El comunismo encuentra gran audiencia allí donde no gobierna. (H. Kissinger)

Esas pequeñas cosas

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Por suerte o por desgracia he tenido que cambiar muchas veces de casa. Estos traslados vienen acompañados de melancolía por el trocito de vida que acaba en aquella casa (aquella ciudad, aquel país) pero tambien de ilusión y alegría por empezar una nueva etapa. Pero una cosa es la parte filosoficosentimental del asunto y otra la puramente física: hay que hacer mudanza. En los últimos cinco años he vivido en siete casas, así que se harán cargo ustedes de la magnitud de la tragedia.

Gracias a esas mudanzas me he desprendido de muchas cosas superfluas que realmente no conviene tener. La mudanza puede ayudar mucho para un cierto tipo de limpieza psicológica que se incrementa dramáticamente si te liberas de algunos recuerdos que te atan demasiado a lo anterior. No quiero decir con esto que seamos unos desarraigados a los que no les importa su vida pasada, pero si que hay lazos que hay que cortar para poder ir más allá.

Cuando llega el momento de empaquetar las cosas para el traslado, casi siempre tengo al lado una caja bien grande que recoge las cosas de las que decido desprenderme. Cada cosa que tiro dentro viene acompañada de una pequeña punzada en el corazoncito, pero inmediatamente después viene el alivio, la sensación de sentirte más ligero. Y cuanto más ligero quieres llegar a tu nueva casa, a tu nueva vida, más cosas tiras.

Pero siempre hay algunas pequeñas cosas de las que no puedo desprenderme:

  • Un folleto de publicidad del hotel en el que me alojé la primera vez que estuve en Ginebra.
  • Un paquete de Lucky Strike vacío que compré en Niza.
  • Una caja de zapatos llena de cartas del banco de mis épocas de Salamanca.
  • Un CD de música de los años 50 que sólo he escuchado una vez.
  • Una caja de cerillas del Wierzynek, un restaurante de Cracovia.
  • Un saquito de carbón que me regaló el Nae.
  • Un carrete de hilo que me acompaña desde Ibiza.
  • Un recibo de un cajero automático polaco, ya ilegible.
  • Una bolsa de pasta que me regalaron cuando me fui a Italia.
  • Un mapa de Venecia.
  • Una caja de cerillas del Ma Pitom.
  • Unos tirantes negros.
  • Una cajita del Telepizza que no se qué tiene dentro, debe ser un juego o algo de esto.
  • Un pañuelo rockero que huele a moho.
  • Un cortauñas que jamás usé.
  • Un transformador pequeñito.
  • Una disquettes con el QuarkXPress para Macintosh System 7.1.
  • Un floppy de 5 1/4.
  • Un balon de voley.
  • Un abrigo que hace muuuchos años que no me pongo.
  • ….

Y así. Estas cosas me han venido acompañando de acá para allá desde que aparecieron en mi vida, y si bien algunas sí que tienen su valor sentimental que les hace merecedoras de lo que supone cargar con ellas, hay otras que no, que tendría que darles boleto, pero por alguna extraña razón no puedo. Supongo que en algún lugar del subconsciente estará el motivo de que no vayan a parar nunca a la-caja-de-cosas-que-tirar. Igual algún día lo consigo y me deshago de ellas. O igual esas pequeñas cosas son las que fomaron mi carácter, y traicionarlas sería traicionarme a mi mismo. O es tengo el síndrome de Diógenes y me gusta arramblar con todo lo que pillo. ¿Y ustedes? ¿Qué pequeñas cosas les acompañan en la vida?

Actualización: Acabo de acordarme de Pijolín, y definitivamente lo mío no es el síndrome de Diógenes. De hecho, yo soy un minimalista desheredado a su lado.

menéame

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