Storage: Septiembre, 2006
Martes, 26 de Septiembre de 2006
El hermano de Leonor
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O la hermana, que aún no se sabe el sexo, que no el género, del niño que van a tener los PrÃncipes de Asturias. Parece que doña Letizia (me cuesta horrores escribirlo con zeta) está embarazada otra vez, asà que en un principio, mi más sincera enhorabuena. Y no es coña.
Una vez terminados los cumplidos, vamos al asunto. Grande revuelo el organizado en torno a la posibilidad de cambiar la Constitución para que se altere el orden de acceso al trono de España y se permita que si el crÃo es crÃa preceda a su hermano menor. Ya saben que hasta ahora es el varón de mayor edad el preferido, y las infantas sólo acceden a la lÃnea sucesoria si no tienen hermanos. Pues bueno, pues vale. Pero permÃtanme que me desternille cuando el argumento para este cambio es que no haya discriminación de sexo, que no de género, en los derechos al trono y encima argumentan que eso es lo que dice la Constitución.
Atentos a la sutileza del asunto: Hay que cambiar la Constitución porque se contradice, o sea, porque es anticonstitucional. Tela. Aún asà esto tendrÃa una fácil solución, se hace el apaño que se está planteando y listo. Pero es que el punto ese de la discriminación (tÃtulo 1, capÃtulo segundo, artÃculo 14) dice precÃsamente esto:
Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.
¿Qué hay de esa discriminación por razón de nacimiento? ¿No es intrÃnsecamente incompatible con la existencia de una monarquÃa?
A ver si nos ponemos las pilas y dejamos de cogérnosla con papel de fumar. Existe una cosa que se llama status quo, tampoco estoy yo aquà clamando por la república: hay cosas más importantes que hacer en España que discutir sobre el modelo de Jefatura del Estado cuando el actual funciona decentemente, o casi. Que dejen las cosas como están, o que las cambien si quieren para que sea la Infanta Leonor la que herede el tÃtulo de Princesa de Asturias, que me la trae al pairo siempre que sea quien sea se prepare para el trabajo que tiene que hacer. Y si no le gusta, que abdique. Los Reyes, al fin y al cabo, también son mis empleados. Pero que hagan esos cambios sin darle tanto bombo al asunto que no tiene tanta chicha la cosa, sobre todo ahora que la monarquÃa tiene un papel meramente representativo y la podrÃamos mandar a paseo si la gente estuviera en su mayorÃa convencida de ello (que yo creo que ahora mismo no lo está, ya que son pocas las voces que se oyen promoviendo un referéndum para la instauración de la república). Que lo importante no es que el Rey sea el hermano o la hermana, sino que el que toque cumpla bien con su trabajo.
En otro orden de cosas, estoy preocupado ya por la brasa que nos van a dar los medios de comunicación con el embarazo y demás. Me parece que voy a pasarme un añito o asà sin ver la televisión y leyendo los periódicos españoles con mucho cuidado, que una cosa es informar y otra dar la paliza al pobre ciudadano. Menos mal que tengo cosas mucho más importantes que hacer que estar pendiente del embarazo de doña Letizia, como por ejemplo bajar al bar a tomarme una cañita y un pincho de tortilla.
Martes, 19 de Septiembre de 2006
Siempre ella en la memoria
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Era septiembre, y después del verano volvÃa a mi colegio en Ibiza para empezar otro curso. Yo tenÃa once o doce años y aún vivÃa en ese mundo de ensueño en el que viven los niños.
Al llegar a clase saludé a mis compañeros. Cómo te ha ido el verano, dónde has estado de vacaciones, etcétera. Y entonces vi sentada en una de las mesas de adelante a una chica nueva. Era más bien bajita, menuda pero no excesivamente delgada, con el pelo largo, liso y castaño enmarcando un rostro dulce donde convivÃan una sonrisa ingenua y una mirada despierta e inteligente que parecÃa absorber la esencia de todo aquello donde se posaba.
Yo ya habÃa despertado a la sexualidad (en Ibiza es complicado no hacerlo, cuando el sexo es uno de los temas recurrentes todos los veranos) pero lo que sentà por aquella chica no tenÃa nada que ver con lo que me sucedÃa viendo a otras. No era un atractivo puramente sexual, habÃa algo más. Por aquellos entonces no lo sabÃa, pero lo que me estaba pasando es que me habÃa enamorado. Los flechazos existen.
Luego la conocÃ, aunque cada vez que hablaba con ella me costaba horrores no ruborizarme. No me salÃan las palabras, se me aceleraba el pulso. Pero poco a poco llegué a contener los sÃntomas, aunque no mucho: era bastante tÃmido, y continúo siéndolo. Luego la conocÃ, decÃa, y cada vez me gustaba más. Mis otras compañeras de clase eran de educación discutible, por decirlo suavemente -años después supe que casi todas ellas no llegaron a los veinte años sin embarazos no deseados, problemas con las drogas, la justicia o similares- pero ella no. Ella tenÃa una educación todo lo buena que se puede tener a esa edad sin llegar a ser una cursi. Sacaba muy buenas notas en clase, pero nunca nadie la trató como a una empollona porque era tremendamente simpática (pero no demasiado) y caÃa bien a todo el mundo. A los chicos y a las chicas. Incluso algunas veces acabé hablando con ella sobre lo que habÃamos estudiado en clase, algo impensable para las demás que se preocupaban únicamente de cuánto les habÃan crecido las tetas esa semana. Siempre estaba alegre, y cuando nos quedábamos jugando por su barrio (se desarrolló en mi una curiosa tendencia a pasar cerca de su casa a la menor ocasión) y la veÃa aparecer el corazón me daba un vuelco, pero su sonrisa aliviaba todo lo que me turbaba. Fue la primera chica en hacerme sentir sereno sólo con tenerla al lado. Nunca le dije cuánto me gustaba, pero creo que lo sabÃa. Siempre lo saben.
Se llamaba Ana.
Los pocos años que nos quedaban el el colegio pasaron volando, y luego fuimos a diferentes institutos. No la volvà a ver.
Desde entonces me he enamorado otras veces, con mejor o peor fortuna. Hay mujeres que me han llegado muy dentro y otras no tanto, pero todas a las que de verdad he querido comparten algo con Ana. Algunas incluso el nombre. Y la verdad, no se si es asà porque yo estaba destinado a que me gustase ese tipo de chicas, o si aún, después de tanto tiempo, sigo buscándo en cada chica que conozco aquellas sensaciones que ella me hizo sentir por primera vez. Si la sigo buscando.
Miércoles, 13 de Septiembre de 2006
Una noche cualquiera
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Madrid, Madrid. Creo que es una de las dos ciudades a las que he vuelto a vivir, y ésta ha sido por voluntad propia. Por algo será. Y si quieren se lo digo: por la fiesta. La noche madrileña es una maraña de gentes, locales, ambientes y putas negras que te asaltan por la calle que no tiene desperdicio. Y lo mejor de todo es que puedes elegir la zona a la que ir según el estilo que prefieras. Pero lo que más me gusta de las noches madrileñas es precisamente que uno sabe como empiezan, pero no como acaban. A veces. Otras son como todas, pero cada una tiene su gracia.
Sábado, 22:00. El Spyke y yo nos preparamos para salir de fiesta, apenas digerida la resaca del dÃa anterior. Ducha, afeitado, crema antiojeras, crema revitalizante (no se yo si le estoy pillando el punto a esto de la metrosexualidad…), camisa limpia recién planchada, un par de minutos delante del espejo ensayando esa cara de canalla que nunca tendré y se da la salida: metro y a Malasaña.
Llegamos a el primer bar, el Sabinas (realmente se llama Peor para el Sol, pero los nombres de los bares los eligen los clientes, ¿no?), un bar tranquilo a esas horas, con buena música y unos camareros simpáticos que te ponen unas copas estupendas por cinco eurines. Un sitio estupendo para charlar un rato, criticar a los amigos y echarte unas risas mientras preparamos una cama de ron al ron que vendrá luego. Al rato llegan unas ciervas de preocupar pero rodeadas por demasiados tÃos que además hablan muy alto. Nos vamos.
Estamos con ganas de cosas nuevas, asà que soslayando la rutina habitual nos vamos al Maderfacker. Está en la misma calle, un poco más abajo, y es un bar pequeño con fotos de pelÃculas de la “blaxplotation” en las paredes, “Cleopatra Jones y el Casino de Oro”, “El Padrino de Harlem”, “Shaft colpisce ancora” (si, el cartel está en italiano) y otras del estilo. La música es funky, y no hay mucha gente. Otro ron al coleto.
El funky está bien, pero la ausencia de pavas es preocupante, asà que decidimos que el mundo ya ha quedado bastante arreglado por hoy y nos vamos al Penta. El Penta es, como dijo una vez el Morris, la catedral del pop. Allà empezaron grupos como Nacha Pop (recuerden que en La Chica de Ayer se iban luego por la noche al Penta a escuchar…) y la música sigue recordando a la Movida madrileña. Nos tomamos otro ron apoyados en la barra y el portero dice que nos invita a la siguiente copa. Es lo que tiene ser de sitios fijos. Llega Kojak, que viene envuelto en vapores etÃlicos porque ha estado celebrando un cumpleaños con la zona Sinsong. Nos vamos al centro del bar.
El Penta nos gusta porque no van parejas. Sólo hay ciervas y ciervos en periodo de apareamiento y si añadimos que la población media del garito ronda los 30 años, las posibilidades de éxito son elevadas. Primera inspección ocular y un par de chicas responden, pero Kojak me tiene frito porque está buscando un buen sitio para observar a la audiencia y a mi me condena a estar de cara a la pared. El Spyke en cambio no se corta observando las tetas de la chica que está a su lado. Suena Renato Carossone. Otro ron. Otro ron. Kojak se va.
Nos vamos al Mercurio y por el camino encontramos a una chica que conoce al Spyke y a un amigo suyo. Los dos son de Valencia y nos quedamos con ellos de fiesta. Volvemos al Penta. Ron. Me lo paso bien hablando con el valenciano sobre la ubicación de las chicas del bar en la campana gaussiana de la que hablaba hace algunos posts. Nos vamos al Honky. Salgo del Honky. He perdido a tres personas, y no se cómo. Cojo un autobús para volver a casa pero me deja en Colón. Mierda, me he equivocado de bus. Sigo andando y al cabo de un buen rato llego a casa. El Spyke está en su habitación con la tipa de antes. Me fumo un cigarrito con ellos y me voy a la cama. Cómo cojones hará el enano cabrón…
Miércoles, 6 de Septiembre de 2006
El Código da Vinci
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Ayer estaba en casa aburrido y no sabÃa muy bien que hacer. El Spike estaba tirado en el sofá ejerciendo el mÃtico “raaas raaas”, asà que descarté la televisión al instante. No me apetecÃa nada perder el tiempo en internet buscando información más o menos friki, y el libro que estoy leyendo, American Psycho, (regalo de el Zorro, firmado por el mismÃsimo Bret Easton Ellis) me parecÃa demasiado cañero para un domingo falso de resaca. Asà que me puse a buscar entre las pelÃculas que tenÃa descargadas mediante mi P2P favorito, y me encontré con esa, con El Código da Vinci.
Recuerdo que leà el libro cuando salió. Por aquellas épocas yo vivÃa en Italia y mi italiano no era ni mÃnimamente decente, asà que estaba en pleno proceso de inmersión lingüÃstica intentando aprender un poquito. Y para aprender un idioma sin ponerte a estudiar como un loco solo hay una manera: escucharlo, leerlo y hablarlo. Asà que me fui a mi librerÃa de cabecera turinesa y me compré El Código da Vinci en italiano, con un par.
La verdad, tampoco era literatura elevada. Hasta yo lo entendà todo, y eso que no estaba en una lengua que manejara bien. Pero tampoco quiero hablar hoy de sus méritos literarios (si los hubiese) sino del fenomeno asociado. De por qué la gente es tan gilipollas.
Hablaba hace algunos posts de que hay un cierto “anticlericalismo” exacerbado que a mi no me convence para nada. Y no me convence porque nos hace caer en los mismos errores que pretende rebatir. Y en el caso de El Código da Vinci se ha llegado a unos extremos preocupantes. A ver: las afirmaciones que aparecen en la pelÃcula (y el libro) tienen tanto rigor como si yo digo que Dios realmente es un Monstruo Volador de Spaghetti. El hecho de no estar de acuerdo con una creencia (repito: creencia) no implica tener que creer ciegamente en cualquier teorÃa (repito: teorÃa) que vaya en contra de ella. Asà que no creer en lo que dice la Iglesia Católica sobre Jesucristo y su vida no implica que sean ciertas todas las chorradas que se puedan decir al respecto. Pero es que encima hay algunos detalles que hacen que al aquà presente se le saltaran las lágrimas de la risa ante el rigor de la historia:
- Dice que MarÃa Magdalena fue demonizada y que se intentó ocultar su figura. Pues yo jurarÃa que los católicos la llaman ‘Santa MarÃa Magdalena’
- Se basa en que la última cena fue como la pintó Leonardo. Y los ángeles son niños gorditos porque los pintó Murillo asÃ.
- Dentro del fresco de Leonardo el personaje a la izquierda de Jesús es una mujer. Porque dan Brown tiene su carnet de identidad y los monjes de Santa Maria delle Grazie (católicos ellos) y Ludovico Sforza (católico él) pensaron que era una buena idea quitar a San Juan y poner a una pava. En aquellos años.
- ¿Por qué el Opus Dei sustituye a los Jesuitas como malos malÃsimos en las pelÃculas sobre el asunto?
- ¿Se habrá leÃdo este señor “Los Hijos del Grial”, de Peter Berling, que viene a decir más o menos lo mismo pero dejando claro que es una novela?
- Tiene su punto ver a un monje del Opus Dei… cuando el Opus Dei no admite monjes.
En fin. Que reconozco que el libro y la pelÃcula están muy bien construidos desde un punto de vista comercial: Una concepción nueva y ciertamente feminista (ellas leen más) sobre la Iglesia Católica en un momento de giro hacia el laicismo y en el que las religiones occidentales están cada vez más desacreditadas. Olé por el señor Brown y su idea para forrase. Pero que recuerde la gente que hablamos de una novela, y no de hechos cientÃficos. Lean el libro si les interesa, vean la pelÃcula si quieren pasar un rato agradable en el cine, pero no saquen las cosas de tiesto.
P.S. Lo mismo se puede decir de la biblia, sólo que está escrita unos cuantos cientos de años antes. Allá cada cual con sus creencias, yo tengo las mÃas (o no)





