Martes, 19 de Septiembre de 2006
Siempre ella en la memoria
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Era septiembre, y después del verano volvÃa a mi colegio en Ibiza para empezar otro curso. Yo tenÃa once o doce años y aún vivÃa en ese mundo de ensueño en el que viven los niños.
Al llegar a clase saludé a mis compañeros. Cómo te ha ido el verano, dónde has estado de vacaciones, etcétera. Y entonces vi sentada en una de las mesas de adelante a una chica nueva. Era más bien bajita, menuda pero no excesivamente delgada, con el pelo largo, liso y castaño enmarcando un rostro dulce donde convivÃan una sonrisa ingenua y una mirada despierta e inteligente que parecÃa absorber la esencia de todo aquello donde se posaba.
Yo ya habÃa despertado a la sexualidad (en Ibiza es complicado no hacerlo, cuando el sexo es uno de los temas recurrentes todos los veranos) pero lo que sentà por aquella chica no tenÃa nada que ver con lo que me sucedÃa viendo a otras. No era un atractivo puramente sexual, habÃa algo más. Por aquellos entonces no lo sabÃa, pero lo que me estaba pasando es que me habÃa enamorado. Los flechazos existen.
Luego la conocÃ, aunque cada vez que hablaba con ella me costaba horrores no ruborizarme. No me salÃan las palabras, se me aceleraba el pulso. Pero poco a poco llegué a contener los sÃntomas, aunque no mucho: era bastante tÃmido, y continúo siéndolo. Luego la conocÃ, decÃa, y cada vez me gustaba más. Mis otras compañeras de clase eran de educación discutible, por decirlo suavemente -años después supe que casi todas ellas no llegaron a los veinte años sin embarazos no deseados, problemas con las drogas, la justicia o similares- pero ella no. Ella tenÃa una educación todo lo buena que se puede tener a esa edad sin llegar a ser una cursi. Sacaba muy buenas notas en clase, pero nunca nadie la trató como a una empollona porque era tremendamente simpática (pero no demasiado) y caÃa bien a todo el mundo. A los chicos y a las chicas. Incluso algunas veces acabé hablando con ella sobre lo que habÃamos estudiado en clase, algo impensable para las demás que se preocupaban únicamente de cuánto les habÃan crecido las tetas esa semana. Siempre estaba alegre, y cuando nos quedábamos jugando por su barrio (se desarrolló en mi una curiosa tendencia a pasar cerca de su casa a la menor ocasión) y la veÃa aparecer el corazón me daba un vuelco, pero su sonrisa aliviaba todo lo que me turbaba. Fue la primera chica en hacerme sentir sereno sólo con tenerla al lado. Nunca le dije cuánto me gustaba, pero creo que lo sabÃa. Siempre lo saben.
Se llamaba Ana.
Los pocos años que nos quedaban el el colegio pasaron volando, y luego fuimos a diferentes institutos. No la volvà a ver.
Desde entonces me he enamorado otras veces, con mejor o peor fortuna. Hay mujeres que me han llegado muy dentro y otras no tanto, pero todas a las que de verdad he querido comparten algo con Ana. Algunas incluso el nombre. Y la verdad, no se si es asà porque yo estaba destinado a que me gustase ese tipo de chicas, o si aún, después de tanto tiempo, sigo buscándo en cada chica que conozco aquellas sensaciones que ella me hizo sentir por primera vez. Si la sigo buscando.
22 de Septiembre de 2006 a las 14:57
HermosÃsimo relato..Doc.
Por mis experiencias con el amor te diré que no hay sensación mas hermosa que el recuerdo que nos deja lo inalcanzado.
Quizá si la hubieras tenido todo se hubiera arruinadoo no y ahora serÃas feliz.
Pero dentro de la duda queda el interrogante..y aunque no lo creas la posibilidad..el destino es tan caprichoso que puede ponerte frente a ella cuando menos lo esperes..
Te lo digo yo.
Saludos
23 de Septiembre de 2006 a las 18:32
Todos tenemos un recuerdo de esos, y si, seamos cursis, son muy bonitos, siempre te sale una sonrisa al recordar.
27 de Septiembre de 2006 a las 13:36
Mira por donde vengo a descubrir que tienes lado romantico. enhorabuena! Y que la busqueda de tu Ana te sea tortuosa, porque asi vale mas la pena.






Hay 3 comentarios sobre “Siempre ella en la memoria”
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