Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar. (Arthur Shopenhauer)

Storage: Agosto, 2006

Reposo báltico

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Me voy de vacaciones, por fin. Este año sólo me voy a tomar una semana en verano, porque estoy experimentando con otras configuraciones para aprovechar mejor esos pocos días de asueto para los que trabajamos el resto del año. Y esa semana la voy a pasar en Letonia, con un par. Dentro del conjunto de viajes veraniegos que se conocen con el nombre genérico de “Europalante”, Kojak, Pijolín y el que les escribe se van de turismo a Riga, huyendo del calor infernal que hace en Madrid en verano. Por eso no escribiré nada hasta que vuelva, ustedes comprenderán que durante las vacaciones no quiera ver un ordenador ni en fotografía. Pero ya les contaré a la vuelta, ya. Hasta pronto.

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La fiel infantería

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Algunos de ustedes estarán pensando que con este título el post girará sobre asuntos más o menos bélicos. Y no les falta razón, porque pienso hablar de mujeres. Ya saben, esas personas que van por ahí con su par de cromosomas XX y que no hay forma humana de saber cómo tratarlas, pero que pese a todo nos atraen irremisíblemente (al menos a gran parte de los que calzamos cromosomas XY).

Ni con ellas ni sin ellas, que dicen por ahí. Dan mucha guerra, pero qué le vamos a hacer, tienen tantas cosas buenas que uno no puede por menos que seguir idolatrándolas a pesar de todo. Además tienen algo que me apasiona: todas son distintas entre sí. Los hombres somos copias más o menos fidedignas de lo que sería un “hombre standard”, pero ellas no, qué va. Ellas no se parecen en nada unas a otras. Vistas desde unos parámetros matemáticos, las mujeres estarían en una distribución gaussiana:

Distribución gaussiana

El parámetro sigma representa la desviación standard a partir de lo que sería una mujer media. Bien, si aplicamos esta distribución a criterios puramente estéticos, nos viene a decir que casi todas las chicas son “del montón”, que hay algunas muy guapas, otras muy feas pero que luego está la ingente masa que oscila desde el concepto de “ah, pues es mona….” hasta el “ah, pues no es fea…”. El criterio se puede ver desplazado hacia uno u otro lado según el observador, si alguien está acostumbrado a retozar con modelos espectaculares a diario seguramente una chica le parezca que pertenece al grupo de las feas con más facilidad y viceversa, el que no pilla ni de casualidad generalmente es más generoso a la hora de ubicar a la moza.

Pero no acaba ahí la cosa. Pese a lo que opinan algunos cenutrios (y algunas cenutrias, que es lo más gracioso) las mujeres también son seres pensantes. A veces demasiado. Y tienen una personalidad y una vida interior más o menos agradable según los parámetros del observador. Y eligiendo hábilmente el eje de coordenadas según estos parámetros, en todos los casos la distribución de la población femenina viene a caer también sobre una gaussiana. Hay chicas muy muy simpáticas, inteligentes, agradables y comprensivas, otras muy muy bordes, estúpidas, desagradables e intolerantes y luego está la inmensa mayoría que suele tener esas ocho propiedades en cantidades variables según el momento, la ocasión y la compañía.

Demos otro giro de tuerca: Representando las magnitudes físicas e intelectuales de la muestra, la distribución es la composición de estas dos figuras de Gauss: una gaussiana tridimensional:

Gaussiana 3 D

Así pués hay pocas mujeres hermosísimas e inteligentes (en relación a las demás, quiero decir), pocas más feas que el demonio e imbéciles, algunas guapillas pero tontuelas y otras pocas no muy agraciadas pero simpáticas. Estos cuatro extremos forman los clásicos clichés que aparecen en los chistes machistas (y algunos feministas), y la gente tiende a valorarlas demasiado.

Pero que quieren que les diga: yo me declaro un fiel seguidor de las que no destacan en nada, para bien o para mal. La inmensa mayoría de las mujeres, que no sobrepasan los límites de la desviación media. Casi todas ellas. Las normales. La mujer que se ve por la calle y no esos ideales que nos pretenden mostrar las revistas, el cine o la televisión. La que no es tan dulce como una película de Sandra Bullock, pero tampoco tan borde como la bruja mala. Me quedo con la que está guapa pero gracias a sus imperfecciones, la que se esfuerza en gustar a los demás pero sin hacer de eso el fin último de su vida. Me quedo con la chica con la que se puede tener una conversación seria cuando toca, con la que te puede contar unos chistes si le apetece y la que te puede echar la bronca cuando se enfada. La de toda la vida. Así que queden para los futbolistas forrados los cuerpos espectaculares y las cabezas vacías, para los poetas las poco agraciadas que te conquistan con una conversación, para los harto afortunados las modelos inteligentes y para vestir santos las bordes y feas. Yo me quedo con las normales. Las que no son ni capitanes generales ni carne de cañon. La fiel infantería.

P.S. Un par de matizaciones: Habrá algunas lectoras (si es que las hay) que me tacharán de machista por este post. Bien, pues que sepan que me importa un huevo. El machismo no es esto, y la que lo piense es que nunca lo ha sufrido realmente. Otras me dirán que seguramente las mujeres pensarán lo mismo de los hombres… Qué quieren que les diga, puede ser. Pero yo no se lo que piensan ellas, y además el blog es mío. Invito a todas a hacer las reflexiones paralelas que consideren oportunas, quién sabe si así aprendo algo.

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Los niños son de izquierdas

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Por azares de la vida en mayo de 2005 estaba yo viviendo en Italia. Ya casi se ha convertido en una tradición que el primero de mayo los sindicatos mayoritarios italianos (CGIL, CISL y UIL) organizen un concierto en Piazza del Popolo en Roma. En 2005 uno de los presentadores fue Claudio Bisio, un showman italiano estilo Gran Wyoming, y se marcó un monólogo titulado “I bambini sono di sinistra”, los niños son de izquierdas. Me he permitido -otra vez, uno no aprende- traducirlo.

Los niños son de izquierdas. De izquierdas, si, ninguna duda. No sólo por los puñitos cerrados en signo de protesta.
Los niños son de izquierdas porque aman sin prejuicios, sin distinciones.
Los niños son de izquierdas porque se dejan engañar casi siempre. Les dices mentiras vergonzosas y se las beben, todo contentos. Sonríen, se fían. Fue ETA? sí, vaaale.
Los niños son de izquierdas porque están juntos, hacen cosas juntos, se pelean juntos. Pero juntos.
Los niños son de izquierdas porque si les explicas lo que es la derecha lloran.
Los niños son de izquierdas porque si les explicas lo que es la izquierda lloran también, pero un poco menos.
Los niños son de izquierdas porque no necesitan lo superfluo.
Son de izquierda porque sus zapatos son zapatos, aunque antes o después les compremos unas Nike o Adidas o Puma o Reebok, o Superga. Nosotros somos antimarca, pero de marca.
Los niños son de izquierdas a pesar de la clase de religión obligatoria.
Los niños son de izquierdas gracias a la clase de religión obligatoria.
Los niños son de izquierdas porque de todas maneras, ante cualquer cosa que les digas que se asemeje vagamente a una orden, se resisten. Ahora y siempre.
Los niños son de izquierdas porque ocupan todos los espacios de nuestra vida.
Los niños son de izquierdas porque van a la guardería con niños africanos, chinos o bolivianos, y cuando el papá les dice “mira, aquel es africano”, ellos le miran como se mira una noticia sin significado.
Los niños son de izquierdas porque si les critican se ofenden. Pero si les juzgan no invocan la presunción de inocencia, y si les condenan esperan serenos el indulto que antes o después llega: la mamá, Felipe González, el Papa.
Los niños son de izquierdas porque se hacen una idea del mundo que no tiene nada que ver con las reglas del mundo.
Los niños son de izquierdas porque si les das una camiseta roja y una negra, eligen la roja, salvo trastornos graves, daltonismo o sugerencias del encuestador.
Los niños son de izquierdas porque Papá Noel se parece a Karl Marx. Porque Cenicienta es de izquierdas, porque Pocahontas es de izquierdas. Porque Robin Hood es de la CNT y hace expropiaciones a los propietarios.
Los niños son de izquierdas porque el desorden es un desorden hermoso y porque no se sabe qué es el orden.
Los niños son de izquierdas porque crecen y cambian.
Los niños son de izquierdas porque entre Peter Pan y Che Guevara… antes o después encontrarán un nexo.
Los niños son de izquierdas porque si lo consiguen, conservarán algo para más tarde. Para cuando se haga cada vez más difícil, dificilísimo recordar que hemos sido niños.

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Atentados frustrados en Londres

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Me he desayunado esta mañana con esta noticia publicada en El Mundo. Al parecer unos hijos de puta pretendían hacer explotar al menos diez aviones con origen en Gran Bretaña y destino preferiblemente en Estados Unidos, aunque no necesariamente. A cuenta de esto se han cancelado todas las salidas desde los aeropuertos británicos y algunas compañías han cancelado también sus vuelos con destino a las islas.

Qué quieren que les diga. Este tema me toca mucho los cojones y me hace blasfemar más de lo oportuno para un foro público como es este blog. Ya hemos tenido aquí en España demasiadas malas experiencias con el terrorismo, ya sea de txapela, turbante o lo que sea que se quieran poner en la cabeza como hecho diferencial (agárreme aquí, hecho diferencial… vaya expresión). Supongo que si esto pasara en Zimbabwe la cosa me dejaría más o menos indiferente, ya que desgraciadamente el conocimiento de tantas barbaridades que suceden por el mundo dejan a uno anestesiado frente al dolor ajeno. Pero esta vez es Londres, como ya lo fue anteriormente.

Londres. La verdadera capital del mundo civilizado (la del otro es New York). He viajado varias veces a Londres y reconozco que la ciudad me encanta. Entre mis nacionalidades cuenten sin duda la británica (y la española, la italiana, la alemana…) y por lo tanto allí me siento como en casa. Me encanta pasear por las calles de Candem Town, donde suelo hospedarme cuando voy por allí, disfruto como un enano en Covent Garden comiendo jacked potatoes o dándome a la cerveza en cualquier antro del Soho con mis amigos ingleses -pero ya dedicaré un post entero a la ciudad, hoy no es el caso. En julio de 2005 uno de los atentados en el metro fue en la Piccadilly Line, entre King’s Cross y Russell Square. Esa es la línea que cojo habitualmente para ir al centro, ya que el hotel está, casualmente, entre King’s Cross y Russell Square. Concretamente en Tavistock Place, al lado de donde explotó el autobús. Aquel día lo pasé bastante mal, intentando localizar a mis amigos para asegurarme de que estaban bien (al igual que el día de los atentados de Madrid). Menos Edgware Road, conocía todas los lugares donde fueron los atentados. Quiero decirles con todo esto que lo que pase en Londres me afecta, porque forma parte de mi vida.

Poco después de julio de 2005 volví a Londres. La ciudad había recuperado su pulso, como lo hizo Madrid, pero había cosas que no eran iguales. Los controles en el aeropuerto de Stansted eran mucho mayores, y no tranquiliza mucho ver a policías armados paseando por los pasillos. A ver, si, tranquiliza saber que están ahí para protegerte, lo que desasosiega es la necesidad de que me protejan. Ya en la ciudad, la escena era similar, coches de policía en Piccadilly o en Trafalgar Square, polícias por todas partes, demasiadas armas. La gente no daba la impresión de tener miedo, pero lo tenía. Había pasado ya lo del pobre brasileño al que no se le ocurrió otra cosa que salir corriendo en el metro mientras la policía le daba el alto, y existía el sentimiento de que a uno le podía pasar lo mismo, que tenías que ir por la calle controlando todos tus actos porque tal y como estaban las cosas cualquier gesto en falso podía ser considerado como una amenaza por parte de las fuerzas de seguridad e incluso por la gente corriente que paseaba por las calles. Háganse cargo de lo que es salir de un pub a las diez de la noche (habiendo entrado a las seis y siguiendo a rajatabla las costumbres aborígenes, es decir, beer, beer, beer, beer y así hasta que te vas) dando tumbos entre tipos de uniforme armados hasta los dientes. Pa habernos matao.

Por eso, aunque me alegro de lo de hoy, de que hayan capturado a los hijos de puta bastardos que iban a poner las bombas o lo que fuera, me jode sobremanera que estas cosas nos anden complicando la vida. ¿Por qué tengo que pasar por mil controles como si fuera un delincuente para coger el avión? ¿Por qué sólo puedo llevar en cabina una bolsita de plástico con la cartera y las llaves? ¿Por qué cancelan todos los vuelos haciendo que la gente pierda sus vacaciones o sus negocios? Supongo que algún demagogo me dirá que peor están las cosas en Líbano o en Irak, pero qué quieren que les diga. Cada vez me importa menos lo que le pase a la gente allí por culpa de estos cabrones que en nombre de la población civil de allí vienen a tocar los huevos a la población civil de aquí. Cojones tiene que al final, en las guerras, enfrentamientos culturales o religiosos y tal quien paga el pato es la población civil. Y ya que la población civil tiene que sufrir, prefiero que lo haga la libanesa, que se me da una higa, antes que la de aquí.

Joder, si siquiera yo estoy de acuerdo con lo que digo, pero hay días en los que uno no está muy lúcido. La ira tiende a ofuscar el razonamiento y a exacerbar las pasiones.

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Unidades de medida

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Navegado entre páginas web he encontrado una muy curiosa en la wikipedia donde se enumeran distintas unidades de medida extrañas. El artículo está en inglés, pero pongo aquí algunas de las que me han parecido más curiosas:

  • Nanosegundo-luz: La distancia que recorre la luz en un nanosegundo. Aproximadamente, 30 cm.
  • Happy: Unidad de felicidad. Equivale a lo feliz que haces a una persona cuando le das una libra esterlina (la definió un inglés, qué le vamos a hacer).
  • Helena: Unidad de belleza. Dícese de la belleza necesaria para fletar mil naves (recuerden el verso de Marlowe). En la naturaleza se dan más habitualmente bellezas del orden de la miliHelena, o sea, capaces de fletar un barco. Tres miliHelenas bastarían para fletar la flota de Colón.
  • Pinkwater: Unidad que relaciona el tamaño de asiento que necesita una persona para estar totalmente cómoda con el tamaño efectivo de un asiento en concreto. 1 pinkwater indica comodidad total. En los cines, la medida suele ser de 0′7 pinkwaters
  • Warhol: Unidad de fama. Obviamente, equivale a 15 minutos de fama. Los múltiplos habituales son el kiloWarhol (15.000 segundos, o sea, unos 10 días de fama) y el megaWarhol (29′5 años)
  • Cigarrillo: En Grecia, unidad de distancia que se recorre a pie o en burro durante el tiempo en el que uno se fuma un cigarrillo. En España, tiempo de la pausa del café (5-7 minutos)
  • Café: En Italia (es cierto, lo juro) unidad de moneda. Equivale aproximadamente a un euro, dependiendo de la zona. Su múltiplo más utilizado es la pizza. Así, un paquete de tabaco cuesta tres cafés, ir al gimnasio unas 8 pizzas mensuales, etc.
  • Koskenkorva: Unidad para medir la cantidad de alcohol. Una botella de Koskenkorva (un vodka finlandés) contiene 0′5 litros vodka de 38 grados, así que equivale a unos 19 gramos de alcohol puro. Precisamente en finlandia el consumo medio es de 52 Koskenkorvas/año, una botella por semana y persona.
  • KLOC: del inglés Kilo Lines Of Code, en miles, cantidad de líneas de código que requiere un proyecto.

Este fin de semana estuve en Tomelloso visitando a mi amigo Pepe. Haciendo bromas sobre su tono de voz inventamos una nueva medida de longitud: el pepibelio. Un pepibelio es la distancia a la que hay que alejarse para no oírle cuando habla con su volumen normal, y anda en torno a 834′3 metros (en campo abierto). siguiendo con esto, se me ocurren unas cuantas unidades de medida nuevas:

  • Carry: Unidad que mide la cantidad de tacos por segundo.
  • Falete: Unidad de masa equivalente a unos 130 Kg
  • KiloZamora: Cantidad de personas que emigran de un país o ciudad durante un año. Ecuador debe andar por los 30 KZ.
  • Lineaseis: Unidad de deshidratación. Dícese de la cantidad media de agua que pierde una persona entre dos estaciones de metro consecutivas de la línea seis de Madrid.
  • Nute: Unidad de longitud equivalente a unos 50 cms. Se usa habitualmente para medir apéndices. Por ejemplo, la nariz de Rosy de Palma anda en torno a los 0′1 Nutes. En otro orden de cosas, Rocco Sifredi alcanza los 0′6 Nutes.
  • Spike: Unidad que mide la frecuencia de rascada oval de una persona. Como comentaba hace algunos posts, el Spike funciona, obviamente, a 1 Spike (1 S). La gente normal anda en medidas del orden del centiSpike (cS).

¿Se les ocurre alguna más?

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Pimientos

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Me gusta comer. Para que voy a decir que no, si sí. Como buen hedonista, intento buscar el placer en todas y cada una de las cosas que hago y la comida a puede llegar a ser un chute de endorfinas inigualable. Más o menos como casi toda la gente pero reconociéndolo. Aunque de esto hablaré otro día, que me estoy yendo por las ramas. Me gusta comer, decía. Casi todo. Creo que la gastronomía forma es una parte indisoluble de la cultura y cuanto más comes, más sabes. Mejor conoces la zona, la gente, incluso el idioma (claro, tienes que comer lo típico del sitio en el que estás, poco aprendes mucho comiendo en un McDonalds de Mogadiscio).

Como consecuencia (o quizás como motivo) de todo esto, me gusta comer de todo. No soy quisquilloso como uno de mis compañeros de piso, pero tampoco extravagante en las mezclas como el otro. Pero hay algo que no soporto. Los pimientos.

Pimientos

Reconozco que estéticamente no están mal. Que tienen buena pinta así, brillantitos ellos. Pero debajo de esa sinfonía de colores, de esa imagen natural y saludable, se esconde el sabor más desagradable que ha parido la naturaleza. A pesar de todo, dentro de la familia de los pimientos hay distintos tipos, unos con más mala leche que los otros. Los primos gallegos, que viven por ahí por Padrón tienen su gracia. Verdes y pequeñitos, no sabes si pican o non hasta que les has hincado el diente (como los gallegos humanos, por otra parte). En un momento dado estos consigo comerlos y tienen hasta buen sabor. Y reconozco que en los guisos queda muy bien algo de pimiento verde, cortado en pedacitos, sofrito con cebolla y ajo. Pero el típico pimiento verde (o rojo) frito (o asado) no lo soporto. En serio, me dan ganas de vomitar. Aparte de feo -porque cuando se fríen los pimientos pierden ese aire natural y saludable que tienen al natural- la textura es blanduzca y el olor demasiado invadente. Un asco, vamos.

Aunque de todas formas nadie me obliga ya a comerlos, es cierto, no soporto algunas aberraciones que hace la gente, como ultrajar a la anciana, castiza y muy noble tortilla de patatas. Un bocadillo de tortilla de patatas con pimientos es como meter en la cama entre sábanas de pan a Scarlett Johansson y a El Fary. No hay nada más triste que estar pateando una ciudad, entrar en una tasca cuando estás famélico, pedir un bocadillo de patatas y cuando lo esperas ansioso salivando cual perro de Pavlov el camarero, palillo colgando de la comisura de los labios, aparece con un bocadillo de patatas mancillado por un pimiento verde, frito y grasiento. Joder, es que aunque se lo quites la tortilla mantiene el asqueroso sabor pimientil hasta el último de los bocados.

Lo más jodido de todo esto es que hay gente que los come. Si, si, lo juro, yo le he visto. Y si la gente los come algo bueno tienen que tener, porque conozco personas a las que les gustan y no los comen por que sea lo único que se puegen llevar al estómago, así que seguramente el problema sea mío. Igual de pequeñito tuve algún problema con un pimiento indecente que me dejo traumatizado o algo así (si hay algún hipnotizador entre los pocos lectores que pasan por aquí podríamos hacer una regresión a para ver si llegamos al origen de esta fobia), la cuestión es que no encuentro explicación racional alguna al hecho de que no me gusten. De todas formas me comprometo a intentar cambiar y conventirme en pimientófago como el resto de la plebe, ya les contaré mis progresos.

¿Y ustedes? ¿Hay alguna comida en particular que detesten?

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Esas pequeñas cosas

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Por suerte o por desgracia he tenido que cambiar muchas veces de casa. Estos traslados vienen acompañados de melancolía por el trocito de vida que acaba en aquella casa (aquella ciudad, aquel país) pero tambien de ilusión y alegría por empezar una nueva etapa. Pero una cosa es la parte filosoficosentimental del asunto y otra la puramente física: hay que hacer mudanza. En los últimos cinco años he vivido en siete casas, así que se harán cargo ustedes de la magnitud de la tragedia.

Gracias a esas mudanzas me he desprendido de muchas cosas superfluas que realmente no conviene tener. La mudanza puede ayudar mucho para un cierto tipo de limpieza psicológica que se incrementa dramáticamente si te liberas de algunos recuerdos que te atan demasiado a lo anterior. No quiero decir con esto que seamos unos desarraigados a los que no les importa su vida pasada, pero si que hay lazos que hay que cortar para poder ir más allá.

Cuando llega el momento de empaquetar las cosas para el traslado, casi siempre tengo al lado una caja bien grande que recoge las cosas de las que decido desprenderme. Cada cosa que tiro dentro viene acompañada de una pequeña punzada en el corazoncito, pero inmediatamente después viene el alivio, la sensación de sentirte más ligero. Y cuanto más ligero quieres llegar a tu nueva casa, a tu nueva vida, más cosas tiras.

Pero siempre hay algunas pequeñas cosas de las que no puedo desprenderme:

  • Un folleto de publicidad del hotel en el que me alojé la primera vez que estuve en Ginebra.
  • Un paquete de Lucky Strike vacío que compré en Niza.
  • Una caja de zapatos llena de cartas del banco de mis épocas de Salamanca.
  • Un CD de música de los años 50 que sólo he escuchado una vez.
  • Una caja de cerillas del Wierzynek, un restaurante de Cracovia.
  • Un saquito de carbón que me regaló el Nae.
  • Un carrete de hilo que me acompaña desde Ibiza.
  • Un recibo de un cajero automático polaco, ya ilegible.
  • Una bolsa de pasta que me regalaron cuando me fui a Italia.
  • Un mapa de Venecia.
  • Una caja de cerillas del Ma Pitom.
  • Unos tirantes negros.
  • Una cajita del Telepizza que no se qué tiene dentro, debe ser un juego o algo de esto.
  • Un pañuelo rockero que huele a moho.
  • Un cortauñas que jamás usé.
  • Un transformador pequeñito.
  • Una disquettes con el QuarkXPress para Macintosh System 7.1.
  • Un floppy de 5 1/4.
  • Un balon de voley.
  • Un abrigo que hace muuuchos años que no me pongo.
  • ….

Y así. Estas cosas me han venido acompañando de acá para allá desde que aparecieron en mi vida, y si bien algunas sí que tienen su valor sentimental que les hace merecedoras de lo que supone cargar con ellas, hay otras que no, que tendría que darles boleto, pero por alguna extraña razón no puedo. Supongo que en algún lugar del subconsciente estará el motivo de que no vayan a parar nunca a la-caja-de-cosas-que-tirar. Igual algún día lo consigo y me deshago de ellas. O igual esas pequeñas cosas son las que fomaron mi carácter, y traicionarlas sería traicionarme a mi mismo. O es tengo el síndrome de Diógenes y me gusta arramblar con todo lo que pillo. ¿Y ustedes? ¿Qué pequeñas cosas les acompañan en la vida?

Actualización: Acabo de acordarme de Pijolín, y definitivamente lo mío no es el síndrome de Diógenes. De hecho, yo soy un minimalista desheredado a su lado.

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