelos. Me toca sacar el billete de la máquina porque el Steiper no se acuerda del número. Sí, si. Allí no hace falta sacar el billete de papel, mandas un mensaje a un número con el código de la parada y el billete te llega vía SMS. No nos queda nada que aprender, no.
Llegamos a la estación y pillamos el tren. Llega 10 minutos tarde, así que consciente de que quizás sea la única ocasión que se presente aprovecho para tomarle el pelo a Steiper:
-Ves, luego dices que si Alemania tal y si Alemania cual. Esto en España no pasa.
-Anda, calla, cabgón.
Pillamos un par de butacas muy cómodas e intentamos dormir un poco. Esta vez no es el niño cabrón el que no me deja dormir, porque allí hasta los niños son educados. Esta vez es es Rhin. Bajamos paralelos al río pasando por Koblenz y Mainz (donde el Main confluye con el Rhin) y giramos hacia Frankfurt, donde tenemos que hacer transbordo para coger el tren que va a Fulda. Durante el camino me quedo anonadado viendo el río (tiene hitos kilométricos como las carreteras, incluso postecitos cada 100 metros, y señales para marcar los “carriles”). Hay un huevo de barcazas surcando el río arriba y abajo, enormes y cargadas de contenedores, grava, cemento…

Antes de llegar a Frankfurt Steiper le pregunta a un revisor que cuanto falta. El tipo empieza a enrollarse (dregufen naj finferg eins wirgich fruggen kunfenung y esas cosas) durante unos diez minutos que se me hacen eternos, porque el palomo cada tanto me mira a mi como si estuviera entendiéndole algo. Yo le miro con cara de “tienes toda la razon del mundo” y cada tanto digo “ja, ja”. Cuando se va por fin el Steiper se descojona. Al parecer el tipo estaba quejándose de lo mal que está todo en Alemania (hay que joderse… le soltaba yo por Las Barranquillas para que se enterase de lo que vale un peine). El palomo decía que hay muchos impuestos y que había escrito una carta de coña a un diputado para sugerirle que pusieran un detector de pedos a cada alemán conectado por GPS al Reichtag para que cada vez que uno se tirase un pedo el aparato mandase una señal a Berlín y le descontaran un euro de la cuenta como impuestos. Bieeen, en Alemania también hay zumbaos. Menos mal.

(El alemán con cara de alemán de la foto es Steiper)
Llegamos a Frankfurt y quedan 40 minutos hasta que salga el tren para Fulda, así que aprovechamos para desayunar una bratwurst y una Bitburger. Estoy concentrado en la salchicha cuando oigo voces cantando en plan hooligan: al parecer hoy juega el Borussia de Dortmund contra el Eintracht de Frankfurt, y los seguidores de éste han ido a recibir a los de aquel a la estación. En poco rato la estación está llena de gente pegando voces, cantando cosas como el famoso “A por eeelloooos, ooooeee” (pero en alemán, a por elleeeen ooooeee). Unos van de rojo y otros como de verde fluorescente, pero la verdad no se cual es cual. Al principio me acojono porque parece que van a acabar dándose de hostias pero resulta que no, que estos no son ingleses y aunque vocean igual y beben incluso más se lo toman todo con más filosofía.
Salimos un momento de la estación para ver la calle, es la tercera vez que estoy en Frankfurt y tengo ganas de pisar la ciudad, las otras veces no salí del aeropuerto. Desde la puerta de la estación Frankfurt parece una ciudad alemana más, si no fuera por los inmensos rascacielos que se ven hacia la zona financiera. No en vano los alemanes la llaman Mainhattan (juego de palabras entre Manhattan y Main, el rio que pasa por allí). En ese momento pasa un tipejillo con una gorra ridículísima y a Steiper se le iluminan los ojos. Se va corriendo hacia él y empieza a preguntarle no se qué. Al rato vuelve descojonándose de la risa:
-Jodegg, peggo tu has visto que tipo más ggaggo? Tenía que tomagle el pelo un poco.

En fin, volvemos a la estación y al rato llega el tren. Pillamos unas butacas y nos dormimos un rato (¡por fin!). Unos cuarenta minutos después llegamos a Fulda. Fulda es una ciudad pequeñita, de unos 60.000 habitantes, que está en Hessen, cerca de lo que era la frontera con la Alemania del Este (o sea, la Alemania profunda), y el paisaje es espectacular, colinas verdes y bosques en todas las tonalidades otoñales. Nos está esperando papá Steiper para llevarnos a casa: esta noche celebramos el cumpleaños de mamá Steiper con toda la familia. Miedo me da.
Mircoles, 29 de Noviembre de 2006
Por fin, entre los berridos de la mala bestia que llevaba detrás y las tordas de adelante que vuelven a la carga con sus parrafadas sobre Gran Hermano aterrizamos el el aeropuerto de Köln-Bonn. Son las 21:55 y voy corriendo hacia la zona de recogida de equipajes en busca de mi maleta, que misteriosamente llega sin ningún problema. A la salida me espera Steiper (la verdad es que esto de viajar teniendo un guía aborigen es la puta clave, y más considerando que mi alemán da para pedir un par de cervezas y poco más) y vamos a la estación de trenes del aeropuerto. Por cierto, empiezo a flipar un poco con la organización y la limpieza del aeropuerto y la estación, todo es muy moderno y mola un huevo. Steiper, que es un juergas de cuidao (no en vano ha vivido más de tres años en España), me dice que hemos quedado en Köln con una amiga que llega de Hamburgo y otra que viene de Bonn.
-¿Bonn? ¿No es ahí dónde vives tu? ¿No vamos a dejar la maleta?
-Si tío, peggo si vamos a dejag la maleta peggdemos mucho tiempo y hay que apgovechar pagga tomagg unos cañines.
Total, que llegamos a la estación de Köln y buscamos la consigna para dejar la maleta. La consigna (Schließfach, me flipa la palabra) es como un cajero automático con una pequeña puertecita. Cuando echas las monedas se abre la puerta, metes la maleta y algún extraño mecanismo alemán la guarda donde toque. A cambio la máquina me devuelve una tarjeta con banda magnética en la que dice que mi maleta está en el puesto 10129. No me fío, pero si la máquina esa es alemana malo será que no funcione bien.
-En gealidad no es automática, temenos a unos polacos ahí abajo cuggando - dice el cachondo de Steiper.
Nos vamos al andén del tren que llega de Hamburg y llega Julia, una chica guapa, morena, delgada, simpática (no se parece en nada a la alemana que nos imaginamos todos) y que trabaja de organizando movidas para uno de los teatros principales de la ciudad. Cambiamos de andén y recogemos a Tina, que acaba de llegar de Bonn. Tina es ya la alemána típica, rubia y también bastante guapa, pero es un poco más baja que yo (lo que viendo como está el percal en esa zona tranquiliza, tengo el cuello roto de mirar para arriba y eso que acabo de llegar… ahora entiendo al Spike). Además las dos hablan inglés, así que malo será que no pueda comunicarme mínimamente con ellas.
Salimos de la estación y justo enfrente está la catedral, más gótica y mas grande que la madre que la parió. Realmente impresiona. Es de noche y no me paro mucho tiempo mirándola porque vamos al trote a tomar unas cañas.

-La catedgal mola, ¿eh? Peggo vamos que ya la veggás otgo día que hay que ir a tomag unos cañines - dice el Steiper. En cada frase que pronuncia Steiper siempre está la palabra cañín o algún derivado. Estos alemanes son la hostia.
Nos metemos en un bar lleno de barriles de cerveza, y nos pedimos cuatro kölsch. La kölsch es la cerveza típica de Colonia y se sirve en vasos de 20cl, un tamaño bastante comedido teniendo en cuenta que yo estaba acostumbrado a los Maß de Baviera. Es una cerveza suave que entra muy bien -yo de hecho las prefiero un poco más fuertes- pero ya que estoy aquí no me voy a pedir una Mahou. Así que leña al mono hasta que hable alemán, una kölsch, otra, otra… y así hasta que Tina y Steiper empiezan a hablar en alemán (weunfruken ajten flujen ach sunf dgriden, o algo así) y Steiper va hacia la barra y vuelve con otras kölsch y un chupito de trigo que por supuesto me echo al coleto después del Prost! de rigor. Colonia me está gustando, si señor.
Tenemos algo de hambre así que nos metemos en un sitio de comida rápida. Me acomoda el concepto de comida rápida alemana: cienmil tipos de salchichas para elegir, kebab y algunas otras cosas que no he visto en la vida. Me fío de Steiper y nos pedimos una curry bratwurst mit pommes que está buenísima (y una kölsch, por supuesto). Estamos de charla un rato hasta que cambiamos de sitio y nos vamos a un bar ya más estilo pub. A la entrada hay tres ciervas de las que quitan el hipo (¡viva Alemania y la madre que la parió!, voy pensando) pero tampoco vamos a hacer un feo a las chicas así que los cuatro nos vamos al fondo. Nos pedimos unas copas que cuestan relativamente poco (5€). Luego otras, luego otras… y así.
Más tarde nos vamos a otro sitio que, según me dicen, debe ser lo más autóctono que hay en la ciudad. Y efectivamente, imagínense un clásico bar castellano pero con decoración alemana. Tipas de cuarenta o cincuenta años borrachísimas bailando solas, y tipos de todas las edades y barriga cervecera de las de toda la vida apoyados contra las paredes a punto de caerse. Música en plan Immanuel Escobaren, der Farisch, Röcio Juraden o como se llamen los cantantes típicos de allí. Incluso en un momento (kölsch va, kölsch viene, haganse cargo) empiezan a sonar los primeros compases de Ti Amo, de Umberto Tozzi. Me preparo a quedar como el que sabe idiomas cantando en italiano cuando… resulta que es una versión en alemán. Lo más kitsch que he oído en mi vida: “Tiii aaaamoooo, ich liebe dich tiiii aaaamooo”. Una pasada. Entre eso y la gente del bar, no doy crédito. Si vienen a este bar igual hasta Jenny, Fanny y Choni pillan cacho.
A la pobre Julia se le cierran los ojos entre el alcohol y el sueño, la noche anterior tenían estreno en el teatro y trabajó hasta muy tarde y además hoy se ha levantado pronto, así que nos compadecemos y decidimos irnos a Bonn a dormir. Vamos hacia la Hauptbahnhof, Steiper intentando que Julia no se duerma y yo charlando con Tina, que cada vez me cae mejor… Recogemos las maletas (oye, niquelao, metes la tarjetita, esperas quince o veinte segundos y sale tu maleta. A saber que carajo hubiera salido si la máquina fuera española). Entramos en el tren (allí los trenes funcionan a todas horas) y apenas nos sentamos Julia se duerme definitivamente. Al otro lado del pasillo se sienta una grunge, luego una alemana superpija y estupenda con una minifalda muy… muy pequeña y al poco entran dos alemanes dando tumbos pero de buen rollo y se sientan con las dos ciervas. Empiezan a hablar y Steiper se une a la conversación. Yo intento meter baza en alemán envalentonado por los efluvios de la kölsch, y juraría que hasta me entienden algo. La superpija buenorra saca una botella de vodka, rellena con él el tapón y me lo pasa. A esas alturas ya me creo todo, así que Prost! y al gaznate. Que acogedores son estos alemanes, leche.
Quince minutos y una botella de vodka después llegamos a Bonn. Camino a casa (son las 5:30) Tina busca un bar que pilla de camino para tomarnos la última copa, pero cuando llegamos están cerrando. Así que nos despedimos (ya nos veremos, a ver si venís por España, ya te aviso cuando vuelva yo a Alemania, esto no queda así, etcétera) y ellas se van hacia casa de Tina y yo a casa de Steiper. Decidimos ir andando (cae a diez minutos) pero el alemán se me cansa y cogemos un taxi a medio camino. El taxista saluda con cara de perro y nos lleva dos manzanas más allá. Cojones tiene.
Ya en casa nos tomamos unos chupitos de café mientras nos contamos las vidas. Mañana nos vamos a Fulda al cumpleaños de la madre de Steiper, y yo me pregunto si me dará tiempo por la mañana a ver un poquito la catedral de Colonia.
-Peggo qué dices, tío. El tgen pagga Fulda sale a las 9:50 de la mañana.
-No me jodas Steiper que son las seis… no vamos a dormir una mierda.
-Ya, peggo no queggás pasagte el fin de semana en Alemania dugmiendo, ¿no? Ya dogmiggás el lunes en España, que ahogga tenemos que apgovechag el tiempo.
Y es que tiene más razón que un santo, el hijoputa.
Martes, 28 de Noviembre de 2006
La Jennifer, la Fanny y la Choni
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Siempre me llamó la atención Alemania. He estado un par de veces en la Oktoberfest, pero como podrán suponer no pude empaparme de la cultura alemana tanto como me hubiera gustado (más bien me empapé en cerveza), así que tenía pendiente hacer algunos viajes a la tierra teutona en un tono más… eroticofestivogastronomicocultural, si me permiten el palabro. Aprovechando que mi amigo Steiper (alemán él) acaba de ser trasladado de Madrid a Bonn y que Germanwings tiene unas ofertas tremendas, el viernes me lié la manta a la cabeza y me fui para allá.
Había llevado la maleta al trabajo, así que me fui directamente desde allí al aeropuerto. Desde que han abierto la terminal 4 las otras tres están un poco tristes, ya que salen muy pocos vuelos desde allí comparado con como estaba la cosa el año pasado. No obstante mejor, porque no se montan las colas que había antes. Como llegué con tiempo de sobra estuve dando un paseíto recordando tiempos más viajeros hasta que me acerqué al mostrador de facturación de Germanwings.
Ya en la cola me entra el pánico: una pareja lleva un niño. Estos seres que ya de por sí son harto peligrosos en tierra, en el aire multiplican por mil sus efectos devastadores al ser un sitio pequeño, cerrado y del que no puedes escapar. Empiezan los sudores frios: el niño del avión suele caer como mucho a tres butacas de mi, parece que tengo un maldito imán para críos llorones. Así que me voy corriendo hacia la puerta de embarque porque en estos vuelos de bajo coste los asientos no van numerados, en busca de un lugar donde hubiera pocas probabilidades de que se sentara el maldito niño: a la altura del ala, justo al lado del motor. Las madres se suelen empeñar en sentarlos en las primeras filas por vete tu a saber que extraña razón.
Craso error. El avión despega e intento cerrar los ojos, pero me pierdo en la conversación de las tres tordas que van sentadas en la fila anterior. Jennifer, Fanny y Choni, fijo. Tres pavas que miedo me dan, entre treinta y cuarenta años, la Jenny con el chandal verde recién planchado a juego con una chaqueta de punto rosa, Fanny con sus vaqueros del Lidl y un top ajustado que apenas consigue retener las lorzas que orbitan donde la gente normal tiene la cintura y la Choni con unos pantalones grises ajustados, demasiado ajustados (talla 58 o así, háganse cargo) y camiseta roja de tirantes que deja entrever la pelambrera del sobaco (es que esta gente no tiene axilas, tiene sobacos, en serio). Parecen un extraño híbrido entre las Spice Girls y las Supremas de Móstoles, maruja mix. Y lo mejor es la conversación, a gritos, sobre los últimos amoríos de Belén Esteban, no se qué de un crítico que sale en Operación Triunfo y que si la Mari está liada con uno de Parla y que mi Kevin me saca muy malas notas. El colmo de lo cutre, se lo juro. Como éstas pretendan pillar cacho con un alemán macizorro verdes las han segado, pienso yo mientras me sacudo la caspa que me cae encima desde los asientos de adelante.
Pasa la azafata (más alemana ella que una bratwurst dentro de una jarra de cerveza cantando el Deutschland über alles) preguntando si queremos algo de beber, previo pago, por supuesto, por 46€ que me costo el billete tampoco les vas a pedir Dom Perignon. Ojeo la lista de precios y localizo una cerveza que se llama Früh Kölsch que cuesta 2,50€. En condiciones normales no pagaría tanto, pero esa no la había probado nunca (aunque luego ya en Alemania bebí, ejem, unas cuantas) y además necesito algo para olvidarme de las tres tordas de adelante, así que pido una. Mis queridas amigas piden de todo: un trozo de pizza, un par de cervezas cada una, chocolatinas varias… y no contentas con eso sacan unos bocadillos envueltos en papel de aluminio y una bolsa de patatas fritas del Dia. Joder, ¿es que no pueden estar dos horas de nada sin comer? Sólo falta la hogaza de pan y la gallina en la jaula, en serio.
Parece que las cervezas calman a la Jenny, la Fanny y la Choni y a mi me empiezan a pasar factura la Kölsch y el cansancio (llevo despierto desde las 6:30 de la mañana) así que intento dormir un poco. Hay algo de silencio y quedan unos 40 minutos para aterrizar en Colonia, así que una siestecita vendría estupendamente para aguantar luego la noche, que promete. Cierro los ojos y voy entrando en ese punto medio real medio irreal en el que se está antes de caer dormido. Pero de repente escucho un “UAAAAAAA” atronador a mis espaldas que hace dar un salto tal que si no llevara el cinturón de seguridad abrochado me hubiera empotrado contra el respaldo del asiento de la Jennifer. Confundido y al borde del paro cardíaco me doy la vuelta en busca del cerdo al que están degollando, pero no hay tal cerdo; sólo el madito niño cabrón que, para variar, se había sentado justo detrás de mi (cómo habrá hecho el hijoputa para llegar hasta allí sin que me diera cuenta) y tiene cara de no parar de llorar hasta tomar tierra. Maldita sea mi estampa y mi suerte en los aviones.
Martes, 21 de Noviembre de 2006
¡Que vienen los chinos!
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Si es que hay un huevo de chinos en el mundo. Sólo en China hay más de 1.300 millones de chinos (según la Wikipedia), y además supongo que habrá que añadir los que hay desperdigados por el mundo, bien sea en forma de china con rosas o deuvedés, vendedor de tienda de todo a cien, rollito de primavera o pollo con almendras.
China no es precisamente el paraíso de los trabajadores, por muy república popular y muchas hostias en vinagre que se llame. China es un régimen dictatorial al que le importa un carajo sus ciudadanos y se rige desde el punto de vista de la macroeconomía: si para ganar unos milloncejos tienen que palmar cuatro chinos, que palmen. Total, tengo más… Así pues la politica social se limita a prohibir tener más de un hijo (o dos en las zonas rurales, si la primera ha sido niña), y yo creo que porque no dan abasto para exterminarlos.
Situemos ahora al país dentro de la economía global, y metámonos dentro de la cabeza de un preboste chino. ¿Qué puedo hacer para aumentar la riqueza de mi país (digo… la mía, mira que estoy tonto)? Pues por una parte como los medios de producción los tienen las empresas extranjeras, voy a ofrecerles mano de obra barata y un mercado enorme. Que vengan aquí, que fabriquen sus productos aquí por cuatro chavos y luego los vendan por igual al primer mundo y al propio mercado chino, y así ganamos todos menos los chinos y los ciudadanos del primer mundo.
Y si que perdemos, si. Estamos destruyendo una parte estratégica del tejido industrial europeo (me voy a centrar ya en Europa) que nos es muy necesaria: ahora mismo podemos permitirnos comprar, por ejemplo, toda la tela a China, pero… ¿qué pasa si los chinos suben los precios? pues que al no tener una industria textil con la que competir, nos tienen agarrados por los, ejem, huevos. Que sí, que nosotros podríamos hacer lo propio con los teléfonos móviles y los ordenadores, pero es que ya empezamos a tener también allí las fábricas de alta tecnología. Y no sólo de bancos vive Europa, por mucho que nos pongamos.
La solución, digo yo, sería no aceptar importaciones desde países donde no se respetaran los derechos humanos (mira, así nos quítabamos a Estados unidos de un plumazo) y que los trabajadores chinos tuvieran unos sueldos similares a los europeos para que los costes de producción fueran más elevados. O poner unos aranceles tan altos como sea necesario para que sea rentable seguir produciendo juguetes en Alicante, Milano o Estocolmo. Porque hasta que no hagamos eso, estamos destruyendo poco a poco la industria de base europea y además explotando a los chinos (si, señora, usted que compra esos productos de saldo en el todo a cien también es culpable de que la gente de allí no tenga apenas para vivir pese a que trabajan 12 o más horas al día, y yo también lo soy).
No soy economista, y no tengo ni puñetera idea de como funcionan estas cosas. Pero, la verdad, estoy un poco acojonado con las perspectivas económicas a medio plazo. Cuando todos los países del sudeste asíatico (a los de África los tenemos bien agarrados, y nos hemos comprado Sudamérica antes de que levanten cabeza) se pongan firmes, nos vamos a ir todos al carajo. ¿Alguien en la sala que sepa algo de esto?
Martes, 14 de Noviembre de 2006
La poesía de hoy
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Estaba yo hace un rato desayunándome una noticia sobre Joaquín Sabina, quien parece que dijo algo como:
Los poetas de hoy han perdido un poco el llamado de su tiempo. Creo que ya no escriben para la gente de la calle, para las multitudes, para los que están en los bares, y por eso la canción está cumpliendo la función de los poetas.
Y yo, como me gusta provocar, voy a estar de acuerdo. Qué quieren que les diga, salvo algunas excepciones que merecen salvarse de la hoguera la inmensa mayoría de los poetas actuales no me gustan un carajo. Hay mucha gente a la que le gusta el halo bohemio de la poesía y un buen día decide escribir un poema, fundamentalmente siguiendo estas normas:
- Busca un tema bonito o que empuje a la lágrima: cuánto te quiero, cuánto te echo de menos, cómo mola pasear por la playa en invierno, etcétera.
- Por supuesto, no intentes tener una visión global del poema. Tú tira millas y pon lo que se te vaya ocurriendo: “Aún recuerdo aquellas tardes en las que tu y yo de la mano paseabamos por la playa, y aunque hacía frío yo no lo notaba porque estaba contigo”. Más o menos.
- Intercala unas cuantas palabrejas de estas que se consideran poéticas: “silencio”,”ocaso”,”soledad”,”corazón” (¡corazón es fundamental!) y demás; elimina las que se parezcan a las que usa la gente al hablar: “Recuerdo aquellas tardes silenciosas en las que paseábamos por playas solitarias, y tu corazón aliviaba el frío del ocaso”.
- Por supuesto, pasa todos los adjetivos delante de los nombres: “Recuerdo aquellas silenciosas tardes en las que paseábamos por solitarias playas y tu corazón aliviaba el frío del ocaso”.
- Como has visto en algún libro que la poesía no es escribir así, todo seguido, sino en frases cortitas una debajo de la otra, agarra lo anterior y dale forma. Como te venga en gana, no hace falta tampoco comerse mucho el tarro:
Recuerdo
aquellas silenciosas tardes
en las que
paseábamos por solitarias playas
y tu corazón aliviaba
el frio
del ocaso
¿A que es fácil? Pues les juro que hay gente que escribe cosas de este pelo… ¡y las publica! En fin, mi querido don Francisco seguro que les dedicaría unos endecasílabos resumiendo todo el asunto con mucho arte y mucha retranca, pero servidor no es don Francisco. Reconozco que algunos versillos si que he escrito, pero me avergüenzo sobremanera si tengo que mostrarlos ante un público que no sean mis amigos, y aún así la ayuda de unos azumbres de vino siempre me vino bien para perder el respeto que se le debe a nuestro idioma. Incluso a lo mejor algún día si me da por escribir alguna entrada a las tantas de la mañana puede que cuelgue aquí algún sonetillo de cosecha propia. Ya veremos. Pero lo que tengo claro es que no puedo considerarme ni poeta ni escritor. Ni lo pretendo.
Antes de que la gente se de por aludida y me eche los perros: no toda la poesía actual da tanto asquito, hay cosas muy interesantes (si pueden, sigan las recomendaciones que hace en su blog mi querido Barrueco). Pero me gustaría ver un soneto, un romance o incluso una modesta redondilla escrita con las palabras de la gente de la calle. O un poema de verso libre que tenga algo de ritmo y no corte los versos aleatoriamente (salvo que el autor sea un gurú del ultraísmo, pero me da que de ésos los justos). Pero creo que voy a tener que seguir buscando…
Lunes, 13 de Noviembre de 2006
Neruda
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A veces cuando se buscan palabras te das cuenta de que alguien las ha encontrado antes. Así que hoy prefiero ceder la pluma a don Pablo:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: La noche esta estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
Viernes, 10 de Noviembre de 2006
El Descodificador
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No suelo ser muy dado a posts cortitos que referencian a otros blogs, ya hay millones de páginas así, pero hoy debido a mi lamentable estado resacoso (hay jueves que se empeñan en ser sábados) y a que Emilio Aragón del Buen Rollo y el Amor Fraterno ha tenido los santos huevos de versionar nada menos que a Bach (atrevida es la ignorancia), no puedo evitar citar a Javier Pérez de Albéniz, que escribe diariamente un blog sobre televisión en ElMundo.es. La crítica de hoy es impagable, y me voy a permitir reproducir el primer párrafo:
Se considera sacrilegio cualquier tipo de profanación, daño o tratamiento irreverente hacia algo que se considera sagrado. Coger una partitura de Mozart, de Mahler, de Bach o de Tchaikovski y ‘chinchimpunearla’, es decir, grabarla de manera que resulte comercial, no es un sacrilegio. Es un crimen contra la humanidad y debería ser juzgado por un Tribunal Internacional. ¿Pena de muerte? Pues en estos casos igual sí…
Por favor, lean el artículo completo. Hago mías todas y cada una de sus palabras.
Martes, 7 de Noviembre de 2006
Cosas de la edad
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Hace pocos días ha sido mi cumpleaños, y con él ha llegado otra vez la evidencia de que el tiempo pasa -o quizás nosotros pasamos por él- lentamente pero con paso firme. El día del cumpleaños de uno debería ser un día sin más, al fin y al cabo sólo pasa un día desde el anterior, pero los humanos tenemos esa tendencia a agrupar y celebrar el tiempo por lotes: meses, años, siglos, milenios. Y debido a esto cuando uno cumple años no puede evitar ponerse a pensar sobre su vida, sobre lo que lleva hecho en este mundo y lo que queda por hacer, como si tuviera que presentar ante el destino la cuenta de resultados.
Pues bien, vamos a ello.
No me siento viejo. Decía un amigo que eres viejo cuando tienes más recuerdos que ilusiones, y aunque la cabeza de me va poblando de situaciones vividas y pasadas, las ilusiones siguen estando en mayoría.
Hay cosas que hice de las que me arrepiento, pero tampoco muchas. Me arrepiento más de las que no hice, pero espero solucionarlo.
He sido feliz. Ya se que vende más ser un desgraciado, pero tengo una familia maravillosa, unos amigos increíbles y no me puedo quejar de nada que realmente tenga importancia. Los pequeños momentos de tristeza han sido la anécdota.
Mi trabajo me gusta. Me divierto y además me ha permitido conocer otros paises. Cuando se acabe el proyecto actual supongo que no tendré problemas para cambiar de empresa, y además parece que este negocio tiene futuro.
No he viajado bastante. No voy mal, pero el tiempo pasa y hay demasiadas cosas que conocer. Intentaré ir poniendo remedio a esto, de momento en un par de semanas me iré a Alemania.
No suelo abrir mi corazoncito demasiado a menudo y quizás soy demasiado exigente. Este puede ser un buen año, por cuestiones que no vienen al caso, para cambiar esa actitud.
Cada vez soy más intransigente con según que cosas… y eso es bueno.
Me he dado cuenta de que necesito más cariño del que estoy dispuesto a reconocer. Bueno, ahora ya me lo reconozco a mi mismo, malo será que en unos años no lo reconozca ante los demás.
Mi filosofía de “el fin último de la vida es ser feliz” es totalmente cierta. De momento.
Tengo que dejar de dar bandazos con las cosas que inicio. Tengo que ser capaz de empezar algo (por ejemplo, a estudiar alemán) y seguir adelante cueste lo que cueste. Claro, que esto no significa abandonar todo lo demás, la curiosidad me puede.
Siento mucho no haber pasado más tiempo disfrutando de mis padres, pero las cosas han venido dadas así. Ahora que los tengo más cerca intentaré aprovecharlos más.
Alguna cosilla si que tengo que arreglar… pero eso es privado :)
Ahora, repasando lo que llevo escrito, confirmo que aun me quedan muchas cosas por hacer y mejorar, así que perdónenme si me incluyo de nuevo entre los jóvenes. Leche, cuando empecé este blog lo consideré una especie de terapia y si que funciona, si. Mano de santo.





